Atravez del Espejo

Nicolás,Q paso?

A TRAVÉS DEL ESPEJO

Tonya.g

Capítulo 27: El día que Nicolás desapareció

Habían pasado seis meses desde aquella primera cita.

Seis meses de amor, de detalles pequeños que significaban muchísimo, de mensajes que comenzaban con un buen día, sonrisa linda y terminaban con un que descanses, al chico más atento que conocí.

Seis meses de encuentros, de besos que costaba terminar, de abrazos que siempre duraban un poquito más y de despedidas en las que ninguno quería ser el primero en soltar al otro.

Clara se había acostumbrado a Nicolás.

A sus mensajes por la mañana, a sus ocurrencias, a sus sorpresas inesperadas. Se había acostumbrado a saber que, en algún momento del día, él iba a encontrar una manera de hacerla sonreír. A recibir ese pequeño detalle que le recordaba que la tenía presente, incluso cuando no estaban juntos.

Y, sobre todo, se había acostumbrado a quererlo.

Lo quería de una manera que ya no podía disimular ni siquiera ante sí misma. Nicolás se había convertido en parte de sus días, de sus pensamientos, de sus planes y de esas pequeñas ilusiones que uno empieza a construir casi sin darse cuenta.

Ella no sabía qué nombre ponerle al futuro que imaginaba con él. No se atrevía a adelantarse demasiado, pero, en el fondo, había empezado a creer que aquella historia podía durar.

Que lo suyo no era algo pasajero.

Que después de tanto buscarse, de tantas miradas a través de un espejo y de tantas noches deseando que el tiempo no terminara, quizás la vida les estaba dando la oportunidad de ser felices juntos.

Por eso, aquella mañana, Clara se despertó como cualquier otra.

Miró el celular esperando encontrar el mensaje de siempre.

Pero no había nada.

Se quedó mirando la pantalla unos segundos, todavía adormecida.

Debe estar ocupado, pensó.

No le dio demasiada importancia. Se levantó, se preparó para comenzar el día y siguió con sus cosas. Seguramente Nicolás escribiría más tarde, como había hecho tantas otras veces.

Pero esa mañana no llegó ningún mensaje.

Y Clara todavía no sabía que ese silencio era apenas el comienzo.

A la mañana siguiente, se levantó y volvió a mirar el celular.

Nada.

Esta vez sintió una pequeña inquietud. No era propio de Nicolás pasar tanto tiempo sin escribirle. Siempre encontraba un momento para saludarla, aunque tuviera un día complicado.

Abrió la conversación.

Leyó los últimos mensajes, sonrió al recordar algo que él le había dicho y escribió:

Clara: Buen día, Nico. ¿Cómo estás? ¿Todo bien?

Envió el mensaje y dejó el celular a un lado.

Pasó un rato.

Lo revisó otra vez.

Nada.

Ni una respuesta, ni una llamada, ni siquiera esas dos palabras que tantas veces le habían alegrado las mañanas.

Buen día, sonrisa linda.

Qué extraño podía sentirse un día cuando faltaba algo a lo que una se había acostumbrado tanto.

Clara intentó seguir con su rutina. No quería hacerse la cabeza por unas horas de silencio. Nicolás tendría sus motivos, estaría ocupado o quizás habría tenido algún inconveniente.

Buscó explicaciones sencillas porque todavía no estaba preparada para pensar en algo diferente.

Porque cuando uno ama, a veces intenta justificar hasta aquello que empieza a doler.

Llegó el día de volver a verlo.

Clara salió de su casa y caminó hasta la parada de siempre. Llevaba consigo esa mezcla de preocupación y ganas de encontrárselo que había empezado a sentir desde que él dejó de contestar.

Se dijo que, apenas lo viera, todo volvería a estar bien.

Tal vez había tenido problemas con el celular. Quizás había ocurrido algo en el trabajo. Ella podría preguntarle qué había pasado y después se reirían de la preocupación que se había hecho.

El colectivo apareció a lo lejos.

Clara levantó la mirada.

Por un instante, su corazón se aceleró.

Era ese colectivo. El mismo recorrido, la misma parada, el mismo horario.

Pero cuando se detuvo frente a ella y se abrieron las puertas, la sonrisa que estaba empezando a formarse en su rostro desapareció.

No era Nicolás.

Había otro conductor detrás del volante.

Clara se quedó quieta apenas un segundo, como si su mente necesitara tiempo para comprender lo que estaba viendo.

Subió, pagó el boleto y se sentó.

Miró hacia adelante una vez más.

No. Definitivamente no era él.

Sintió una molestia extraña en el pecho, una mezcla de decepción y preocupación que intentó apartar enseguida.

Quizás le cambiaron el turno.

Sí, tenía que ser eso.

Se aferró a esa posibilidad durante todo el viaje. Se dijo que al día siguiente seguramente volvería a verlo, que podría preguntarle qué había pasado y que todo se acomodaría.

Pero al día siguiente tampoco estaba.

Ni al otro.

Pasaron los días y Nicolás seguía sin aparecer.

Y sus mensajes continuaban sin respuesta.

Clara empezó a sentir algo que no quería reconocer: miedo.

No sabía qué estaba pasando. No sabía si él estaba bien, si había tenido un problema o si simplemente necesitaba estar solo. No sabía absolutamente nada.

Y lo peor era que no tenía manera de entenderlo.

Porque Nicolás no era alguien que hubiera desaparecido después de una discusión. No se habían peleado. No habían tenido una conversación difícil. No había ocurrido nada que pudiera explicarle aquel silencio.

La última vez que se habían visto, él la había abrazado, la había besado y le había sonreído de esa manera que la hacía sentir tan querida.

Se habían despedido con la promesa de volver a verse.

¿Entonces qué había pasado?

Una tarde, después de revisar el celular por enésima vez, Clara decidió llamarlo.

Escuchó el tono de llamada con el corazón acelerado.

Uno.

Dos.

Tres.

Esperó.



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En el texto hay: amor risas romance accidentado

Editado: 26.10.2026

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