Tonya.g
Capítulo 8: Una conexión sin nombreAsí fueron pasando los días.
Todo parecía seguir igual. Clara se levantaba, se preparaba para ir a trabajar y caminaba hasta la parada de siempre. Nicolás conducía el mismo colectivo, cumplía con su recorrido y llevaba a cada pasajero a su destino.
Nada extraordinario sucedía entre ellos.
Solo un saludo cordial al subir, un «gracias» al bajar y, de vez en cuando, alguna mirada que se cruzaba a través del espejo.
Pero para Clara, esos pequeños momentos empezaban a tener un significado que no lograba comprender.
A veces, mientras sacaba su pasaje, sentía que Nicolás la miraba. Otras veces, cuando levantaba la vista hacia el espejo, descubría sus ojos sobre ella. Y entonces le ocurría algo que no podía controlar: una sonrisa se le escapaba de los labios antes de que pudiera evitarlo.
Una sonrisa pequeña, casi tímida, que intentaba disimular mirando hacia otro lado.
Nicolás, por su parte, seguía siendo el hombre serio de siempre. No era de muchas palabras ni de sonreírle a todo el mundo. Sin embargo, cuando Clara subía al colectivo, algo parecía cambiar en su atención.
Si ella estaba dentro de su campo de visión, la miraba a través del espejo. Y si no la encontraba a simple vista, sus ojos parecían buscarla entre los pasajeros, hasta que finalmente la ubicaba.
Entonces continuaba conduciendo, como si nada hubiera pasado.
Clara también seguía con su vida. Bajaba del colectivo, llegaba a su trabajo y se ocupaba de sus obligaciones. Nicolás continuaba con su recorrido, sin detenerse a pensar demasiado en lo que podía significar aquella pequeña costumbre que se estaba formando entre los dos.
O al menos eso era lo que Clara imaginaba.
Porque no había conversaciones, ni preguntas, ni confesiones. No sabían nada el uno del otro. Eran dos desconocidos que, por alguna razón, parecían reconocerse cada mañana un poquito más.
Y, aun así, las dudas crecían.
¿Era casualidad que él la buscara con la mirada? ¿Por qué parecía encontrarla incluso cuando ella intentaba pasar desapercibida? ¿Por qué a Clara le bastaba una mirada suya para sentirse nerviosa durante el resto del viaje?
¿Y qué pasaba con Nicolás?
¿Se preguntaría quién era esa mujer que subía todos los días a su colectivo? ¿Le llamaría la atención su sonrisa? ¿O sería simplemente una pasajera más dentro de una rutina que repetía tantas veces?
Ninguno de los dos tenía respuestas.
Solo existían esos segundos compartidos, esas miradas furtivas y esas sonrisas que aparecían sin permiso. Una conexión silenciosa que ninguno se animaba a poner en palabras.
Y así seguían sus vidas, cada uno en su mundo, sin saber qué estaba pasando realmente del otro lado del espejo.
Pero había algo que empezaba a ser difícil de ignorar: ya no eran dos desconocidos que simplemente coincidían en un mismo colectivo.
Todavía no sabían qué eran el uno para el otro.
Ni siquiera sabían si algún día llegarían a ser algo.
Pero, cada mañana, cuando Clara subía y Nicolás levantaba la mirada, ambos parecían esperar, aunque fuera por un instante, encontrarse otra vez.