Tonya.g
Capítulo 31: El hombre que no recordabaNunca imaginé que la vida pudiera cambiar tanto en una sola noche.
Esa mañana había despertado como cualquier otra. Había desayunado, me había preparado para ir a trabajar y le había escrito a Clara, como hacía todos los días.
Hola, mi bonita. Te veo en un rato. Que tengas un hermoso día.
Todavía podía recordar su sonrisa cuando subió al colectivo, la manera en que me saludó y esa emoción tan suya al recibir el chocolate y la nota que le había preparado.
Había sido un día normal. Uno más de tantos que compartíamos, aunque fuera a través de pequeños mensajes y momentos robados a nuestras rutinas.
No sabía que esa sería la última vez que la vería durante mucho tiempo.
Cuando terminé mi jornada laboral, estaba cansado. Solo quería volver a casa, descansar y, como siempre, encontrar algún mensaje de Clara en mi celular. Quizás contarle alguna tontería que me hubiera pasado durante el día, preguntarle cómo estaba o simplemente recordarle que pensaba en ella.
Cosas pequeñas.
Cosas que uno hace sin imaginar que algún día puede llegar a extrañarlas más que a cualquier otra cosa.
Salí a la calle y empecé el camino de regreso.
No recuerdo con exactitud en qué momento todo cambió.
Hay fragmentos, imágenes sueltas, sensaciones que no sé si pertenecen a recuerdos verdaderos o si mi mente intentó reconstruir lo que pasó después.
Recuerdo una calle oscura.
Unos pasos.
Una presencia demasiado cerca.
Después, voces. Un movimiento brusco. La sensación de que algo estaba mal.
Intenté reaccionar, defenderme, entender qué estaba pasando. Todo ocurrió demasiado rápido.
Sentí un golpe fuerte en la cabeza.
Y después, nada.
No hubo pensamientos, ni palabras, ni tiempo.
Solo oscuridad.
No sé cuánto tiempo permanecí así.
Para mí, no existieron los días ni las noches. No hubo mañanas, relojes ni calendarios. No escuché el ruido de la ciudad ni sentí el paso de las horas.
Mi vida continuaba en algún lugar, pero yo no estaba ahí para vivirla.
Mientras tanto, en otra parte de Buenos Aires, había alguien que me esperaba.
Alguien a quien yo le había prometido, sin decirlo con esas palabras, que al día siguiente volvería a estar ahí.
Alguien que seguramente miraba el celular preguntándose por qué no le contestaba.
Pero yo no podía responderle.
No sabía que me estaba esperando.
Ni siquiera sabía que estaba perdiendo algo que, hasta entonces, había sido una de las partes más lindas de mi vida.
Lo primero que sentí fue dolor.
Un dolor profundo, difícil de ubicar, como si mi cuerpo pesara demasiado y mi cabeza no me perteneciera.
Después llegaron los sonidos.
Un pitido constante. Voces lejanas. Pasos. Algo que se movía cerca de mí.
Intenté abrir los ojos, pero los párpados me pesaban. La luz me molestaba incluso antes de conseguir ver con claridad.
Quise moverme y sentí que no tenía fuerzas.
—¿Nicolás? ¿Me escuchás?
No reconocí la voz.
O tal vez sí, pero mi cabeza no conseguía encontrar su lugar entre todos aquellos sonidos.
Hice un esfuerzo por abrir los ojos.
El techo blanco fue lo primero que vi. Después, unas luces demasiado brillantes y una figura que se acercaba a mí.
Intenté hablar, pero apenas conseguí emitir un sonido.
—Tranquilo, Nicolás. Estás en el hospital. No te esfuerces.
¿En el hospital?
¿Por qué estaba en un hospital?
Quise incorporarme, pero una mano me detuvo con suavidad.
—Despacio. Necesitás descansar.
Cerré los ojos un instante. Me dolía la cabeza y sentía el cuerpo débil, como si hubiera pasado una eternidad desde la última vez que había estado de pie.
Cuando volví a mirar, había más de una persona a mi alrededor.
Alguien parecía estar llorando.
—Gracias a Dios… —escuché decir a una voz quebrada.
No entendía nada.
Miré a mi alrededor buscando alguna explicación, algún detalle que me permitiera comprender qué estaba pasando. Pero todo era desconocido, confuso, ajeno.
—¿Qué me pasó? —conseguí preguntar.
La persona que estaba a mi lado me miró con una mezcla de alivio y preocupación.
—Tuviste un accidente… Te encontraron herido y te trajeron acá.
Quise preguntar más, pero me faltaban fuerzas hasta para ordenar mis propios pensamientos.
—¿Cuánto tiempo estuve acá?
Hubo un silencio breve.
Un silencio que me inquietó más que cualquier respuesta.
—Un mes y medio, Nicolás.
Un mes y medio.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Intenté comprenderlas, pero no pude. ¿Cómo podía haber pasado tanto tiempo? ¿Qué había ocurrido durante todos esos días? ¿Qué había hecho? ¿A quién había visto? ¿Qué cosas me había perdido?
Busqué respuestas dentro de mi cabeza.
Encontré mi nombre. Mi familia. Mi trabajo. Recuerdos de mi vida, de las calles que conocía, de los colectivos que había conducido durante años.
Pero había espacios vacíos.
Momentos que no conseguía recuperar. Imágenes que parecían cortarse de repente. Una sensación extraña de estar buscando algo sin saber qué era.
—Necesito mi celular —dije de pronto.
No sabía por qué lo había pedido con tanta urgencia. Solo sentí que lo necesitaba.
La persona a mi lado bajó la mirada.
—No lo tenemos. Cuando te encontraron, no estaba entre tus pertenencias.
Mi celular.
Intenté recordar cuándo lo había visto por última vez.
Nada.
Quise reconstruir aquella noche, pero mi mente parecía cerrarse cada vez que intentaba acercarme a ese recuerdo.
Me invadió una angustia que no supe explicar.
No era solamente por el teléfono. Había algo más, algo que no lograba alcanzar.
Una sensación de que había dejado algo pendiente.