Atravez del Espejo

De vuelta a la rutina

A TRAVÉS DEL ESPEJO

Autora: Tonya.g

Capítulo 4 — Como si nada hubiera pasado

El lunes llegó con el sonido del despertador y el comienzo de una nueva semana.

Clara abrió los ojos, se quedó unos segundos mirando el techo y respiró profundamente. Después de un fin de semana en el que su cabeza había trabajado mucho más de lo necesario, había tomado una decisión: iba a dejar de pensar en aquel hombre.

No tenía sentido seguir dándole vueltas a algo que probablemente solo había existido en su imaginación.

Se levantó, preparó sus cosas y se dispuso a comenzar el día. Mientras se arreglaba frente al espejo, se observó con una pequeña sonrisa irónica.

—Por favor, Clara, ubicáte un poco —murmuró—. ¿Qué te pasa? ¿Te enamoraste de un chofer por una mirada?

Soltó una risita y negó con la cabeza.

Le daba vergüenza reconocer que había pasado una noche entera pensando en alguien que ni siquiera conocía. ¿Y si él ni siquiera la había registrado? ¿Y si miraba a todos los pasajeros de la misma manera y ella había armado una historia entera por un simple cruce de ojos?

Era muy posible.

Demasiado posible.

Clara siempre había sido enamoradiza. Le gustaba creer en las casualidades, en las conexiones inesperadas y en esas cosas que no se pueden explicar con palabras. Pero también sabía que, a veces, la imaginación podía jugarle una mala pasada.

Y ella no quería quedar como una tonta por algo que quizá nunca había sucedido.

—Se terminó —se dijo mientras tomaba su cartera—. Hoy voy a viajar como todos los días y listo.

Salió de su casa con la intención de cumplir su rutina, pensar en su trabajo y dejar de buscar significados donde tal vez no los había.

El aire fresco de la mañana la recibió mientras caminaba hacia la parada. La ciudad comenzaba a moverse: los autos, la gente apurada, los negocios que levantaban sus persianas y las conversaciones de quienes compartían el mismo apuro de cada lunes.

Todo era normal.

Y eso era exactamente lo que Clara necesitaba.

Cuando llegó a la parada, se acomodó el bolso en el hombro y sacó el teléfono para mirar la hora. No iba a mirar quién conducía. No iba a buscar ninguna mirada en el espejo. No iba a sonreír por adelantado ni a imaginar conversaciones que nunca habían existido.

Si Nicolás estaba allí, sería simplemente el chofer.

Nada más.

A lo lejos apareció el colectivo.

Clara levantó la vista por costumbre, sin proponérselo. El vehículo se acercó lentamente y se detuvo frente a ella.

Las puertas se abrieron.

Era el momento de subir.

Y, mientras los demás pasajeros comenzaban a avanzar, Clara se repitió una última vez que no tenía motivos para ponerse nerviosa.

Después de todo, ¿qué podía pasar?

Ni siquiera sabía si él recordaba su cara.

Subió, preparó el dinero para pagar el boleto y mantuvo la mirada baja, concentrada en sus propias manos.

No quería comprobar nada.

No quería decepcionarse.

Y, sobre todo, no quería volver a casa esa noche preguntándose si había confundido una simple mirada con algo más.

Pagó el boleto y se apartó para dejar pasar al siguiente pasajero.

Todo parecía normal.

Hasta que escuchó una voz.

—Buen día.

Clara levantó la cabeza por reflejo.

Era Nicolás.

La había saludado.

Quizás saludaba a todos los pasajeros. Era lo más lógico. Era su trabajo, después de todo.

Sin embargo, Clara sintió que algo se le movía por dentro.

—Buen día —respondió, intentando que su voz sonara tan tranquila como siempre.

No se quedó mirándolo. No quiso averiguar si él sostenía la mirada o si estaba pendiente del camino. Caminó hacia el interior del colectivo y buscó un asiento junto a la ventana.

Se sentó, acomodó su cartera sobre las piernas y miró hacia la calle.

Fue un saludo, Clara. Un simple saludo.

Se obligó a pensar en cualquier otra cosa.

Pero había algo que no podía negar: escuchar su voz había sido diferente de lo que imaginaba. Ahora aquel hombre ya no era solamente una mirada a través de un espejo. Tenía una voz, una presencia y una manera de decir dos palabras que, por alguna razón, se le habían quedado dando vueltas en la cabeza.

Clara cerró los ojos un instante y sonrió apenas, molesta consigo misma.

Estaba perdida.

No enamorada. No podía estar enamorada de alguien a quien no conocía.

Pero sí peligrosamente curiosa.

Y la curiosidad, cuando se mezcla con la ilusión, puede convertirse en una trampa de la que cuesta salir.

El colectivo continuó su recorrido. Los pasajeros subían y bajaban, la ciudad avanzaba detrás de la ventana y Clara intentaba convencerse de que aquel lunes sería igual a cualquier otro.

No sabía si Nicolás la recordaba.

No sabía si aquella mirada del otro día había significado algo.

Y no sabía que, a veces, las cosas más importantes comienzan con gestos tan pequeños que uno casi no se atreve a creer en ellos.

Porque Clara había decidido dejar de buscar señales.

Pero esa mañana, sin proponérselo, acababa de recibir una.

Y todavía no estaba preparada para descubrir qué significaba.



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En el texto hay: amor risas romance accidentado

Editado: 26.10.2026

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