El tren frenó junto a un andén de madera, escondido bajo un arco de ramas. En una placa, Ailén leyó «Estación del Pasaje Norte». La estación de la galería comercial y aquel andén eran los dos extremos del mismo pasaje. Al bajar, encontró un bosque tan vasto que por un instante creyó haber llegado a un sitio sin edificios. Después los árboles se abrieron y aparecieron las torres: altas, distintas entre sí, algunas cubiertas de hiedra, otras de piedra clara, todas unidas por pasarelas suspendidas entre las copas.
Astra”V”al no parecía construida en el bosque. Parecía haber crecido con él.
Los candidatos se juntaron bajo un reloj sin agujas. La mujer del uniforme gris los aguardaba con una carpeta contra el pecho. Se presentó como la profesora Varel, de Admisiones, y pidió que nadie se alejara mientras el grupo cruzaba el patio.
El reloj tenía una cara de piedra lisa, sin marcas ni números. Ailén levantó la mirada varias veces, como si el mecanismo pudiera empezar a andar cuando nadie lo observaba. No lo hizo. Varel esperaba con una carpeta de tapas gastadas, mientras los estudiantes se agrupaban de manera espontánea: los que habían viajado juntos permanecían cerca, los demás buscaban un rostro conocido. Darien se quedó a distancia, cerca de una columna cubierta de musgo. Ailén podía distinguirlo sin que él la siguiera a cada paso.
—¿Qué hora será? —preguntó Tomás.
—La que necesitemos para cruzar el patio —dijo Iara.
—Eso parece una respuesta de esta academia.
—Todavía no sabemos cómo responde la academia.
La observación de Iara hizo que Ailén mirara el reloj otra vez. No quería atribuir intenciones al silencio del lugar. El reloj podía no marcar la hora y nada más; por ahora, eso era lo único seguro.
—¿Y si queremos mirar? —preguntó Tomás.
—Pueden mirar. La indicación era no alejarse.
—Eso es distinto —dijo Iara.
—Por eso lo aclaré.
Ailén sonrió. La profesora no sonaba enojada; solo parecía acostumbrada a que los recién llegados confundieran una instrucción con un desafío.
Atravesaron un sendero de raíces anchas. En los troncos había placas grabadas con los nombres de promociones anteriores. Algunas estaban tan gastadas que apenas se distinguían las letras. Ailén rozó una de ellas. La madera vibró bajo sus dedos y, por un instante, sintió un peso ajeno: una nostalgia sin imagen, como cuando alguien se despide sin decir adiós.
Retiró la mano.
Ailén frotó el pulgar contra la yema de los otros dedos. La sensación ajena no había tenido imagen ni voz, pero seguía adherida como el recuerdo de un olor difícil de nombrar. Miró la placa otra vez. Las letras eran nombres grabados en la madera, nada más que un registro de estudiantes que habían pasado por Astra’v’al. Aun así, el peso que había sentido no se parecía a tristeza propia. No sabía si debía preocuparse o si solo necesitaba apartarse un momento.
El sendero se ensanchaba unos pasos más adelante. Darien caminó a su lado sin volver a tocar la placa ni afirmar qué podía significar lo que Ailén había sentido. Ella se quedó mirando los nombres grabados, tratando de distinguir alguna letra sin inclinarse otra vez hacia la madera. No quería que el grupo se detuviera por algo que todavía no sabía explicar, pero tampoco deseaba apresurarse para disimular la inquietud. Darien acompasó el paso al suyo. Ailén reconoció en ese silencio algo distinto de la urgencia de la calle: él no le estaba pidiendo que avanzara ni que se apartara, solo dejaba que ella encontrara el ritmo.
—¿Te pasó algo? —preguntó Darien.
—No sé. Sentí… algo que no era mío.
Ailén buscó una palabra que no exagerara. El contacto había sido breve, pero la nostalgia que le dejó era concreta, casi física: un tirón detrás del esternón. Se preguntó si la madera guardaba la impresión de las manos que la habían tocado o si ella había llevado a la placa algo propio que no sabía reconocer. No quiso decidirlo allí, delante del grupo. El recuerdo de una despedida sin imagen le resultaba más difícil de apartar que de nombrar. Miró el sendero, después el rostro de Darien. No esperaba que él reconociera el origen de aquella sensación; bastaba con que no la tratara como una certeza sobre la persona que quizá había dejado su huella en la placa. Cuando volvió a caminar, intentó llevarse solo lo que sabía: había sentido algo, y no podía afirmar de quién era.
Él miró la placa, pero no la tocó.
—Podemos avisar a la profesora.
—Sí. Pero quiero saber primero qué fue.
Darien abrió la boca, la cerró y asintió. Ailén notó el esfuerzo que le costaba no insistir.
Al llegar al patio central, el zorro plateado saltó desde una rama y aterrizó sobre una fuente seca. Nadie más pareció sorprenderse, aunque varios estudiantes lo miraron con atención.
El zorro plateado seguía mirando a los recién llegados. El pelaje parecía guardar la luz y devolverla a destiempo, como en el callejón. Ailén reconoció la curva de su cola y entendió que era el mismo animal que había cruzado el arco con ellos. La fuente seca detrás de él tenía hojas acumuladas en el fondo. Algunas eran de especies que ella no reconocía, y una se había quedado atrapada en la grieta de la piedra.