La carta apareció sobre la mesa de la cocina a la mañana siguiente, entre la taza de té de su madre y el plato de tostadas. No hubo golpe en la puerta ni pasos en el pasillo. Ailén había bajado a buscar agua y, al regresar, encontró un sobre negro como vidrio volcánico. Su nombre estaba escrito en tinta plateada.
La casa todavía guardaba el silencio de la madrugada. En la ventana, una línea de agua recorría el vidrio desde el borde superior, aunque afuera el cielo ya se había despejado. Ailén había dormido poco; cada vez que cerraba los ojos volvía a ver las dos lunas y la lluvia quieta detrás del arco. A la mañana, el desayuno estaba dispuesto como cualquier otro día. Esa normalidad le pareció frágil, no falsa: era la manera en que su madre mantenía la casa en orden mientras algo del pasado regresaba a la mesa.
Ailén se sentó sin tocar la comida. El sobre tenía un brillo opaco, distinto al de una carta común, y su nombre estaba trazado con una letra que no reconocía. Miró la puerta de la cocina, luego el pasillo, por si alguien acababa de entrar. No había pasos ni olor a calle mojada. La carta había aparecido en medio de un espacio que su madre conocía de memoria. Eso era lo que más la inquietaba: la noche anterior había soñado con un umbral imposible, y ahora algo había llegado hasta su casa sin pedir permiso.
Su madre se quedó inmóvil al verlo. El cuchillo que sostenía le resbaló de los dedos y golpeó el plato.
—No la abras —dijo.
Ailén había visto esa expresión antes, aunque nunca dirigida a un objeto. Era la cara que su madre ponía al encontrar una fotografía vieja boca abajo o una noticia que no quería leer.
La había visto frente a una caja de fotografías que su madre guardaba arriba del ropero. Ailén era pequeña cuando había preguntado quiénes aparecían en una imagen oscurecida; su madre había dado vuelta el retrato y había dicho que algunas cosas era mejor recordarlas con cuidado. Nunca le explicó qué significaba aquello. Ahora la misma cautela volvía, pero el sobre la hacía visible: no era solo una historia vieja que su madre quisiera preservar, sino una que tal vez había esperado que no regresara.
Ailén apartó la taza para liberar espacio en la mesa. El sonido de la loza contra la madera hizo que las dos miraran el sello. Seis líneas finas se encontraban en el centro, como caminos que no llegaban a marcar una dirección. Ailén recordó los seis corredores que aún no había visto, aunque no podía saber por qué la marca le despertaba esa asociación. Su madre había reconocido el emblema antes que ella. No había forma de fingir que solo era una invitación escolar.
—¿Sabes de dónde viene?
—Sí.
La respuesta no aclaró nada. Ailén tocó el sobre con la punta de un dedo. La superficie estaba fría y lisa; en el centro tenía un sello hundido, seis líneas que se reunían alrededor de un pequeño círculo. Al contacto, una tibieza le recorrió la palma. El sello brilló apenas.
Su madre apartó la silla.
—Ese emblema no debería estar acá.
—¿Qué tiene que ver conmigo?
La pregunta le recordó la conversación de la noche anterior. Después de despertarse, Ailén había encontrado a su madre todavía despierta en la cocina. Se sentó frente a ella, con las manos frías, y trató de contarle el sueño sin perder el orden. Le habló de la parada del colectivo, del apagón, del arco en el callejón y del muchacho desconocido bajo un paraguas roto.
—Dijo que se llamaba Darien Aster —recordó—. Después apareció un zorro que hablaba. Del otro lado había árboles, torres y dos lunas. Crucé el arco, la lluvia se quedó quieta y escuché el nombre Astra”V”al.
—¿Y al despertar?
—Me desperté en mi cuarto.
Al oír el apellido Aster, su madre detuvo la mano sobre la taza. Se quedó en silencio unos segundos, cerró la ventana de la cocina y miró el patio. Después le pidió a Ailén que no volviera a acercarse a la biblioteca. Ailén quiso preguntarle por qué, pero su madre no se lo explicó. Se fue a dormir preguntándose si aquella advertencia nacía del miedo por ella o del miedo a lo que pudiera averiguar.
A la mañana siguiente, frente al sobre, Ailén recordó esa conversación.
—Anoche, cuando te conté el sueño, te quedaste callada al oír el apellido Aster. Después me pediste que no volviera a la biblioteca. ¿Por qué?
—No quiero que te metas en algo que no entiendes.
—Eso es lo que me viene pasando desde anoche. No sé qué tiene que ver ese apellido conmigo—dijo Ailén, más bajo—, pero tampoco quiero que decidas por mí sin explicarme nada.
Su madre apretó los labios. Ailén vio que el reproche le dolía, pero no retiró lo que había dicho. Había aprendido a pedir explicaciones sin convertirlas en un ataque; todavía le costaba hacerlo cuando la respuesta podía cambiar lo que creía de su propia familia.
Su madre cerró los ojos. Por un instante, Ailén vio cansancio antes que miedo.
—Tu familia hizo una promesa —dijo—. Yo creí que con cumplirla alcanzaba.
—¿Qué promesa?
La mujer no respondió. En lugar de hacerlo, tomó el sobre. El sello se calentó bajo sus dedos y, en una esquina, apareció una grieta fina. Las letras del nombre de Ailén resplandecieron. La carta se abrió sola.