Tonya.g
Capítulo 18: Esta vez, sin el espejoAl día siguiente, Nicolás tomó una decisión que llevaba demasiado tiempo dando vueltas en su cabeza.
Quería conocerla.
No quería seguir conformándose con miradas fugaces, saludos apresurados y conversaciones que apenas duraban unos segundos. Después de tantos meses, había conseguido dar el primer paso y descubrir su nombre. Ahora quería saber quién era aquella mujer que había despertado su curiosidad de una manera tan inesperada.
Y decidió arriesgarse.
Ese día no trabajaba. Podría haberse quedado en casa, descansar o aprovechar su tiempo libre como hacía habitualmente. Sin embargo, tenía otros planes.
Sabía qué colectivo tomaba Clara, a qué hora solía subir y cuál era el recorrido que hacía cada mañana.
Así que se preparó, se vistió de civil y salió.
Esta vez no estaría detrás del volante, protegido por la rutina de su trabajo ni por la distancia que los separaba. Esta vez tendría que acercarse a ella como cualquier hombre que desea conocer a una mujer.
Y, aunque intentaba convencerse de que estaba tranquilo, no podía negar que también sentía nervios.
Subió al colectivo y eligió un asiento en el medio, desde donde podía ver la puerta. Se acomodó y esperó.
Los minutos parecían pasar más despacio de lo habitual.
Hasta que llegó el momento.
El colectivo se detuvo y Clara subió.
Como todas las mañanas, se acercó para pagar su pasaje, pero enseguida notó algo diferente: Nicolás no estaba al volante.
Por un instante, sintió una pequeña decepción.
Se había acostumbrado a verlo cada mañana y, aunque apenas habían intercambiado unas palabras, una parte de ella esperaba encontrárselo. Se sintió un poco desanimada, pero enseguida intentó dejarlo pasar.
Tenía que continuar con su día.
Levantó la cabeza para buscar un asiento y entonces lo vio.
Allí estaba Nicolás.
Sentado en el medio del colectivo, vestido de civil y con una sonrisa que parecía estar esperándola desde hacía rato.
Clara se quedó sorprendida.
Por un segundo no supo qué hacer, dónde mirar ni qué expresión poner. Sintió que los nervios le subían de golpe, como si todos aquellos meses de preguntas y miradas hubieran regresado al mismo tiempo.
Él estaba ahí.
Pero esta vez no había un espejo de por medio, ni un volante que lo mantuviera ocupado, ni una puerta que los separara.
Solo estaban ellos dos y la posibilidad de hablar.
Clara consiguió esbozar una sonrisa y caminó hasta el asiento de adelante, justo delante de donde estaba Nicolás. Se sentó intentando disimular la mezcla de sorpresa y alegría que sentía.
Nicolás la observó unos segundos. Había llegado hasta allí decidido a hablarle, pero verla tan cerca le hizo comprender que una cosa era imaginar aquel momento y otra muy distinta era vivirlo.
Aun así, no pensaba echarse atrás.
Se inclinó ligeramente hacia ella y le preguntó:
—¿Me puedo sentar al lado tuyo?
Clara giró la cabeza para mirarlo.
Todavía estaba sorprendida por encontrarlo allí, pero aquella pregunta terminó de confirmar que no se trataba de una casualidad.
—Sí —respondió con una leve sonrisa.
Nicolás se sentó a su lado.
Y entonces, por primera vez, comenzaron a hablar de verdad.
Al principio, la conversación tuvo esa timidez propia de dos personas que sienten curiosidad la una por la otra, pero que todavía no saben muy bien cómo acercarse. Hubo sonrisas, algunas risas nerviosas y pequeñas pausas en las que ambos parecían buscar la siguiente pregunta.
Pero pronto la curiosidad pudo más que la vergüenza.
Se preguntaron sus edades, de dónde eran, cómo eran sus vidas y cuánto tiempo llevaban haciendo aquel recorrido. Hablaron de sus trabajos, de sus costumbres y de las cosas cotidianas que hasta ese momento solo podían imaginar del otro.
Cada respuesta abría la puerta a una nueva pregunta.
Clara quería saber más de Nicolás. Ahora podía mirarlo directamente, observar sus gestos y descubrir cómo era cuando no estaba concentrado en conducir. Le sorprendía encontrar detrás de aquel hombre serio a alguien con quien podía conversar y sonreír.
Nicolás, por su parte, también quería conocerla. No solo le interesaba aquella sonrisa que había llamado su atención desde el primer día. Quería descubrir quién era Clara, qué le gustaba, qué pensaba y cómo era su mundo fuera de aquel colectivo.
Había tantas cosas que no sabían el uno del otro que cada minuto parecía traer un descubrimiento nuevo.
Y mientras conversaban, ambos comprendieron algo.
Durante meses habían compartido un pequeño espacio de sus mañanas, separados por las circunstancias y por la incertidumbre de no saber si el otro sentía la misma curiosidad.
Ahora, por fin, podían hablar sin tener que esconderse detrás de una mirada fugaz.
Nicolás ya no necesitaba buscarla en el espejo.
Clara ya no tenía que preguntarse si él la estaba mirando.
Estaban sentados uno al lado del otro, conociéndose de a poco, descubriendo que detrás de aquellas sonrisas había dos vidas enteras que todavía no conocían.
Y lo que había comenzado con un simple cumplido empezaba a transformarse en algo mucho más cercano.
Por primera vez, no tuvieron que imaginar cómo sería hablarse.
Simplemente lo hicieron.
Y ninguno de los dos parecía tener demasiadas ganas de que aquella conversación terminara.