Tonya.g
Capítulo 37: Por el principioEl domingo llegó más rápido de lo que Clara hubiera querido y, al mismo tiempo, demasiado lento para su corazón.
Se despertó temprano, aunque todavía faltaban muchas horas para su encuentro con Mirta, la mamá de Nicolás. Abrió los ojos y, durante unos segundos, se quedó mirando el techo, intentando asimilar todo lo que había pasado el día anterior.
Nicolás estaba vivo.
Estaba en la casa de su mamá.
Y ella, después de casi tres meses de angustia, por fin tenía la posibilidad de acercarse a él.
Pero también había una verdad que le dolía incluso antes de enfrentarse a ella: Nicolás no recordaba los últimos meses de su vida. No recordaba aquella historia que para Clara seguía tan viva como el primer día.
Se levantó de la cama, se bañó y se preparó el desayuno. Intentó concentrarse en las pequeñas cosas que tenía que hacer en su casa. Ordenó algunas cosas, limpió, acomodó ropa y buscó distraerse con cualquier tarea que le permitiera dejar de mirar el reloj.
No funcionó.
Cada pocos minutos, sus pensamientos volvían al mismo lugar.
Nicolás.
Su sonrisa. Su voz. La manera en que la llamaba mi bonita. Los mensajes de buenos días, los chocolates, las miradas a través del espejo y aquel beso que había marcado el comienzo de todo.
¿Seguiría teniendo la misma sonrisa?
¿Estaría físicamente bien?
¿Habría cambiado su manera de hablar?
¿Y si cuando ella le contara quién era, él no sintiera absolutamente nada?
Clara se quedó quieta junto a la mesa de la cocina, con un repasador entre las manos.
No quería hacerse tantas preguntas, pero era imposible evitarlo.
Había esperado ese encuentro durante meses sin saberlo. Durante todo ese tiempo, había deseado volver a verlo, abrazarlo y escuchar su voz. Ahora que tenía la oportunidad, el miedo se mezclaba con una ilusión que apenas se animaba a reconocer.
La cita con Mirta era a las cuatro y media de la tarde.
Faltaba muchísimo.
Y Clara sentía que no iba a llegar nunca esa hora.
A medida que avanzaba el día, los nervios aumentaban.
Clara sabía que tenía que ser paciente. No podía presentarse ante Nicolás esperando que todo volviera a ser como antes, como si nada hubiera sucedido. Había sufrido un accidente grave, había pasado semanas internado y estaba recuperándose.
No podía exigirle que recordara algo que su propia memoria no le permitía encontrar.
Aunque le doliera.
Aunque se moría por saber si alguna parte de él todavía la recordaba.
Aunque quisiera correr a abrazarlo y decirle que lo había esperado todos los días, que nunca había dejado de amarlo y que no tenía idea de cómo había conseguido soportar su ausencia.
Tenía que ir despacio.
Primero necesitaba conocer la historia desde el otro lado. Escuchar a Mirta, entender qué había pasado y descubrir cómo se encontraba Nicolás después de todo lo vivido.
Quizás, con el tiempo, podría acercarse a él.
Quizás podría volver a formar parte de su vida.
Pero todavía no sabía cómo.
Cuando se acercó la hora, Clara dejó de dar vueltas por la casa y se preparó para salir.
Eligió una remera roja, de un tono discreto, un jean azul oscuro y una campera de media estación. Quería verse bien, pero sin llamar demasiado la atención. Se acomodó el pelo, se miró al espejo y respiró profundamente.
Por un instante, se observó en silencio.
—Tranquila, Clara —se dijo—. Andá despacio. Escuchá primero.
Agarró sus cosas y salió.
Durante el viaje, miró varias veces por la ventana. El paisaje pasaba delante de sus ojos, pero su cabeza estaba en otro lugar. Repasaba mentalmente lo que iba a decirle a Mirta, aunque cada vez que intentaba ordenar sus ideas terminaba en el mismo punto.
No sabía por dónde empezar.
¿Cómo se le explicaba a una madre que su hijo había sido el amor de su vida, si ella nunca había tenido la oportunidad de conocerla?
¿Cómo le contaba que había pasado meses llorando por él, creyendo que la había abandonado?
¿Y cómo podía hablar de una historia tan hermosa cuando el hombre con el que la había vivido ya no podía recordarla?
Clara apretó la cartera contra su cuerpo y respiró hondo.
Tenía que hacerlo.
Por Nicolás.
Por ella.
Por todas las preguntas que necesitaban una respuesta.
Cuando llegó al lugar acordado, todavía faltaban unos minutos para las cuatro y media.
Entró y una chica muy amable se acercó a recibirla.
—Buenas tardes. ¿Tenés una reserva?
—Sí, a nombre de Clara.
La chica comprobó los datos y sonrió.
—Perfecto, acompañame. Tu mesa ya está preparada.
Clara la siguió hasta el sector reservado.
El lugar era hermoso. Había una decoración cálida, una tranquilidad que contrastaba con el torbellino que llevaba dentro y una gran ventana junto a la mesa que dejaba ver un jardín lleno de flores y palmeras. La luz de la tarde entraba suavemente, iluminando el espacio de una manera que lo hacía parecer todavía más acogedor.
La mesa estaba junto a aquella ventana.
Clara se sentó y observó el jardín durante unos segundos. Las flores, las hojas moviéndose con la brisa, los pequeños detalles del paisaje parecían pertenecer a un mundo en el que todo estaba en calma.
Qué distinto era todo por fuera de lo que estaba pasando dentro de ella.
Miró la hora.
Todavía faltaban unos minutos.
Se acomodó en la silla, dejó la cartera a un lado y juntó las manos sobre la mesa. Intentó pensar en lo que podía preguntarle a Mirta, pero su cabeza volvía una y otra vez a Nicolás.
Se lo imaginó sentado en el sillón de su casa, recuperándose, quizás mirando la televisión o conversando con su familia.
¿Estaría pensando en ella?
No. ¿Cómo iba a pensar en ella si ni siquiera la recordaba?
Clara bajó la mirada y sintió una punzada en el pecho.