Tonya.g
Capítulo 36: El nombre que su corazón reconocíaVolver a casa después del alta tendría que haber sido una de las mejores sensaciones para Nicolás.
Después de tantas semanas en el hospital, de los médicos, los estudios, las noches interminables y las miradas preocupadas de su familia, por fin podía dormir en una cama que conocía, despertarse sin escuchar los sonidos de las máquinas y sentir que, poco a poco, estaba recuperando su vida.
Su mamá estaba feliz de tenerlo en casa. Lo cuidaba, le preparaba sus comidas favoritas y no perdía oportunidad de preguntarle cómo se sentía. Sus hermanos también pasaban a visitarlo, intentando que todo volviera a ser lo más parecido posible a la vida que llevaba antes del accidente.
Nicolás agradecía cada gesto. Sabía que había tenido suerte de sobrevivir y que todavía necesitaba tiempo para recuperarse.
Sin embargo, había algo que no estaba bien.
No era un dolor físico. La cabeza todavía le molestaba algunas veces, se cansaba con facilidad y había momentos en los que le costaba concentrarse. Pero aquello era diferente.
Era una sensación persistente, una especie de vacío que aparecía incluso cuando estaba acompañado.
Como si hubiera perdido algo importante.
Algo que no podía nombrar.
Al principio intentó ignorarlo. Los médicos le habían explicado que podía tener lagunas de memoria y que no debía exigirse recordar a la fuerza. Necesitaba descansar, seguir los controles y darle tiempo a su recuperación.
Su mamá repetía esas mismas palabras cada vez que lo encontraba pensativo.
—Nico, no te hagas la cabeza. Ya vas a ir recordando lo que tengas que recordar. Lo importante es que estás acá, con nosotros.
Él asentía, porque no quería preocuparla más de lo necesario.
Pero ¿cómo podía dejar de pensar en algo que ni siquiera sabía qué era?
Recordaba su infancia, las calles de su pueblo, los primeros años en Buenos Aires, el esfuerzo que había hecho para convertirse en colectivero. Recordaba a sus amigos, a sus hermanos, las tardes de fútbol y las conversaciones con su mamá.
Recordaba quién era.
Recordaba de dónde venía y todo lo que había tenido que luchar para construir su vida.
Pero había un espacio en blanco.
Un tramo de su historia que parecía haberse borrado.
Y, en medio de ese vacío, aparecía siempre el mismo nombre.
Clara.
La primera vez que Darío se lo había mencionado, Nicolás había sentido algo extraño. Su corazón se había acelerado, una inquietud le había recorrido el cuerpo y, por unos segundos, había tenido la impresión de estar a punto de recordar algo importante.
Pero no había llegado ninguna imagen clara.
Solo una sensación.
Una sonrisa que parecía estar escondida en algún rincón de su memoria. Unos ojos que no conseguía dibujar con precisión. La impresión de haber esperado a alguien durante mucho tiempo.
Después, nada.
Solo esa ausencia que no sabía explicar.
—¿Quién sos, Clara? —se preguntaba algunas noches, mirando el techo de su habitación—. ¿Por qué me pasa esto cuando escucho tu nombre?
No entendía cómo una persona a la que supuestamente no recordaba podía provocarle semejante inquietud.
Había intentado preguntarle a Darío, pero su amigo tampoco quería presionarlo.
—Mirá, Nico, yo te puedo contar algunas cosas, pero no quiero llenarte la cabeza de información ni hacerte sentir obligado a recordar. Lo mejor es que vayas tranquilo. Lo que tenga que volver, va a volver.
Nicolás entendía sus razones, aunque le costaba aceptar aquella respuesta.
Necesitaba saber.
No por curiosidad, sino porque aquel nombre parecía estar relacionado con algo mucho más profundo que una simple laguna de memoria.
Cuando preguntaba por Clara, nadie sabía qué decirle. Su mamá no la conocía. Sus hermanos tampoco. Darío era el único que parecía saber algo, pero se limitaba a decirle que había sido alguien importante para él.
Alguien importante.
Dos palabras que no dejaban de resonar en su cabeza.
¿Cómo podía haber compartido algo importante con una persona y no recordar absolutamente nada de ella?
A veces intentaba imaginarla. Cerraba los ojos y se concentraba, esperando que su mente le devolviera algún recuerdo. Una voz, una mirada, una conversación, cualquier detalle que le permitiera comprender por qué aquel nombre lo desestabilizaba.
Pero cuanto más lo intentaba, más frustrado se sentía.
Y, aun así, había momentos en los que algo dentro de él parecía reconocerla.
Era absurdo, lo sabía.
¿Cómo podía extrañar a alguien que no recordaba?
¿Cómo podía sentir que necesitaba a una persona sin saber siquiera cómo era su rostro?
No tenía respuestas.
Solo preguntas que se acumulaban día tras día.
El sábado por la tarde, Nicolás estaba sentado en el sillón del living. Su mamá había preparado mate y algo rico para acompañarlo. La televisión estaba encendida, aunque ninguno de los dos le prestaba demasiada atención.
Él miraba por la ventana, perdido en sus pensamientos.
Últimamente se quedaba así con frecuencia. Su mamá lo notaba, pero trataba de no preguntarle todo el tiempo qué le pasaba. Sabía que su hijo estaba atravesando un momento difícil y no quería que sintiera que debía explicarle cada emoción.
—¿Querés que te prepare otro mate, hijo? —le preguntó.
—No, ma. Estoy bien, gracias.
Pero no estaba del todo bien.
Otra vez había pensado en aquel nombre.
Clara.
Se preguntaba si sería alguien de su trabajo, una compañera, una conocida. Quizás una amiga con la que había perdido contacto. Pero ninguna de esas posibilidades le explicaba la reacción de su cuerpo cada vez que lo escuchaba.
Había algo más.
Algo que no encajaba.
De pronto, el sonido de un celular interrumpió el silencio.
Era el teléfono de su mamá, que estaba sobre la mesa ratona.