Tonya.g
Capítulo 32: Un nombre que hizo temblar mi mundoHabían pasado algunos días desde que desperté y, de a poco, empezaba a sentirme mejor.
Todavía tenía molestias, me cansaba con facilidad y había momentos en los que mi propia cabeza parecía jugarme en contra. Quería recordar, quería entender qué me había pasado y recuperar esa parte de mi vida que sentía perdida, pero no podía obligar a mi memoria a darme respuestas.
Mi mamá no se despegaba de mi lado.
Estaba pendiente de cada movimiento que hacía, de si había comido, de si me dolía algo o si necesitaba ayuda. A veces me miraba en silencio, como si todavía no pudiera creer que me tuviera otra vez frente a ella, despierto, hablándole y respondiéndole.
Mis hermanos y mis hermanas también venían a verme. Con ellos todo era diferente. Los recordaba perfectamente. Sabía quiénes eran, recordaba nuestras historias, las cosas que habíamos vivido juntos y hasta esas pequeñas anécdotas familiares que siempre terminaban haciéndonos reír.
Mi vida anterior seguía ahí.
Mi familia, mis recuerdos, mi historia.
Pero había algo que no encajaba.
Un vacío que no sabía explicar.
A veces me quedaba mirando por la ventana y sentía que tenía que estar haciendo algo, que había alguien a quien debía llamar o algún mensaje que tenía pendiente responder. Otras veces me invadía una tristeza inexplicable, una especie de nostalgia por algo que no conseguía identificar.
No sabía si era consecuencia del golpe, del tiempo que había permanecido inconsciente o de todo lo que todavía me faltaba recuperar.
Solo sabía que no me sentía completo.
Los médicos decían que estaba evolucionando bien. Si todo seguía así, pronto podría volver a casa, aunque tendría que continuar con los controles, realizarme estudios y cuidarme mucho.
Yo quería salir de aquel hospital. Necesitaba volver a mi vida, recuperar mis rutinas y sentir que podía hacer algo más que permanecer acostado intentando recordar.
Y finalmente, ese día llegó.
Estaba en la habitación con mi mamá cuando aparecieron algunos de mis compañeros de trabajo para pasar un rato conmigo.
Me alegró verlos. Hacía tiempo que no compartía una charla normal con ellos, de esas en las que uno habla de cualquier cosa, se ríe de alguna pavada y por un momento se olvida de los problemas.
Me preguntaron cómo me sentía, cómo iba la recuperación y cuándo pensaba volver a trabajar. Yo les respondía como podía, todavía un poco frustrado por no tener todas las respuestas, pero agradecido de que se hubieran acercado.
Entre ellos estaba Darío, uno de mis compañeros. Nos conocíamos desde hacía tiempo y siempre habíamos tenido una buena relación.
Estábamos conversando cuando, de pronto, me miró como si acabara de acordarse de algo.
—Che, Nico… ¿y Clara? No la vi. Pensé que estaría acá.
No sé cómo explicar lo que me pasó en ese instante.
Fue como si alguien hubiera detenido el tiempo.
Las voces desaparecieron. La conversación dejó de existir. Durante unos segundos, todo lo que pude escuchar fue el latido acelerado de mi propio corazón.
Clara.
Apenas Darío pronunció ese nombre, mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.
Sentí un vuelco en el pecho, una agitación extraña, como si acabaran de nombrar algo que para mí era mucho más importante de lo que podía comprender.
Me quedé mirándolo.
—¿Clara? —repetí.
Darío frunció el ceño, sorprendido por mi reacción.
—Sí, Clara. ¿Qué pasa? ¿No te acordás?
Intenté buscar algo en mi memoria.
Cualquier cosa.
Un rostro, una voz, una conversación, una imagen que me permitiera entender por qué aquel nombre acababa de provocarme semejante sensación.
Pero no encontré nada.
Nada concreto.
Era como estar frente a una puerta cerrada, sabiendo que detrás había algo importante, pero sin tener la llave para abrirla.
—¿Quién es Clara? —pregunté finalmente.
Darío me miró con una expresión que no supe interpretar. Por un instante pareció dudar, como si estuviera tratando de decidir qué decirme.
Yo seguía esperando una respuesta.
Y, aunque no podía explicar por qué, sentía una necesidad desesperada de escucharla.
—Nico, ¿cómo que quién es Clara? —me dijo—. ¿En serio no te acordás?
Negué despacio con la cabeza.
Me sentía ridículo, confundido, casi desesperado. Todos esperaban que recordara algo que para mí no existía, y yo no sabía cómo explicarles que aquel nombre acababa de sacudir algo dentro de mí sin traerme ni un solo recuerdo.
Clara.
Volví a repetirlo mentalmente.
Clara.
No conocía su rostro. No podía escuchar su voz en mi cabeza. No sabía qué relación tenía conmigo.
Sin embargo, mi corazón seguía latiendo como si acabara de recibir una noticia capaz de cambiarlo todo.
¿Por qué?
¿Qué tenía ese nombre?
¿Quién era esa mujer para mí?
Antes de que pudiera volver a preguntarle a Darío, entraron los médicos para explicarme los últimos detalles antes de darme el alta.
Me dijeron que podía irme a casa, que los estudios realizados permitían continuar la recuperación fuera del hospital, pero que debía seguir con los controles médicos, cumplir las indicaciones y cuidarme mucho. Todavía necesitaba tiempo, paciencia y seguimiento para saber cómo evolucionarían aquellas lagunas de memoria.
Mi mamá escuchaba cada indicación con atención, preguntando lo que necesitaba saber para asegurarse de que todo estuviera bien.
Yo asentía, intentaba concentrarme y respondía cuando me preguntaban algo.
Pero mi cabeza ya no estaba del todo ahí.
Una y otra vez, volvía al mismo punto.
Clara.
Cuando los médicos terminaron, mis compañeros comenzaron a despedirse. Darío fue uno de los últimos en acercarse.
—Después hablamos, Nico. Cualquier cosa, avisame.