La estación del Pasaje Norte ocupaba el fondo de una galería comercial cerrada desde hacía años. Ailén la habría tomado por una entrada de servicio si no hubiese seguido las instrucciones de la carta. Detrás de una puerta metálica con pintura descascarada, una escalera descendía hacia un andén limpio y silencioso.
Había siete estudiantes esperando. Ninguno parecía saber si debía saludar a los demás. Darien se quedó cerca de la pared, dándole espacio a Ailén. Ella llevaba una valija, el sello de obsidiana y el botón de su abuela colgado de la cadena.
Los siete ocupaban el espacio con cautela. Un chico había puesto su equipaje entre los zapatos, como si temiera que alguien lo confundiera con una pertenencia común; otra aspirante leía la carta por tercera vez y repasaba cada línea con la uña. Nadie parecía dispuesto a iniciar una conversación. Ailén conocía esa espera: cada cual intentaba descifrar si los demás tenían más información o solo más práctica para ocultar los nervios. Darien eligió un lugar desde donde pudiera verla sin quedarse encima. Ailén agradeció el espacio, aunque no quería necesitar que él midiera la distancia por ella.
—¿Vos sabes a qué hora sale? —le preguntó al muchacho de la bufanda.
Él señaló el horario vacío.
—Según esto, cuando deje de hacerse el misterioso.
La chica de las trenzas no sonrió. Tenía el teléfono abierto y parecía más irritada con la falta de señal que asustada por el sitio.
—No figura en el mapa —dijo una chica de trenzas cortas, mostrando la pantalla de su teléfono—. Ni esta estación ni ninguna que se llame Astra”V”al.
La pantalla mostraba un mapa de la ciudad con el punto azul parpadeando, pero no registraba el subsuelo. La chica agrandó el mapa hasta que las calles quedaron convertidas en líneas gruesas. El muchacho de la bufanda se inclinó para mirar por encima de su hombro; ella apartó el teléfono antes de que lo tocara. Ailén reconoció el gesto de alguien que quería controlar al menos un objeto en un lugar donde nada parecía obedecer las reglas conocidas. No quiso preguntarle por qué había venido. La respuesta podía ser tan personal como la suya.
—¿Cuánto crees que falta? —preguntó Ailén.
La chica volvió a mirar la pantalla, aunque el mapa seguía igual.
—Si el horario de acá sirve de algo, debería llegar pronto.
—Y si no sirve —dijo el muchacho de la bufanda—, por lo menos habremos esperado con expectativas.
La respuesta no hizo que el grupo dejara de estar alerta, pero alivió por un momento la rigidez de la espera. Ailén no les preguntó sus nombres; prefería que se presentaran cuando quisieran.
Mientras el andén seguía vacío, Ailén volvió a pensar en la cocina de su casa. La taza de su madre quizá continuaba sobre la mesa; el cajón del aparador, en cambio, ya no guardaba el botón. No sabía si el objeto era importante por algo que pudiera hacer o solo porque había pertenecido a su abuela. Lo había aceptado sin pedirle a su madre que tradujera el gesto en una explicación. Ahora lo sentía contra el pecho cada vez que respiraba hondo. El viaje no borraba la discusión ni resolvía lo que su madre callaba. Se llevaba ambas cosas consigo: el deseo de saber y la certeza de que todavía le faltaban respuestas. Ailén miró el horario vacío. No podía volver a la cocina sin desandar la decisión, pero tampoco tenía que fingir que había dejado de extrañarla.
—Capaz porque no quieren que la encontremos —dijo un muchacho con una bufanda verde.
—Si no quisieran que la encontremos, no mandarían invitaciones —replicó ella.
Ailén iba a presentarse cuando oyó el grito áspero de un cuervo sobre sus cabezas. En una de las vigas del andén, el ave, grande, negra y lustrosa, observaba a Darien. En una de sus patas llevaba una anilla azul.
El cuervo no agitó las alas para llamar la atención. Permanecía en una viga oscura, las plumas lisas y el cuerpo orientado hacia la entrada de la escalera. La anilla azul de su pata capturó la luz cuando giró. Darien levantó los ojos con una familiaridad que no mostró hacia los demás. Ailén se preguntó si la presencia de un animal parlante debía sorprenderla menos después del zorro. La respuesta era sí, pero no lo bastante como para dejar de observarlo.
—¿Viaja con nosotros? —preguntó el muchacho de la bufanda.
—No soy equipaje —dijo el cuervo.
La chica de las trenzas cerró la boca antes de hacer otra pregunta. Ailén notó que Darien sonreía apenas al reconocer la voz de Orfeo; no parecía sorprenderle que el cuervo hablara. El ave se mantuvo en la viga, mirándolo desde arriba.
—Orfeo —dijo Darien.
—No llegues tarde —respondió el cuervo.
La chica de las trenzas dio un paso atrás. El muchacho de la bufanda se río, pero dejó de hacerlo cuando el andén tembló bajo sus zapatos.
No se oyó silbato. Las luces titilaron y, en el túnel, apareció una hilera de ventanas cálidas. El tren emergió despacio, aunque no había vías visibles más allá del andén. Era oscuro, de locomotora estrecha y vagones con los bordes de latón. En cada puerta, un número distinto reemplazaba al anterior cuando Ailén intentaba leerlo.
El tren avanzó con tanta lentitud que Ailén pudo contar los remaches de la locomotora antes de que esta se detuviera. No expulsaba humo, aunque olía a hierro caliente y a madera húmeda. Las ventanas mostraban cortinas de color oscuro y lámparas pequeñas, separadas por intervalos iguales. Cuando el primer vagón quedó frente a ellos, Ailén intentó leer los números de las puertas. Cada vez que enfocaba uno, los signos parecían cambiar de orden; no se borraban, simplemente dejaban de ser los mismos. Ella apartó la mirada para no convertir el intento en una obsesión. Un destino que no podía leer seguía siendo un destino, aunque no supiera cuál.