Ataraxia l Libro 1

Capítulo 1

Erguida caminé hacia el aula 18. Mientras me acercaba fui recogiendo uno que otro mechón de mi cabello fuera de lugar; siempre era el mismo peinado, el de «señora» que utilizaba para aparentar ser de mayor edad y representar respeto ante mis estudiantes. Era agotador, pero era mi trabajo, y por ahora era suficiente para mí.

Miré por la pequeña ventanilla de la puerta antes de entrar, echando rápidamente una mirada a todos mis alumnos de la primera hora. Cuando comprobé lo que necesitaba entré a paso firme hasta sentarme frente a mi escritorio.

—Buenos días, chicos—los saludé y les sonreí—. ¿Cómo les fue en el verano?

Algunos contestaron fríamente con un «Lo mismo de siempre», otros simplemente dijeron «¿Qué tanto podemos hacer aquí?». Entonces me dedicaron las típicas miradas de los jóvenes de hoy en día, sarcásticos e indiferentes. Y como siempre, expresaban con sus expresiones lo aburrido que les parecía mis clases de literatura. Tomé mi bolígrafo y señalé hacia la primera fila, junto a los ventanales, sentada al último puesto, ella miraba distraídamente por la ventana.

Rápidamente todos voltearon hacia atrás. 

—Beth, ¿quizá tú nos dices qué tal te fue en vacaciones? —le pregunté a una de mis alumnas favoritas. 

Su expresión se horrorizó y se encogió en su puesto en respuesta a mi petición. Por supuesto que sí.

Acomodé mis lentes a la par de un carraspeo incómodo y sonreí a los demás alumnos con una sonrisa tranquilizadora. Me resultaba fácil entrar en la vida de casi todos mis alumnos, pese a que me vestía como lo hacía para proclamar respeto, con ellos trataba también de confraternizar. Sin embargo, desde que entré a The Best More Learning Secondary High sólo había tenido algunos retos; y Beth Grace era uno de ellos.

La chica se la pasaba pegada a su cámara fotográfica y se perdía durante horas en el salón de arte. Se aislaba de todos y nunca hablaba demasiado en público.

—¡Yo, profesora, yo también quiero decirlo! —exclamó otra alumna. Desvié a regañadientes la mirada de Beth, quien había fijado la vista en la ventana otra vez.

Sonreí verosímilmente cuando visualicé la sonrisa de Estefany Williams, levantaba su mano en el aire con emoción mientras esperaba mi respuesta.

Me sorprendí por el cambio repentino en el ambiente, yo era muy perceptible, y noté el interés ilícito en los estudiantes hacia Estefany. Ella si no mal recordaba estaba en el equipo de porristas, y de buen promedio estudiantil. 

—Por supuesto que sí—asentí. 

—Bueno, fui a la playa, mi papá me compró mucha ropa nueva y conocí muchos chicos guapos…

—Por supuesto que conoces muchos chicos. ¿Pero qué haces con ellos? —intervino uno de los chicos, Rom Smith, jugador de baloncesto de los más aplicados, pero como si fuera esa una regla universal para los estudiantes deportistas, su promedio estaba que llegaba a las profundidades del infierno—. ¿Haces pasteles con ellos? Huracanes tendrían que arrastrarte para que te acercaras a un chico. ¡Larga vida a la virgen Estefany! 

—Pero, ¿cuál es tu problema? —masculló Estefany, con la cara roja—. ¿Todavía te duele el rechazo del año pasado?

Las risas fueron tan incontrolables como la satisfacción en la mirada de Estefany y la vergüenza en el rostro de Rom. 

—Rom, silencio. Y Estefany, corazón luego nos terminas de contar—intervine.

Ambos se volvieron a verme ferozmente, se cruzaron de brazos y se enfurruñaron con enojo sobre sus puestos. 

El resto del tiempo en el que impartía mi clase se fue volando, particularmente lo sentía así en esta clase, la única en la que veía a mis cuatro alumnas favoritas. Cuando el timbre de salida a la segunda clase resonó por los altavoces todos salieron disparados, pero sin sorpresa observé a las únicas que siempre se quedaban minutos después de clases, pero faltaban dos. 

—Profesora, nos pregunta siempre qué es lo que hicimos en nuestras vacaciones—comentó Estefany, con los ojos entrecerrados—, pero queremos saber qué es lo que usted hace en su tiempo libre también.

—No hago nada divertido chicas—admití más triste de lo que me suponía siempre admitir. Volví a reacomodar mis gafas cuando centré mi atención en Beth—. Corazón, ya es tu último año, deberías ser un poco más…sociable. Hablar un poco más, sonreír de vez en cuando. 

—No se preocupe por ella profesora Laura, la cuidamos bien—dijo Karol, entrando por la puerta y como siempre, retardada. La miré aprensivamente cuando se colocó al lado de Beth.

—Alguien debería estar al pendiente de ti Karol—señalé con seriedad. Ella sonrió inocentemente—, llegas demasiado tarde.

—Perdone profesora, es sólo que mis padres son un tormento—resopló Karol, tiró su bolso al piso estruendosamente. 

—La mayoría de ustedes tienen padres problemáticos—les recordé, aunque lo cierto era que ninguno era como los de Karol—. Esa no es razón para perder clase todos los días. 

—Profesora, no es por defenderla, pero los padres de Karol están muy locos—bromeó Estefany.

De repente sentí una respiración en mi nuca.

—Buenos días, profesora—murmuró alguien atrás de mí.

Un respingo nervioso y un escalofrío me recorrieron. Me volví rápidamente hacia Nicole, que de pronto estaba atrás de mí, borrando la clase de la pizarra. Llevé mi mano a mi pecho con expresión de desconcierto.

—Nicole, querida, no puedes aparecerte así a la gente, los matarás de un susto.

—Ya lo hizo esta mañana—bufó Estefany, mientras revisaba su reloj.

—Lo siento profesora Laura—contestó Nicole, ecuánimemente, al igual que falta de expresión. 

La verdad no entendía por qué me agradaban tanto estas niñas, procuraba siempre no pasar la línea entre la profesionalidad y la amistad, más que todo con mis alumnos. Pero ellas eran como un grupo de chicas perdidas y sentía la obligación de guiarlas, aunque sea en el corto tiempo que las clases me permitían. 




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