Tonya.g
Capítulo 34: La verdad detrás del silencioClara estaba cansada.
Cansada de despertarse cada mañana con el mismo vacío en el pecho. Cansada de mirar el celular esperando un mensaje que nunca llegaba. Cansada de repasar una y otra vez cada conversación, cada beso, cada abrazo, buscando una respuesta que no encontraba.
Pero, sobre todo, estaba cansada de no entender.
Habían pasado dos meses y medio desde la última vez que había visto a Nicolás. Dos meses y medio de silencio, de preguntas sin respuesta, de noches en las que su nombre se le escapaba entre lágrimas. Dos meses y medio intentando convencerse de que tenía que seguir adelante, aunque una parte de ella se negara a aceptar que el hombre que le había prometido tanto pudiera desaparecer de su vida sin siquiera despedirse.
Ya no podía seguir así.
Esa mañana, mientras se preparaba para ir a trabajar, se miró al espejo. Tenía ojeras, los ojos cansados y una tristeza que ni siquiera intentaba disimular. Se quedó observándose durante unos segundos, como si necesitara reconocer a la mujer que tenía enfrente.
—Basta, Clara —se dijo en voz baja—. No puedo seguir viviendo así.
No sabía qué iba a hacer. No sabía si encontraría alguna respuesta ni si estaba preparada para escucharla. Pero necesitaba intentarlo una última vez.
Ese día se subiría a ese colectivo y le preguntaría a alguno de los choferes si sabían algo de Nicolás.
Le daba vergüenza. Tenía miedo de que pensaran que estaba loca, de que alguien se riera de ella o le dijera que tenía que olvidarse de una vez por todas. Pero ya no le importaba tanto como antes.
Necesitaba saber.
Aunque la respuesta le rompiera el corazón, necesitaba saber qué había pasado con el hombre que todavía amaba.
Cuando llegó a la parada, respiró hondo y apretó las manos contra la cartera. El corazón le latía más rápido de lo normal. Miraba cada colectivo que se acercaba, intentando juntar el valor que tantas veces le había faltado.
Y entonces lo vio.
El colectivo de siempre.
El mismo recorrido. La misma parada. El mismo lugar donde, durante tantos meses, había comenzado a vivir una historia que jamás imaginó que terminaría convirtiéndose en su mayor dolor.
Cuando las puertas se abrieron, Clara subió.
—Buen día —saludó, intentando mantener la voz firme.
Sacó el pasaje y levantó la mirada apenas un instante.
El hombre que manejaba no era Nicolás.
Pero había algo familiar en él. Algo que Clara no llegó a identificar enseguida.
Era Darío.
El mejor amigo de Nicolás, uno de los compañeros que había ido a visitarlo al hospital. Nicolás le había mostrado una foto de Clara tiempo atrás, y Darío había escuchado hablar de ella más de una vez. Sabía quién era esa mujer de sonrisa hermosa que había conseguido ocupar un lugar tan importante en la vida de su amigo.
Por eso, cuando la tuvo delante, la reconoció inmediatamente.
Clara guardó el pasaje y se quedó cerca del chofer. No había mucha gente en el colectivo. Era el momento perfecto para preguntar.
Abrió la boca, pero las palabras no le salieron.
¿Cómo empezaba una conversación así? ¿Cómo le preguntaba a un desconocido por el hombre al que amaba sin tener que explicar primero por qué lo buscaba con tanta desesperación?
Darío la observó unos segundos más. De pronto, como si una pieza encajara en su cabeza, la llamó.
—Disculpame… ¿vos sos Clara?
Ella levantó la mirada de golpe.
—Sí… —respondió, sorprendida—. ¿Por qué?
Darío soltó suavemente el aire, como si acabara de confirmar algo que llevaba tiempo esperando.
—Soy Darío, amigo de Nico.
El mundo de Clara se detuvo.
No fue una manera de decirlo. Por un instante, sintió que el aire desaparecía de sus pulmones, que el ruido del motor se apagaba y que todo lo que la rodeaba quedaba suspendido en el tiempo.
Nico.
Había escuchado su nombre tantas veces dentro de su propia cabeza que creía estar acostumbrada al dolor que le provocaba. Pero escucharlo de boca de alguien que lo conocía, alguien que podía saber dónde estaba, fue completamente distinto.
Se le heló el corazón.
Las manos comenzaron a temblarle y sintió un nudo tan fuerte en la garganta que no pudo hablar. Miró a Darío, intentando comprender lo que acababa de escuchar. ¿Un amigo de Nicolás? ¿Cómo era posible que estuviera ahí, delante de ella, después de tantos meses de buscar respuestas?
Darío notó su reacción.
—¿Clara? —preguntó con cautela.
Ella parpadeó varias veces, intentando contener las lágrimas.
—Yo… no puedo hablar de él.
La frase salió rota, casi en un susurro.
Y entonces una lágrima se le escapó por la mejilla.
No pudo evitarla. No pudo fingir que estaba bien, ni esconder todo lo que había guardado durante esos dos meses y medio. Bastó con que alguien pronunciara el nombre de Nicolás para que todo el dolor que había intentado contener volviera de golpe.
Darío se quedó mirándola, desconcertado.
No entendía por qué Clara estaba así. Nicolás le había hablado de ella, le había mostrado su foto, y él sabía que había sido alguien importante en su vida. Pero verla llorar de esa manera le hizo comprender que aquella historia era mucho más profunda de lo que imaginaba.
—Pará, Clara… —le dijo con preocupación—. ¿Vos no sabías lo que le pasó?
Ella dejó de respirar por un segundo.
—¿Qué…? —consiguió preguntar.
Darío frunció el ceño, sorprendido por su reacción.
—¿No sabías que tuvo un accidente?
La palabra cayó sobre ella como un golpe.
Accidente.
Clara sintió que las piernas le fallaban. Se aferró a la baranda del colectivo y miró a Darío sin poder procesar lo que acababa de escuchar.
—¿Un… accidente? —repitió, con la voz temblorosa.
Darío asintió lentamente.