Ataraxia l Libro 1

Capítulo 10 Final

—Desmond…

—Imaginé que lo recordarías. 

Ladeé sólo un poco mi rostro, Desmond de repente había aparecido a mi lado, de pie junto a la cama.

—Aunque no creí que fuera tan rápido—dijo. 

Respiré profundamente, intentando no gritar del miedo, porque él no había entrado ni por la puerta o la ventana. No era posible que todo esto me lo estuviera imaginando.

—Tú me sacaste del auto—afirmé en voz baja.

Desmond permanecía de pie, rígido, como una piedra, no se movía. Estaba vestido de negro, fácilmente podía ser como un espectro, un demonio que venía sólo para agobiarme.

—Fuiste tú, ¿verdad?

—¿Me lo preguntas o lo afirmas? —preguntó con seriedad.

—Dímelo tú, intentas hacerme parecer una loca todo el tiempo—mascullé.

Entonces lo miré. Hacía varios días que no lo había visto tan de cerca, era tan atractivamente peligroso que me asustaba, pero eso me atraía demasiado. Debía tener cuidado con él.

—Yo no convenzo a nadie de nada.

—¿Entonces me dirás lo que ocurrió? Me atropellaron con una clara intención, querían matarme, ¿cómo puedes estar tan tranquilo? No soy una mala conductora.

Lo miré una y otra vez, al pendiente de todas sus expresiones, sus movimientos, y en especial de sus misteriosos ojos que brillaban cuando se enojaba. Parecía ocultar algo, esa rigidez no era tan habitual en él.

—Por supuesto, debí haber alucinado, tú jamás podrías ayudarme.

—Deja de tutearme—fue lo único que dijo.

Me reí amargamente.

—No puedo creer que lo único que te interese en este momento es que no te tutee.

—Eso es lo único que todavía me mantiene dentro de una línea fina de compostura y sensatez.

—Pues adivina qué Desmond, me dirijo a ti de la forma en que se me dé la gana. Idio…

—Si te salvé es porque me importa—cortó.

—Entonces dime qué pasa, necesito saber que no estoy loca.

—Si esto no funciona…podría ser más peligroso para ti—dijo.

—Por poco casi muero. ¿Qué más peligroso que eso?

Sonrió de lado, una sonrisa taciturna, conflictiva.

—El tipo que intentó matarte—contestó, mirándome fijamente. No pude evitar pensar en la comparación había dicho Karol, la de comparar la mirada de Desmond con la de una pantera en asecho—. Y yo.

De repente me sentí sin aliento.

—¿Quién es más peligroso? —pregunté en voz baja, sin poder romper la conexión de miradas con él—. Desmond, ¿tú eres peligroso para mí?

La inaudita rapidez con la que estuvo casi sobre mí me dejó sin aire por un momento. Y estuve a punto de gritar, pero Desmond ahogó mis labios con los suyos.

Lo sujeté de la chaqueta, y por un momento infinitesimal intenté luchar contra él, pero no podía, no contra Desmond. Era como si sus besos, o su toque desprendiera algún tipo de afrodisiaco adictivo.

Una de sus manos supo entrar, comenzó a levantar la bata, por un lado, tan lentamente, presionando deliciosamente mi piel con cada roce.

Se alejó un poco de mis labios para contestar:

—Soy peligroso para ti. Porque mi verdadera intención desde el principio siempre fue lastimarte y odiarte—confesó con franqueza—. Pero nunca pude hacerlo, y ahora no encuentro una forma consciente de alejarme de ti.

Volvió a besarme.

Antes de darme cuenta subí mis manos hasta su cuello, luego no fue difícil enganchar mis dedos en su cabello. Lo sujeté, una necesidad enorme por mantenerlo cerca de mí.

—Pero tú me salvaste…

Volvió a separarse de mí.

—También te deseo, y eso también es peligroso para ti.

—¿Por qué?

Necesitaba saber qué significaba todo esto. Debía admitir que Desmond me atraía, pero había algo en él que no me convencía, su forma arrogante de ser, y el hecho de que me mentía sobre quién es.

—Porque estar cerca de mí es lo que…

—¿Crees que intentaron matarme por ti?

—Es por mí que has estado en peligro—aseveró.

—¿Pero por qué? ¿Por qué no puedo estar cerca de ti? ¿Quién eres?

—Mejor dime quién eres tú. Ninguno de mis trucos funciona contra ti—murmuró, acercándose a mis labios—. No te puedo desaparecer, y tampoco puedo dejar que alguien más lo haga—dijo, sin separarse demasiado de mí—. Tú… eres como una bruja.

—Ya cállate—mascullé.

Escuché una risa gatuna.

Las manos de Desmond ya estaban adentro de mi bata; al sentir el leve roce de sus manos sobre uno de mis pechos, la descarga eléctrica que sentí en todo mi cuerpo me descolocó. ¿Cómo podía darme tanto placer con tan sólo un pequeño roce?

Entonces bajó hasta mi cuello, dejando una línea de besos que me estaban volviendo loca. De repente se detuvo, su cálida respiración sobre mi cuello me hacía sentir una mezcla entre placer y cosquillas.

—Parece que no hay vuelta atrás—musitó lentamente.

—¿Eso… qué quiere decir? —jadeé, todavía presa por las sensaciones de mi cuerpo.

—Quiero averiguarlo pronto.

Abrí mis ojos.

—¿Y eso cuánto tiempo durará? —intenté mirarlo, pero en lugar de eso lo empujé.

Desmond me sujetó rápidamente de las muñecas. Lo miré a los ojos, estaban brillando claramente, un brillo hipnotizante.

—Tus ojos… están…

—Sólo tú puedes ver cuando ellos brillan—aclaró.

Esta vez me miraba fijamente, con atención, con interés.

—Estúpido, me mentiste, y me has hecho pensar que estoy loca—bramé, realmente enojada—. ¡Te odio, suéltame!

Era impresionante que, aunque ejercía toda mi fuerza para lograr empujarlo, él no movió ni un musculo de su cuerpo.

—¡Desmond, suéltame ya!

—No—rugió severamente—. Tienes que escuchar ahora mismo todo.

—Me volverás a mentir, intentarás hacerme pensar que lo que yo creo no es realidad. Usarás tu maldita hipnosis o intentarás borrarme la mente. No caeré de nuevo en tu juego.

Desmond frunció el ceño, con un deje de sorpresa.  




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