Atravez del Espejo

Cómo hablarle?

A TRAVÉS DEL ESPEJO

Tonya.g

Capítulo 15: Las palabras que no se animaba a decir

El tiempo siguió pasando y Nicolás continuó con su rutina.

Cada jornada comenzaba de la misma manera: ponerse al volante, cumplir con los horarios, recorrer las calles de Buenos Aires y llevar a cada pasajero a su destino. Era el trabajo que tanto había deseado, el sueño por el que había dejado su pueblo y había vuelto a empezar lejos de casa.

Y no estaba dispuesto a ponerlo en riesgo.

Sin embargo, había algo que empezaba a incomodarlo.

Nicolás sentía que estaba atado a su trabajo, como si aquel volante que tanto había soñado manejar también le marcara los límites de lo que podía hacer. No estaba en cualquier lugar ni en cualquier circunstancia. Tenía una responsabilidad, debía prestar atención al tránsito y mantener una actitud profesional.

No podía actuar como si estuviera en otro contexto.

Por eso, cuando ella subía, se limitaba a saludarla.

—Buen día.

Y, cuando llegaba el momento de bajar, escuchaba un gracias o respondía con un simple «de nada».

Eso era todo.

Había tantas cosas que le habría gustado preguntarle, tantas dudas que le daban vueltas en la cabeza, pero ninguna parecía tener un lugar adecuado para salir a la luz.

¿Cómo podía empezar una conversación sin incomodarla? ¿Cómo podía demostrarle que le llamaba la atención sin que ella sintiera que estaba confundiendo su amabilidad con otra cosa?

Porque Nicolás no sabía qué pasaba por la cabeza de aquella chica.

Tal vez ella también lo miraba porque sentía curiosidad. Tal vez había notado sus miradas y le causaban gracia. O quizá él estaba interpretando como algo especial unos gestos que no significaban nada.

No quería dar por sentado que ella sentía lo mismo.

Había algo que para él era fundamental: el respeto.

Ella subía a ese colectivo para ir a trabajar, para cumplir con sus obligaciones y seguir con su vida. No tenía por qué encontrarse en una situación incómoda solo porque él sintiera curiosidad por conocerla.

Además, estaba su trabajo.

Nicolás había luchado demasiado para llegar hasta allí. No quería que una decisión impulsiva, un comentario fuera de lugar o una situación mal interpretada pudiera complicarle aquello que tanto le había costado conseguir.

Pero tampoco sabía cómo manejar lo que le estaba pasando.

No era un hombre que se lanzara sin pensar. Estaba acostumbrado a observar, a guardar sus pensamientos y a resolver las cosas a su manera. Y, frente a esa desconocida, parecía no encontrar la misma seguridad que tenía en otros aspectos de su vida.

Podía conducir durante horas por una ciudad enorme, resolver los imprevistos de cada recorrido y mantener la calma en medio del tránsito. Pero no sabía cómo acercarse a una mujer que le despertaba curiosidad sin tener la certeza de que ella quisiera ser conocida.

Así que seguía esperando.

Esperaba una oportunidad, una señal más clara, una circunstancia que le permitiera decir algo distinto de aquel saludo de todos los días.

Pero las oportunidades no siempre aparecen cuando uno las necesita.

Y mientras Nicolás se debatía entre las ganas de conocerla y el temor de equivocarse, los días seguían pasando.

Ella continuaba siendo una pasajera.

Él seguía siendo el chofer.

Y entre los dos quedaban todas esas palabras que nunca se habían dicho.

A veces, lo que más nos detiene no es la falta de ganas, sino el miedo a dar un paso sin saber qué hay del otro lado.

Nicolás no sabía si algún día se animaría a romper el hielo.

Solo sabía que, cada vez que la veía, volvía a preguntarse cómo sería conocerla de verdad.



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En el texto hay: amor risas romance accidentado

Editado: 26.10.2026

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