La tormenta empezó mientras Ailén esperaba el colectivo frente a la biblioteca. Hasta ese momento, la tarde había sido apenas gris: una vereda mojada, gente apurada, el ruido de los autos. Después, el cielo se rajó con un relámpago tan blanco que por un segundo todas las ventanas devolvieron una luz distinta.
Había salido de la biblioteca con dos libros prestados bajo el brazo y el recibo doblado dentro del bolsillo. La mujer del mostrador le había advertido que la lluvia venía desde el sur, pero el cielo todavía parecía capaz de sostenerse. Ailén se había quedado bajo el toldo, mirando las gotas espaciadas que oscurecían la vereda. En la pantalla de horarios del colectivo, los minutos cambiaban sin que apareciera una demora. La vida cotidiana conservaba sus pequeñas promesas: llegar a casa antes de que su madre calentara la cena, devolver los libros a tiempo, elegir qué leer primero. Por eso el relámpago le pareció una interrupción dirigida a ella y no un accidente del clima.
El aire tenía olor a polvo mojado y a papel húmedo. Ailén acomodó los libros para que no se empaparan y se limpió con la manga una gota que le había alcanzado la muñeca. Había aprendido a esperar sin llamar la atención: quedarse cerca de una pared, no discutir con desconocidos, dejar que los adultos decidieran cuándo era prudente moverse. Su madre no le había dicho que tuviera miedo de la tormenta, sino que no añadiera un peligro a otro por apurarse. Hasta entonces, Ailén había entendido esa precaución como una forma de cuidado. Esa tarde, al ver el arco reflejado donde no debía existir, sintió por primera vez que también podía ser una manera de dejar preguntas sin respuesta.
Ailén miró hacia el vidrio de la biblioteca. Su reflejo seguía ahí, pero detrás de su hombro aparecía un arco de piedra cubierto de enredaderas. Se volvió. La calle estaba vacía hasta la esquina.
El vidrio le devolvió también el interior apagado de la sala de lectura. Las lámparas seguían encendidas, aunque la calle acababa de oscurecerse, y entre dos estantes una silla aparecía corrida hacia atrás. Ailén intentó fijar la vista en esa silla para convencerse de que solo estaba cansada. Al parpadear, el arco permaneció en el reflejo. La piedra parecía húmeda, pero ninguna gota la atravesaba. Un enredo de hojas se movía como bajo un viento propio, acompasado a algo que ella no podía oír. Volvió a girarse, esta vez despacio, midiendo el espacio detrás de sí: el puesto de diarios cerrado, la persiana de la casa vecina, el callejón estrecho que siempre había tomado como atajo. No vio a nadie. La diferencia entre lo que mostraba el vidrio y la calle le hizo sentir que mirar era una decisión, no una comprobación.
El trueno llegó tarde. Las luces del barrio se apagaron de golpe y el colectivo que doblaba en la avenida se deshizo en la lluvia como si alguien lo hubiera borrado con una mano. Ailén retrocedió. Sintió el viejo impulso de hacer lo que su madre le había enseñado: bajar la cabeza, esperar a que pasara. Pero esa vez había algo al otro lado del vidrio. Algo que la estaba esperando.
—No cruces —dijo una voz a sus espaldas.
Un muchacho sostenía un paraguas roto. Ailén no lo había visto nunca. Tenía el pelo oscuro pegado a la frente y una expresión demasiado seria para alguien de su edad.
—¿Quién sos? —preguntó Ailén.
—Darien Aster.
—Ailén.
El muchacho inclinó el paraguas hacia Ailén, aunque una varilla torcida dejaba pasar la lluvia. Sostenía el mango con tanta fuerza que los nudillos se le marcaban. No parecía más seguro que ella: miraba el arco cada poco segundo, como si temiera que desapareciera. Ailén no tenía ningún recuerdo previo al que aferrarse; aquel intercambio de nombres era todo lo que sabía de él.
Ailén no sabía si sentirse aliviada porque el desconocido también veía el arco o más inquieta porque había aparecido justo cuando ocurría algo imposible. El gesto con que sostenía el paraguas era cuidadoso, casi rígido, como si la mano le obedeciera mejor que el resto del cuerpo. Ella miró el objeto roto y luego sus zapatos empapados.
—¿Venías siguiendo el mismo colectivo?
—preguntó, sin apartar del todo la vista del callejón.
—No. Te vi desde la esquina.
No agregó una explicación. Ailén entendió que la respuesta no resolvía nada, pero al menos no fingía hacerlo.
—¿Vos también lo viste?
Darien miró el vidrio, aunque no pareció sorprendido.
Durante unos segundos ninguno habló. Ailén observó el rostro de Darien en el cristal: allí su expresión también se veía más pálida, y la imagen del arco se interponía entre ambos reflejos. No era serenidad, pensó ella; quizá solo conocía el aspecto del miedo y había aprendido a no mostrarlo primero. Darien inclinó apenas la cabeza para examinar el borde de piedra.
—¿Lo habías visto antes? —preguntó Ailén.
—No así.
—¿Y de qué manera sí?
—En historias. En relatos de mi familia.
El apellido Aster no le aclaró quién era. Ailén lo guardó junto al nombre, sin saber si aquel muchacho hablaba por experiencia o repetía historias de su familia. Al menos distinguía entre lo que había oído y lo que estaba viendo.
—Vi que estabas por hacer algo imprudente.