Tonya.g
Capítulo 28: La noche que se quedó en su almaClara cerró los ojos y, por un instante, dejó de estar en aquella habitación donde el silencio le recordaba la ausencia de Nicolás.
Su mente la llevó a otra noche. Una de esas noches frías en las que una llovizna suave acariciaba las calles y el aire parecía invitar a quedarse cerca de alguien.
Y entonces lo recordó.
Recordó aquella noche en la que Nicolás había pasado a buscarla.
No era una salida cualquiera. Los dos sabían que esa noche iba a ser diferente, que estaban a punto de compartir algo que iba mucho más allá de los besos y las caricias que ya se habían regalado.
Clara se había preparado con una ilusión que le costaba explicar. Era una mujer adulta, sabía lo que quería y entendía perfectamente lo que estaban por vivir. Sin embargo, por dentro se sentía como una adolescente enamorada, con mariposas en el estómago, las manos inquietas y el corazón latiendo demasiado rápido.
Quería estar hermosa para él. Quería que aquella noche fuera especial, no porque necesitara demostrarle nada, sino porque Nicolás ya ocupaba un lugar enorme en su corazón.
Cuando escuchó que había llegado, respiró hondo y salió.
Él la esperaba junto al auto.
Al verla, sonrió de esa manera que Clara conocía tan bien. Ella se acercó con una mezcla de nervios y deseo, intentando disimular todo lo que le pasaba por dentro.
Nicolás le abrió la puerta.
Clara bajó y, antes de subir, lo miró con una sonrisa tímida.
—Gracias.
Él se acercó un poquito y le respondió con esa voz que a ella le despertaba tantas cosas.
—De nada, mi bonita.
Aquellas dos palabras le llegaron directo al corazón.
Mi bonita.
No sabía cómo lo hacía, pero Nicolás tenía esa capacidad de hacerla sentir especial con gestos tan sencillos que después se le quedaban dando vueltas en la cabeza durante horas.
Subieron al auto y emprendieron el camino.
La lluvia apenas mojaba el parabrisas y las luces de la ciudad se reflejaban sobre el asfalto. Clara miraba por la ventana de vez en cuando, pero sus pensamientos volvían una y otra vez a él.
Nicolás conducía tranquilo, aunque por dentro también sentía los nervios. Quería que todo saliera bien. Quería que ella disfrutara, que se sintiera cómoda, que supiera que aquella noche no era algo que él se tomara a la ligera.
Cuando llegaron, Clara levantó la mirada y descubrió el lugar.
Parecía un castillo.
Tenía ese aire de fantasía que hacía que uno sintiera que estaba entrando en un mundo aparte, lejos de las preocupaciones y de todo lo que quedaba afuera.
Nicolás volvió a abrirle la puerta y ella bajó del auto. Se miraron unos segundos, compartiendo una sonrisa cómplice. No necesitaban hablar demasiado: los dos sabían por qué estaban ahí.
Caminaron juntos hasta la recepción.
La chica que los atendió les entregó las llaves y, con una sonrisa amable, les dijo:
—Que lo disfruten.
Clara bajó la mirada, un poco avergonzada, mientras Nicolás sonreía con naturalidad.
Tomaron el camino hacia la habitación.
Y justo antes de entrar, él se detuvo.
—Pará un poquito, mi bonita.
Clara lo miró, intrigada.
—¿Qué pasa?
—Confía en mí.
Nicolás se colocó detrás de ella y le cubrió suavemente los ojos con las manos. Clara soltó una pequeña risa nerviosa.
—Nico, ¿qué estás haciendo?
—Ya vas a ver. Esperá.
Escuchó el sonido de la llave, el movimiento de la puerta y después unos pasos.
Nicolás la guio con cuidado hacia el interior. Cuando estuvieron dentro, se colocó frente a ella y le habló bajito:
—Ahora sí, mi bonita. Abrí los ojos.
Clara los abrió.
Y se quedó sin palabras.
La habitación estaba llena de pétalos, distribuidos con delicadeza, y pequeñas velas iluminaban el ambiente con una luz cálida y tenue. En el aire flotaba una mezcla de aromas suaves y envolventes que hacían que todo se sintiera íntimo, tranquilo, especial.
Por unos segundos, Clara no pudo hacer otra cosa que mirar.
No podía creer lo que tenía delante.
Nicolás había pensado en cada detalle. Había querido sorprenderla, regalarle una noche que no se pareciera a ninguna otra y hacerla sentir tan especial como él la veía.
Ella se llevó una mano al pecho, emocionada.
Después se dio vuelta hacia él y, sin poder contener lo que sentía, se le tiró a los brazos.
Lo abrazó fuerte y lo besó.
—Gracias, Nico… Gracias por todo esto —le susurró, con la voz llena de emoción.
Él la recibió entre sus brazos y la sostuvo por la cintura. La miró a los ojos, sonrió y se acercó a besarla.
Fue un beso diferente.
No porque fuera el primero, sino porque llevaba consigo todo lo que habían construido hasta ese momento. Las miradas, las conversaciones, los pequeños detalles, las ganas de verse y aquellas despedidas que siempre les costaban demasiado.
Era un beso que parecía tocarles el alma.
Clara respondió con la misma ternura. Se acercó a él y dejó que sus manos encontraran su lugar sobre sus hombros, mientras el mundo parecía desaparecer alrededor.
Nicolás se apartó apenas, lo suficiente para mirarla.
Sus ojos tenían una expresión que Clara nunca olvidaría: deseo, sí, pero también cariño, respeto y una ternura profunda.
Entonces, con aquella voz suya, entre seductora y dulce, le preguntó:
—¿Estás lista, mi bonita?
Clara lo miró.
Ya no era solamente la mujer nerviosa que había bajado del auto unos minutos antes. Frente a ella estaba el hombre al que había aprendido a querer, el que la hacía reír, el que recordaba sus gustos y encontraba maneras de sorprenderla incluso en los días más comunes.
Estaba el hombre con quien quería compartir ese momento.
Y, aunque el corazón le latía con fuerza, Clara sonrió.
—Sí, Nico.