Hacía calor, como otro día normal. Se escuchaban los árboles moverse con la ráfaga de viento... Mi madre abrió la puerta, metiendo las cosas para el almuerzo. Entonces te vi... Tu cabello ondulado, suelto... y tus ojos brillantes, castaños, mirándome. Tu sonrisa como el algodón de la feria. Me quedé viéndote. Eras como las hadas de los cuentos que me cuenta mi madre.
—Sebastián, ayúdame con las bolsas.
En eso, te fuiste al llamado de tu padre.
—¡Elena!
Te fuiste corriendo donde tu padre, nuestro nuevo vecino... Creo que ahí supe que serías importante en mi vida.
Mientras pasaban los días, nos conocíamos más. Pasábamos por el parque del barrio, donde todos se conocían como familia... Corríamos persiguiéndonos mientras jugábamos, hacíamos muecas para fastidiarnos y lo único que conseguíamos era reírnos y una que otra regañada por parte de nuestros padres.
En los carnavales, recuerdo ese día como si fuese ayer... Tú corriendo mientras nos echábamos agua. Yo te disparaba con mi pistola de agua y tú me tirabas globos para mojarnos. A veces nos quedábamos bajo la lluvia hasta que terminara, para ver los arcoíris. A veces nos resfriábamos, regañados por tu padre y mi madre, aunque nos advertían que no volviéramos a hacerlo, pero realmente no les hacíamos caso porque, para mí... verte mientras mirabas el arcoíris era lo más bello que había conocido en mi corta y plena vida.
A veces discutíamos por cosas pequeñas y tontas de niños que, para nosotros, eran algo como un acontecimiento histórico...
—¡Elena, pero él comenzó!
—¡Sebastián, tú dijiste que mi dibujo era feo!
—¡Pues sí, está feo!
Me enojé cuando me sacaste la lengua y te perseguí con una rama que encontré en el piso, mientras nuestros padres intentaban separarnos, pero nunca podrían alejarnos... Irónico...
Nos mirábamos y sonreíamos porque ya sabíamos que íbamos a hacer algo juntos. Siempre me fascinaron tus ojos brillantes, incluso en nuestras travesuras, cuando nos escapábamos de nuestras casas para comprar helados en la esquina o jugar fútbol con los demás niños. Tu risa parecía dispersar todo mal en nuestro pequeño y fascinante mundo donde vivíamos los dos.
También recuerdo esa vez en la que tu padre se fue a trabajar hasta tarde. Te dejó a cargo de mi madre y le dejó la llave de tu casa por si algo pasaba.
Mi madre nos dejó viendo una caricatura mientras ella cocinaba la cena. Nos reíamos ante las cosas tontas que hacían los personajes. Cuando nos llamaron a cenar, fuimos mientras comentábamos las escenas que más nos divirtieron y competíamos por ver quién llegaba primero.
Cenamos tranquilos mientras seguíamos comentando sobre la caricatura. Mi madre nos llevó a dormir a mi habitación. No queríamos dormir. Cuando ella se fue, nos pusimos a dibujar, a competir y también a jugar con mis juguetes. Nuestro favorito fue el ajedrez...
—¡Jaque mate, Sebastián!
—¡Injusticia!
—Baja la voz, la tía nos escuchará.
La tía, o por lo menos así es como ella se refería a mi madre. Parecíamos como una pequeña familia, ya que yo llamaba a su padre «tío». Si ella podía llamar «tía» a mi madre, ¿por qué yo no podía llamar «tío» a su padre?
Nos quedamos dormidos juntos, aún discutiendo de estrategias sin sentido...pero en ese momento esas estrategias tenían todo el sentido del mundo mi madre nos encontró a la mañana siguiente juntos abrazados con el tablero de ajedrez aun en la cama....