Tonya.g
Capítulo 16: Una sonrisa y el primer paso¿Qué necesitaban para hablar?
¿Qué tenía que pasar para que alguno de los dos se animara a dar el siguiente paso?
¿Cómo podían acercarse si ni siquiera sabían sus nombres?
Habían pasado meses entre saludos cordiales, miradas fugaces y sonrisas que aparecían cuando menos lo esperaban. Meses en los que Nicolás había pensado más de una vez en decir algo, pero terminaba guardándose las palabras.
Hasta que un día decidió que ya era suficiente.
No podía seguir esperando eternamente una señal que quizá nunca llegaría. Tampoco quería incomodarla ni hacerla sentir mal. Solo quería romper el hielo, decir algo que les permitiera salir, aunque fuera por unos segundos, de aquella rutina de saludos y silencios.
Esa mañana, mientras cumplía con su recorrido, sabía que pronto llegaría a la parada donde ella solía subir.
Y esta vez estaba decidido.
Se acercó a la parada y la vio allí, esperando. Ella levantó el brazo para hacerle la señal de siempre y Nicolás detuvo el colectivo.
Clara subió.
Como tantas otras veces, se acercó para indicarle su destino y sacar el pasaje. Todo parecía seguir igual, pero Nicolás sabía que, si no se animaba en ese momento, probablemente volvería a dejar pasar otra oportunidad.
Así que, sin darle más vueltas, se decidió.
—¡Qué linda sonrisa tenés, Clara!
Las palabras salieron casi de golpe.
Clara levantó la mirada, sorprendida. Por un instante, pareció no saber qué responder. Después, sonrió otra vez, con esa mezcla de vergüenza y alegría que a veces aparece cuando alguien dice justo lo que una no esperaba escuchar.
—Gracias. Vos también —le respondió.
Nicolás sonrió.
Y ella volvió a sonreírle.
Fue un intercambio breve, sencillo, pero para los dos significó mucho más que cualquier saludo de los meses anteriores.
Por primera vez, uno de los dos había dicho algo que iba más allá de la cortesía. Ya no era solamente una mirada perdida en el espejo ni una sonrisa que podía confundirse con una casualidad. Era un pequeño gesto de interés, una manera de reconocer que el otro no pasaba completamente desapercibido.
Clara siguió hacia su asiento, todavía con una sonrisa en los labios. Nicolás retomó su recorrido, intentando concentrarse en el camino, aunque por dentro sentía esa inquietud de quien acaba de animarse a hacer algo que llevaba demasiado tiempo pensando.
No habían hablado de sus vidas. No se habían preguntado sus nombres ni sabían todavía casi nada el uno del otro.
Pero algo había cambiado.
Ambos sabían que esa sonrisa no había sido una más.
Había complicidad en aquel intercambio, una especie de entendimiento silencioso, como si los dos hubieran reconocido algo que hasta ese momento ninguno se había atrevido a poner en palabras.
Clara se sentó junto a la ventana y, aunque intentó comportarse con naturalidad, no pudo evitar recordar lo que él le había dicho.
Nicolás, por su parte, continuó conduciendo con una satisfacción discreta. Se había animado, había roto el hielo y, al menos por aquella mañana, no había salido mal.
Quizá no era gran cosa para cualquiera que los hubiera visto desde afuera.
Pero para ellos, después de tantos meses de miradas y preguntas sin respuesta, aquella frase había abierto una puerta.
Y ahora quedaba por descubrir qué había del otro lado.
Porque, a veces, una historia no empieza con una declaración ni con un encuentro extraordinario.
A veces, empieza con un hombre que finalmente se anima a hablar…
Y una mujer que le responde con una sonrisa.