Tonya.g
Capítulo 7: Las preguntas de ClaraEse viernes, cuando Clara volvió a verlo al volante del colectivo, sintió que los nervios regresaban de golpe.
No entendía qué le estaba pasando. Habían sido apenas unos días sin verlo y, aun así, tenerlo otra vez frente a ella le provocaba esa sensación extraña en el estómago, una mezcla de vergüenza, curiosidad y algo más que todavía no se animaba a nombrar.
Subió al colectivo intentando actuar con naturalidad.
—Buen día —saludó.
Sacó su pasaje, recibió el saludo de Nicolás y caminó hasta su asiento. Se acomodó junto a la ventana, como hacía siempre, tratando de convencerse de que todo estaba en su cabeza.
Pero aquella duda volvió a aparecer.
¿Y si no era su imaginación?
¿Y si de verdad él la miraba?
Clara se quedó unos segundos mirando por la ventana. Quería comprobarlo, aunque al mismo tiempo le aterraba descubrir que podía estar en lo cierto. Finalmente, casi sin pensarlo, levantó la vista hacia el espejo.
Y ahí estaba él.
Nicolás la estaba mirando.
Sus ojos se encontraron durante un instante que a Clara le pareció mucho más largo de lo que realmente fue. No supo si él llevaba tiempo observándola o si simplemente sus miradas habían coincidido justo en ese momento.
Lo único que supo fue que bajó la mirada enseguida.
Sintió vergüenza. Una vergüenza enorme, de esas que te hacen desear que nadie pueda darse cuenta de lo que estás sintiendo.
Se acomodó en el asiento y fingió prestar atención a lo que sucedía afuera, aunque por dentro tenía la cabeza llena de preguntas.
¿La estaba mirando a ella?
¿La recordaba de los otros días?
¿O estaba exagerando todo, como tantas veces había temido?
Y entonces aparecieron las preguntas que hasta ese momento había intentado evitar.
¿Cómo se llamaba? ¿De dónde era? ¿Tendría pareja? ¿Estaría casado? ¿Tendría hijos? ¿Cómo sería su vida cuando terminaba su jornada y dejaba de ser el hombre que conducía el colectivo?
Clara no sabía absolutamente nada de él.
No conocía su historia, sus sueños, sus problemas ni las cosas que podían hacerlo feliz. Ni siquiera sabía si Nicolás se llamaba realmente Nicolás; ese nombre todavía no existía para ella, porque ni siquiera se habían presentado. Era apenas un hombre al que veía durante unos minutos cada mañana y que, sin saber cómo, había despertado una curiosidad que no conseguía controlar.
Y eso la inquietaba todavía más.
Porque una cosa era sentir curiosidad por alguien y otra muy distinta era empezar a hacerse preguntas sobre su vida, imaginar quién podía ser y preguntarse si habría alguna posibilidad de que él también sintiera algo.
Clara intentó poner los pies sobre la tierra.
No lo conocía. No sabía si estaba disponible, si le interesaba conocerla o si aquellos cruces de miradas significaban algo para él.
No tenía ninguna respuesta.
Solo tenía una certeza: cada vez que sus ojos se encontraban a través de aquel espejo, algo dentro de ella cambiaba.
Y lo peor —o quizá lo más inquietante— era que empezaba a desear que volviera a pasar.