Tonya.g
Capítulo 30: El último día de nuestra rutinaNunca imaginé que un día tan común pudiera convertirse en uno de esos recuerdos que, con el tiempo, pesan más de lo que uno puede soportar.
Pero esa mañana, para mí, todo era como siempre.
Me desperté, desayuné, me bañé y me preparé para ir a trabajar. Era una rutina que conocía de memoria, aunque desde que Clara había aparecido en mi vida, hasta las cosas más simples tenían algo diferente.
Ella se había convertido en una parte de mis días sin que yo me diera cuenta. En mis mañanas, en mis pensamientos y en esa sonrisa que se me escapaba cada vez que veía su nombre aparecer en la pantalla del celular.
Antes de salir, agarré el teléfono y le escribí el mensaje de todas las mañanas, ese pequeño detalle que ya se había vuelto nuestro.
Hola, mi bonita. Te veo en un rato. Que tengas un hermoso día.
Dejé el celular a un lado y me fui a trabajar con una sonrisa. No necesitaba grandes cosas para sentirme bien. Me alcanzaba con saber que, en unas horas, iba a verla subir al colectivo, escuchar su voz y encontrarme con esa sonrisa que tanto me gustaba.
Llegué, revisé todo y puse en marcha el colectivo. Comencé el recorrido como cualquier otro día. Las mismas calles, las mismas paradas, la gente subiendo y bajando, los saludos de siempre.
Todo normal.
Hasta que me fui acercando a la parada donde sabía que ella iba a subir.
Entonces, como hacía tantas otras veces, preparé una pequeña sorpresa: una nota y su chocolate preferido. Me gustaba verla emocionarse con esas cosas. No necesitaba que fueran regalos grandes ni especiales para el resto del mundo. Me alcanzaba con que fueran especiales para ella.
Y ahí estaba.
Clara subió con esa sonrisa que parecía iluminarme la mañana entera. Se acercó y me saludó con una dulzura que todavía conseguía ponerme nervioso.
—Buen día, sonrisa mía.
No pude evitarlo. Sonreí, apenas, de esa manera sutil que me salía cuando algo me hacía feliz de verdad.
Estiré la mano y le entregué la nota junto con el chocolate.
Ella los recibió y su sonrisa se hizo todavía más grande. La vi emocionarse, como si aquel pequeño gesto le hubiera regalado algo mucho más importante que un chocolate.
Y quizás, para nosotros, así era.
No necesitábamos decirnos demasiado. Habíamos aprendido a reconocernos en los detalles, en las miradas, en las palabras pequeñas y en esas demostraciones de cariño que se habían convertido en nuestro lenguaje.
Clara caminó hasta su asiento. Sabía perfectamente dónde sentarse para que yo pudiera verla por el espejo cuando tuviera la oportunidad. Y yo, aunque intentaba concentrarme en mi trabajo, no podía evitar buscarla con la mirada cada vez que era seguro hacerlo.
Ella estaba ahí, y eso me bastaba.
El viaje continuó con normalidad. Los pasajeros subían, otros bajaban y la ciudad seguía su ritmo acelerado, sin saber que, para mí, había alguien que hacía que cada recorrido fuera distinto.
Cuando llegó su parada, Clara se levantó para ir a trabajar. Se despidió y bajó del colectivo, llevándose consigo el chocolate, la nota y, sin saberlo, una parte de mi atención que se quedaba con ella mucho después de que desapareciera de mi vista.
Seguí mi recorrido.
Ella siguió con su día.
Y nosotros seguimos hablando por mensajes de vez en cuando, como lo hacíamos siempre. Alguna palabra cariñosa, alguna pregunta sobre cómo venía el día, algún detalle pequeño que nos hacía sentir cerca incluso cuando estábamos ocupados.
No pasó nada extraordinario.
No hubo una despedida diferente, ni una conversación que me hiciera pensar que algo estaba por cambiar. No hubo una señal que pudiera reconocer después y decirme que tendría que haber prestado más atención.
Era un día más con Clara.
Uno de esos días que uno cree que va a repetir cientos de veces.
Y yo no sabía que, cuando llegara la mañana siguiente, aquella normalidad que tanto disfrutaba ya no estaría ahí.
Porque a veces uno no sabe cuándo está viviendo por última vez algo que ama.
Y si lo hubiera sabido, quizás habría mirado un poco más esa sonrisa, habría prolongado un segundo más aquella despedida o habría encontrado alguna forma de decirle cuánto significaba para mí tenerla en mi vida.
Pero no lo sabía.
Ese día, yo todavía era el hombre que le mandaba mensajes por la mañana, que le guardaba su chocolate preferido y que esperaba verla subir al colectivo.
Todavía era Nicolás, el que tenía a Clara en sus días y creía que al día siguiente volvería a encontrarla detrás de la misma rutina.
Todavía no sabía que estaba a punto de perderla de la única manera en que nunca habría querido hacerlo: sin poder explicarle nada.