Tonya.g
Capítulo 33: Dos meses sin vosHabían pasado dos meses desde la última vez que Clara había visto a Nicolás.
Dos meses sin sus mensajes de buenos días, sin sus palabras dulces, sin sus sorpresas y sin aquella sonrisa que conseguía cambiarle el humor incluso en los días más difíciles.
Sesenta días sin saber nada del hombre que, poco a poco, se había convertido en una de las personas más importantes de su vida.
Y Clara seguía ahí, intentando entender cómo se suponía que debía continuar cuando una parte de ella parecía haberse quedado detenida en el último día que compartieron.
Su vida había empezado a convertirse en una rutina vacía.
Del trabajo a casa. De casa al trabajo. Preparar sus cosas, cumplir con sus obligaciones, responder cuando alguien le hablaba y sonreír cuando sentía que debía hacerlo.
Después, volver a empezar.
Los días pasaban uno detrás de otro, casi idénticos, como si viviera en automático. Se levantaba, se preparaba, salía y hacía lo que tenía que hacer. No porque tuviera ganas, sino porque la vida no se detenía para darle tiempo a comprender lo que le estaba pasando.
Desde afuera, quizás nadie habría notado demasiado la diferencia. Clara seguía siendo Clara, la mujer que siempre encontraba algo bueno en las personas, la que se reía con facilidad y trataba de ponerle alegría a las cosas más simples.
Pero por dentro estaba apagada.
No había dejado de vivir. Seguía haciendo todo lo que hacía antes.
Simplemente, había perdido las ganas de disfrutarlo.
Cada mañana, cuando llegaba a la parada y subía al colectivo, una parte de ella seguía esperando encontrarlo.
Ya sabía que probablemente no estaría. Habían pasado demasiados días, demasiadas semanas. Había intentado convencerse de que tenía que dejar de buscarlo, de que no podía continuar esperando a alguien que no daba señales de querer volver.
Sin embargo, apenas subía, sus ojos recorrían el lugar casi por instinto.
Y cuando veía a otro chofer, sentía esa pequeña decepción que ya conocía demasiado bien.
A veces pensaba en preguntarle.
Quizás alguno de sus compañeros sabía algo. Tal vez alguien podía decirle si Nicolás seguía trabajando, si le habían cambiado el recorrido o si había pasado algo que ella desconocía.
Había imaginado tantas veces esa conversación que hasta sabía cómo empezaría.
Disculpá, ¿vos conocés a Nicolás? El chofer que trabajaba en este recorrido…
Pero nunca se animaba.
La vergüenza la frenaba. El miedo a lo que pudieran pensar, a que alguien hiciera una pregunta incómoda o a que descubrieran cuánto le importaba ese hombre que llevaba dos meses sin comunicarse con ella.
¿Qué iba a decir si le preguntaban quién era Nicolás para ella?
¿Que era el hombre que amaba?
¿Que había empezado a imaginar un futuro a su lado?
¿Que todavía esperaba un mensaje suyo cada mañana, aunque cada día que pasaba le doliera un poco más?
No sabía cómo explicar una historia que ni siquiera había tenido la oportunidad de terminar.
Así que se quedaba callada.
Pagaba el boleto, caminaba hasta su asiento y miraba por la ventana mientras la ciudad seguía su curso.
Pero, de vez en cuando, sus ojos volvían al espejo retrovisor.
Y durante una fracción de segundo imaginaba que era él quien estaba al volante.
Que iba a mirarla, que iba a reconocerla y que le iba a regalar esa sonrisa sutil que tantas veces había conseguido ponerla nerviosa.
Entonces la realidad volvía a imponerse.
Y Clara seguía viaje con un nudo en la garganta.
Lo que más le dolía era que no necesitaba grandes explicaciones.
No necesitaba regalos, promesas ni que Nicolás le jurara amor eterno.
No necesitaba que volviera a sorprenderla con rosas azules ni que la llevara a otro lugar mágico.
En ese momento, Clara habría dado cualquier cosa por algo mucho más sencillo.
Verlo.
Aunque fuera de lejos.
Escuchar su voz una vez más. Reconocer su manera de hablar, su risa, ese tono que había aprendido a distinguir entre todos los demás.
Quería volver a sentirlo cerca, percibir su perfume cuando se acercaba, mirarlo a los ojos y comprobar que estaba bien.
Eso era todo.
Saber que no le había pasado nada.
Saber que seguía en algún lugar, viviendo su vida, aunque ya no quisiera compartirla con ella.
Porque incluso esa posibilidad, por dolorosa que fuera, le parecía menos insoportable que no saber absolutamente nada.
Había noches en las que intentaba convencerse de que Nicolás simplemente había decidido alejarse. Que quizás se había arrepentido, que se había asustado de lo que estaban construyendo o que había encontrado una razón para seguir adelante sin ella.
Pero entonces recordaba sus gestos, sus palabras y la forma en que la había mirado aquella noche de su primera cita.
Recordaba cómo la había abrazado, cómo la había besado y cómo, durante aquellos meses, había conseguido hacerla sentir querida sin necesidad de decir demasiado.
Y volvía a preguntarse cómo podía alguien pasar de hacerte sentir tan especial a convertirse en un completo desconocido.
No encontraba respuestas.
Solo encontraba más preguntas.
Y cada pregunta le dolía un poco más.
Sus amigas fueron las primeras en darse cuenta de que algo no estaba bien.
Al principio habían intentado darle espacio, pensando que Clara necesitaba tiempo para atravesar lo que fuera que estuviera viviendo. Pero con las semanas empezaron a preocuparse de verdad.
Ya no era la misma.
Había dejado de proponer salidas, rechazaba invitaciones y encontraba cualquier excusa para quedarse en casa. Cuando se juntaban, estaba presente físicamente, pero muchas veces parecía estar muy lejos.
Podía estar escuchando una conversación y, de repente, quedarse en silencio, mirando un punto fijo, perdida en sus propios pensamientos.