Atravez del Espejo

Pasaron 6 meses

A TRAVÉS DEL ESPEJO

Tonya.g

Capítulo 26: Seis meses de pequeños detalles

Después de aquella noche, Clara y Nicolás volvieron a sus rutinas. La vida siguió con sus horarios, sus obligaciones, los días de trabajo y las cosas de siempre. Pero, para ellos, ya nada era exactamente igual.

Porque ahora había algo que antes no tenían.

Un beso que todavía recordaban con una sonrisa, una complicidad que crecía con cada encuentro y un sentimiento que, sin darse cuenta, había dejado de ser una simple ilusión.

Nicolás seguía siendo el hombre reservado de siempre, ese que no regalaba sonrisas a cualquiera. Pero con Clara era diferente. Con ella había descubierto una manera de demostrar lo que sentía sin necesidad de grandes discursos.

Y vaya si sabía hacerlo.

Todos los días encontraba alguna forma de sorprenderla.

A veces era un caramelo que le dejaba con una sonrisa cómplice. Otras, su bocadito preferido, ese que ya sabía que le encantaba. Y, cuando menos lo esperaba, aparecía una notita con unas pocas palabras capaces de cambiarle el día.

No necesitaba grandes regalos. Nicolás parecía entender que lo importante no era cuánto costaba un detalle, sino el cariño con el que lo elegía.

Clara empezó a acostumbrarse a esas pequeñas sorpresas, aunque nunca dejaban de emocionarla. Cada gesto le confirmaba que él prestaba atención a lo que le gustaba, que recordaba las cosas que le contaba y que buscaba maneras de hacerla feliz incluso en los días más comunes.

Y eso la enamoraba un poquito más.

Sí, porque después de tantos meses ya no se trataba solamente de atracción, de nervios o de aquellas miradas que se habían cruzado a través del espejo.

Había sentimientos. Había cariño, confianza, ganas de compartir y una necesidad cada vez más grande de estar cerca.

Había amor.

Clara también encontraba sus propias maneras de demostrarle lo que sentía.

A veces le llevaba algo para desayunar, sabiendo que podía venirle bien antes de empezar una jornada larga. Otras, preparaba algo sencillo para que tuviera con qué almorzar. Eran gestos pequeños, cosas cotidianas que quizás para otra persona no significarían demasiado, pero que para ellos tenían un valor enorme.

Porque Clara no quería ser solamente la mujer que esperaba sus mensajes o disfrutaba de sus sorpresas. También quería cuidarlo, hacerlo sentir querido y demostrarle que ella pensaba en él tanto como él pensaba en ella.

Y así, entre caramelos, bocaditos, notitas, desayunos y pequeños regalos, fueron construyendo algo que se hacía cada vez más fuerte.

Pasaron otros seis meses.

Seis meses de mensajes que seguían llegando cada mañana, de conversaciones que parecían no terminar nunca y de encuentros que esperaban con la misma ilusión del principio.

Cuando se veían fuera de sus rutinas, Nicolás siempre buscaba que hubiera algo diferente. No quería que los momentos juntos se convirtieran en una costumbre sin emoción. Le gustaba sorprenderla, descubrir lugares nuevos y encontrar maneras de regalarle recuerdos.

Y Clara, que disfrutaba de cada detalle, también se las ingeniaba para sorprenderlo.

A veces no hacía falta un plan extraordinario. Bastaba con compartir una comida, caminar juntos, reírse por cualquier tontería o quedarse hablando hasta perder la noción del tiempo.

Lo especial no estaba solamente en el lugar al que iban, sino en quién estaba a su lado.

Cada encuentro les dejaba nuevas anécdotas, nuevas sonrisas y esa sensación de querer volver a verse apenas se despedían.

Porque despedirse seguía siendo difícil.

Siempre llegaba ese instante en el que miraban la hora y descubrían que el tiempo había pasado demasiado rápido. Entonces aparecían los abrazos que se prolongaban, los besos que parecían ser el último y terminaban convirtiéndose en uno más, las miradas que decían no quiero que te vayas todavía.

Ninguno quería ser el primero en soltar al otro.

A veces se quedaban unos minutos más, aun sabiendo que debían regresar. Otras, prometían volver a verse pronto y se despedían con una sonrisa que intentaba disimular cuánto les costaba separarse.

Pero en el fondo, ambos sabían que no era suficiente.

Querían más tiempo. Más momentos. Más oportunidades para conocerse, para compartir sus vidas y para seguir descubriendo esas pequeñas cosas que los hacían quererse cada día un poco más.

Lo que había comenzado con una mirada a través de un espejo se había transformado en una historia llena de ternura, complicidad y amor.

Y aunque ninguno de los dos sabía hasta dónde los llevaría aquel sentimiento, había algo que se volvía cada vez más evidente: ya no podían imaginar sus días de la misma manera sin el otro.

Seis meses después de aquel primer encuentro, Nicolás seguía encontrando motivos para hacer sonreír a Clara.

Y Clara seguía enamorándose de él en esos detalles que para el resto del mundo podían parecer insignificantes, pero que para ella lo decían todo.

Porque, a veces, el amor no llega haciendo ruido.

A veces llega en forma de un caramelo, un desayuno, una nota escrita a mano o un beso que cuesta terminar.

Y, cuando uno se da cuenta, esa persona ya se ha convertido en una parte hermosa e irremplazable de sus días.



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En el texto hay: amor risas romance accidentado

Editado: 26.10.2026

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