Atravez del Espejo

El gesto de las rosas

A TRAVÉS DEL ESPEJO

Tonya.g

Capítulo 23: Rosas azules y un lugar mágico

Y llegó la hora.

Nicolás agarró las llaves del auto, respiró hondo y salió a buscarla. El viaje desde su casa hasta la de Clara no duraba más de media hora, pero esa tarde el camino parecía tener otro ritmo.

Manejaba con una sonrisa imposible de disimular. Parecía un chico en su cumpleaños, de esos que no pueden contener la emoción porque saben que algo lindo está por suceder.

De vez en cuando miraba la hora y volvía a sonreír.

Estaba feliz. Nervioso también, aunque intentaba que los nervios no le ganaran. Había pensado en ese encuentro, en cada detalle, y solo esperaba que Clara pudiera sentir todo lo que él quería transmitirle sin necesidad de explicarlo con palabras.

Mientras tanto, en su casa, Clara empezaba a ponerse cada vez más nerviosa.

Ya sabía que se acercaba la hora de salir. Miraba el celular, se acomodaba el pelo y volvía a mirar la hora. Intentaba distraerse, pero sus pensamientos siempre terminaban en el mismo lugar.

¿Cuándo llegará?

Pasaron unos minutos que parecieron eternos.

Hasta que, finalmente, sonó el timbre.

Clara sintió que el corazón le daba un salto. Caminó hacia la puerta, respiró profundo y abrió.

Y ahí estaba él.

Nicolás, con esa sonrisa hermosa que ella había visto tantas veces a través del espejo del colectivo, pero que ahora podía disfrutar de frente. Y en sus manos llevaba un ramo de rosas azules, envueltas en un papel rosa con brillos y adornadas con unas pequeñas mariposas.

Clara se quedó mirándolo, sin saber qué decir.

No podía creerlo.

Las rosas azules, el papel brillante, las mariposas… Todo tenía algo especial, algo que parecía pensado para ella. No era un ramo cualquiera. Era un gesto que hablaba de atención, de dedicación, de alguien que se había tomado el tiempo de pensar en cómo hacerla sonreír.

Nicolás la observó con ternura, disfrutando de su sorpresa.

—¿Lista? —preguntó, sonriendo.

Clara todavía estaba tratando de procesar lo que tenía delante.

—Sí… Gracias por el gesto —respondió, con una sonrisa tímida y la emoción asomándole en los ojos.

Tomó las flores con cuidado, como si fueran un pequeño tesoro, y cerró la puerta detrás de ella.

Salieron juntos y caminaron hasta el auto. Nicolás le abrió la puerta y esperó a que se acomodara antes de subir.

Clara lo miraba de reojo, todavía sorprendida. No sabía qué había preparado para esa noche ni adónde iban. Solo sabía que él había conseguido que se sintiera especial incluso antes de que empezara la cita.

Nicolás encendió el auto y emprendieron el camino hacia un lugar que solo él conocía.

No le adelantó demasiado. Quería que la sorpresa se mantuviera hasta el final.

Y mientras manejaba, de vez en cuando la miraba y sonreía al verla contemplar las rosas.

Finalmente, llegaron.

Clara levantó la vista y se quedó sin palabras.

Frente a ella se extendía un lugar que parecía salido de un cuento: un parque lleno de árboles, senderos rodeados de vegetación y enredaderas que se entrelazaban entre las ramas, formando rincones que recordaban a un bosque encantado.

Había algo mágico en aquel paisaje. Era como entrar en un mundo apartado de todo, un lugar donde la imaginación podía volar y donde, por un momento, parecía posible creer en hadas, dragones y todas esas historias que hacían soñar.

Nicolás recordaba lo que Clara le había contado durante aquellas semanas. Sabía cuánto amaba esas cosas: las hadas, los bosques, los dragones y todo lo que tuviera ese aire de fantasía que convertía lo cotidiano en algo extraordinario.

Y había querido llevarla a un lugar que tuviera un poquito de todo eso.

No necesitaba explicárselo. Le alcanzaba con verla.

Clara bajó la mirada un instante, tratando de contener la emoción. Sin que Nicolás la viera, una lágrima le resbaló por la mejilla.

No era tristeza. Era algo mucho más difícil de explicar.

Era la sorpresa de encontrarse con un gesto tan hermoso, de sentir que alguien había prestado atención a esas pequeñas cosas que a ella le gustaban. Era la emoción de estar ahí, rodeada de aquel paisaje que parecía hecho para sus sueños, con un ramo de rosas azules entre las manos y el hombre que tanto había esperado a su lado.

Por un momento, se preguntó si de verdad merecía algo así.

Si era posible que alguien pensara en ella de esa manera, que se tomara tantas molestias solo para verla feliz.

Se secó discretamente la lágrima, respiró hondo y se dio vuelta hacia Nicolás.

Él estaba ahí, mirándola, con esa sonrisa tranquila que a ella empezaba a resultarle cada vez más familiar.

Clara le devolvió la sonrisa.

—Gracias, Nico —le dijo suavemente.

Y, sin pensarlo demasiado, se acercó y le dio un beso en la mejilla.

Nicolás sintió aquel beso como mucho más que un simple gesto de agradecimiento. No necesitaba que Clara le dijera nada más. En su sonrisa, en sus ojos emocionados y en aquella manera de acercarse, encontró algo que hizo que todo el esfuerzo hubiera valido la pena.

Había querido regalarle un momento especial.

Y ahí estaba ella, frente a él, en aquel pequeño bosque encantado, sonriendo como si acabara de entrar en uno de sus cuentos favoritos.

Por primera vez, no había un espejo entre los dos.

Solo un lugar mágico, unas rosas azules y dos personas que estaban empezando a descubrir cuánto podía significar un encuentro.



#1097 en Fantasía
#200 en Magia

En el texto hay: amor risas romance accidentado

Editado: 26.10.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.