Tonya.g
Capítulo 29: Decime dónde estás, NicoClara volvió a la realidad de golpe.
El recuerdo se desvaneció lentamente, pero las emociones permanecieron. Todavía podía sentir el calor de aquellos abrazos, recordar la voz de Nicolás llamándola mi bonita y revivir la ternura con la que la había mirado aquella noche.
Pero cuando abrió los ojos, no había nadie.
Nicolás no estaba.
No estaba en su casa, ni esperándola en la parada, ni detrás del volante de aquel colectivo que tantas veces la había llevado de vuelta a casa. No estaba en sus mensajes, ni en sus llamadas, ni en ninguna parte donde ella pudiera encontrarlo.
Había desaparecido de su vida sin dejarle una explicación.
Y Clara no sabía qué hacer con todo ese amor que todavía llevaba dentro.
Agarró el celular con las manos temblorosas y abrió nuevamente la conversación. Su nombre seguía ahí, junto a las palabras que tantas veces le habían provocado sonrisas.
Deslizó el dedo por la pantalla y volvió a leer sus mensajes.
Buen día, sonrisa linda.
Que descanses, mi bonita.
Espero que disfrutes el chocolate.
Sonrió apenas al recordarlos, pero la sonrisa se le deshizo enseguida.
¿Cómo podía alguien que había formado parte de cada uno de sus días convertirse de repente en una ausencia tan inmensa?
Clara presionó el botón de llamada.
Se llevó el teléfono al oído y esperó.
Una vez más, la llamada fue directamente al buzón de voz.
Cortó.
Volvió a intentarlo.
Lo mismo.
Se quedó mirando la pantalla, como si insistiendo una vez más pudiera cambiar algo, como si el teléfono fuera a sonar de pronto y del otro lado apareciera esa voz que tanto extrañaba.
Pero no pasó nada.
—Dale, Nico… —susurró—. Atendeme, por favor.
Le temblaban los labios.
No entendía.
No habían discutido. No se habían dicho cosas hirientes. No había existido una despedida ni una conversación que pudiera explicar lo que estaba sucediendo.
La última vez que habían estado juntos, él la había abrazado, la había besado y le había hecho sentir que era alguien importante en su vida.
Entonces, ¿qué había cambiado?
¿Qué había pasado entre aquella última sonrisa y el silencio que ahora parecía no tener fin?
Clara empezó a repasar cada momento de la relación, buscando algo que quizás no había visto. Alguna palabra equivocada, algún gesto, alguna señal que pudiera darle una pista.
¿Había hecho algo mal?
¿Lo había lastimado sin darse cuenta?
¿Se había enamorado demasiado rápido?
¿Le había demostrado demasiado lo que sentía?
Las preguntas se amontonaban en su cabeza, pero ninguna tenía respuesta.
Y eso era lo que más la destruía.
Porque cuando alguien se va después de una discusión, al menos una puede intentar comprender qué pasó. Pero cuando alguien desaparece sin decir una palabra, la mente empieza a inventar explicaciones, y el corazón termina creyendo que quizás toda la culpa fue suya.
Clara se secó las lágrimas.
—Si hice algo, decímelo… —murmuró, mirando el teléfono—. Pero no me dejes así, Nico. No me hagas esto.
El celular permaneció en silencio.
Los días pasaban y ella seguía sin saber nada.
A veces se despertaba con la esperanza de encontrar un mensaje suyo. Otras, durante algún momento del trabajo, creía escuchar el sonido de una notificación y agarraba el teléfono enseguida.
Pero nunca era él.
Y cada vez que comprobaba que no había nada, sentía que volvía a perderlo.
Era extraño cómo podía extrañarse tanto a alguien que todavía estaba vivo en todos los recuerdos.
Clara lo encontraba en las pequeñas cosas.
En los chocolates que veía en un negocio y que le recordaban a los que él le regalaba.
En las mañanas, cuando su mano buscaba el celular esperando el saludo de siempre.
En las calles por donde habían pasado juntos.
En las canciones que ahora le dolían porque le traían su imagen.
Y, sobre todo, en aquella parada.
Seguía subiendo al colectivo, pero ya no miraba el espejo con la ilusión de encontrarse con sus ojos. Ahora lo hacía por costumbre, como si una parte de ella todavía se negara a aceptar que Nicolás ya no estaba.
A veces imaginaba que el colectivo se detenía, que las puertas se abrían y que él aparecía frente a ella.
Que la miraba con esa sonrisa suya y le decía:
—Buen día, mi bonita.
Y ella corría a abrazarlo.
No le preguntaría nada en ese primer instante. No le reclamaría por los días de silencio ni por las noches que había pasado llorando. Solo lo abrazaría fuerte, como si quisiera recuperar en unos segundos todo el tiempo que habían perdido.
Pero el colectivo seguía su recorrido.
Y Nicolás nunca aparecía.
Una noche, Clara se sentó en la cama con el celular entre las manos.
Había intentado mantenerse ocupada durante todo el día, pero al llegar a casa, cuando ya no tenía nada que la distrajera, los pensamientos volvían con más fuerza.
Abrió la conversación.
Escribió un mensaje.
Lo borró.
Volvió a escribirlo, esta vez sin preocuparse por si sonaba demasiado triste, demasiado desesperado o demasiado enamorado.
Porque estaba cansada de fingir que podía soportar aquella incertidumbre.
Clara:
Nico, no sé si vas a leer esto alguna vez. No sé dónde estás, ni qué pasó, ni por qué dejaste de hablarme.
Te llamé tantas veces que ya perdí la cuenta. Cada vez que el teléfono me manda al buzón, siento que me quedo un poquito más lejos de vos, y no sé cómo hacer para encontrarte.
No entiendo qué hice mal. Si te lastimé, si te molestó algo de mí, si pasó algo que no supe ver… decímelo, por favor.
No quiero pelear con vos. No quiero reclamarte nada. Solo quiero saber que estás bien.