Asalto: Vulpes

Prólogo

En la orilla de una hermosa costa, en la playa, se encontraban madre e hija. Ambas sentadas, observando el bello atardecer mientras se sostenían fuerte, sentada la más chica sobre las piernas de la mujer, sin poder evitar ésta las lágrimas que le salían de los ojos, acariciadas las grandes orejas de zorro de la pequeña por ella.

—Ya no llores, mami —dijo la niña mitad zorro—. Yo te quiero mucho —expresó para luego tocar el rostro de la mujer, limpiada el agua de sus mejillas y emitida una sonrisa hacia su pequeña hija.

—Yo te amo, Linda. Lo sabes bien, ¿cierto? —expresó la adulta, para luego abrazar a la mestiza—. No importa lo que digan los demás, jamás dudes que eres un acto de amor verdadero. Tú naciste porque tu padre y yo deseábamos nada más en el mundo que conocerte y ver tu linda sonrisa, mi pequeña Linda —dijo la madre para luego separarse de su hija y verla a la cara, acariciada aquella y generado un bello rostro risueño.

No obstante, a la par que la luz del crepúsculo desistía, la mujer adulta se transformó en polvo y se desvaneció en el aire con una simple brisa helada.

«Siempre veo lo mismo. La luz se termina y ella se deshace en arena, como un espejismo lejano en mis recuerdos», contaba la voz de una Linda más adulta. «Es entonces que aparecen. La ciudad, los gritos, las sombras…», continuaba a la par que la niña se levantaba y corría hacia el mar, asustada, desesperada. A su vez, una enorme ciudad parecía emerger del suelo en dirección contraria al agua. Formas grisáceas y macabras que daban la impresión de estar vivas de alguna forma.

—¡Mamá! ¡Ayúdame, mamá! ¿Dónde estás?

«Corro lejos de todo eso, trato de encontrar a mi madre llamándola, pero es en vano. Sólo me hundo más y más en el océano, cuyas olas parecen rechazarme.

—No me dejes, mamá. ¿No me amas?

«En ese instante, las garras de la oscuridad me alcanzan y arrastran a la orilla, a la ciudad, en donde puedo ver que, en el edificio más alto, un siniestro faro es encendido. Es esa la luz que me cega al verla, justo poco antes de ser absorbida por la negrura que me tiene capturada», contó Linda, abiertos sus ojos y desaparecidas las terribles imágenes de sus pesadillas que veía dentro de su mente al recordarlas.

—¿Todas las noches sucede esto, Linda? —preguntaba la psicóloga comadreja de pelaje cobrizo, misma que miraba atenta a la adolescente por encima de sus anteojos.

—Cada maldita noche desde que ella murió —confesó la chica, molesta.

—Linda, ¿no crees que debes ya perdonar a todos por lo que sucedió? ¿Perdonarte a ti misma? —comentó la adulta, cosa que hizo a su paciente levantarse del sillón donde estaba recostada, tomadas sus gafas y puestas por enfrente de sus ojos.

—Me temo que se nos acabó el tiempo —dijo la chica al ponerse de pie y tomar su mochila.

—Linda, por favor. Piénsalo bien. Sabes que nadie tiene la culpa y…

—Nos vemos en una semana, doctora Greenmile. Hasta entonces y gracias —emitió la joven, abandonada la sala sin dejar que su psicóloga dijera algo más, preocupada aquella al ver sus apuntes que decían: culpa, insomnio, terrores nocturnos, pensamientos suicidas, odio a sí misma y ausencia de figura materna.




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