Atravez del Espejo

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A TRAVÉS DEL ESPEJO

Tonya.g

Capítulo 38: Gracias por amar a mi Nicolás

Clara respiró profundamente y comenzó a contar.

—Todo empezó en un colectivo…

Mirta la escuchaba con atención, sin interrumpirla. Tenía las manos alrededor de la taza de café y la mirada puesta en aquella joven que, a pesar de los nervios, intentaba encontrar las palabras para explicar algo tan importante.

Clara le contó cómo había conocido a Nicolás sin conocer realmente su nombre. Cómo, durante aquellos primeros días, había comenzado a buscar su mirada a través del espejo retrovisor, preguntándose si él también la miraba o si todo era producto de su imaginación.

Le habló de su seriedad, de aquella sonrisa hermosa que parecía reservar para unos pocos y de la manera en que, sin hacer demasiado, había conseguido despertar en ella sentimientos que no podía controlar.

—Yo no podía sacármelo de la cabeza, señora Mirta. Me iba a trabajar y pensaba en él. Volvía a mi casa y me preguntaba si al día siguiente lo iba a ver. A veces me decía que estaba imaginando cosas, que no tenía sentido ilusionarme con alguien de quien ni siquiera sabía el nombre.

Mirta sonrió suavemente.

—¿Y cómo descubriste cómo se llamaba?

Clara soltó una pequeña risa, de esas que aparecen cuando un recuerdo consigue abrirse paso entre las emociones.

—Después de mucho tiempo, me animé a dar el primer paso. Él me dijo que tenía una sonrisa linda y yo… bueno, creo que me puse colorada. —Bajó la mirada, sonriendo—. Después nos dijimos nuestros nombres. Fue algo tan sencillo, pero para mí significó muchísimo.

Siguió contando cómo Nicolás había decidido tomar el mismo colectivo que ella en uno de sus días libres, cómo se había sentado a su lado y cómo habían hablado de sus vidas, de sus gustos y de todas esas cosas que durante meses habían querido preguntarse.

Le contó lo del chocolate.

Aquel pequeño bocadito que él había dejado en su mano junto con una nota que decía: «Sos muy linda cuando sonreís».

—Era tan atento conmigo… —dijo Clara, con una ternura que le iluminó el rostro—. Siempre encontraba una manera de sorprenderme. A veces era un chocolate, otras veces una notita. No necesitaba regalarme cosas caras. Eran esos pequeños detalles los que me hacían sentir especial.

Mirta la miraba cada vez con más atención.

No conocía aquella faceta de su hijo. Nicolás siempre había sido reservado, incluso con ella. Le contaba cosas de su trabajo, de sus amigos, de sus preocupaciones cotidianas, pero no solía hablar demasiado de lo que sentía.

Escuchar a Clara describirlo de aquella manera era descubrir una parte de él que había permanecido escondida.

—Después empezamos a hablar todos los días —continuó Clara—. Me escribía por las mañanas, siempre con algún mensaje lindo. Nos contábamos nuestras cosas, nos preguntábamos cómo nos había ido en el día… Y sin darme cuenta, empecé a esperarlo para todo.

Se detuvo un instante.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Él me decía: «Buen día, a la chica con la sonrisa más linda». Y yo le contestaba: «Que descanses, al chico más atento que conocí».

La voz se le quebró al recordar aquellas palabras.

—No sabe cuánto extraño esos mensajes, señora Mirta. A veces todavía abro nuestra conversación y los leo. Sé que ya pasaron meses, pero hay noches en las que necesito leerlos para sentirlo un poquito más cerca.

Mirta extendió una mano sobre la mesa, acercándola a la de Clara, pero dejó que continuara a su propio ritmo.

Clara le habló de la primera cita, de las rosas azules que Nicolás le había regalado, envueltas en un papel rosa brillante con mariposas. Le contó que él había elegido un lugar mágico, lleno de árboles y enredaderas, porque recordaba cuánto le gustaban los bosques, las hadas y los dragones.

—Se había acordado de algo que yo le había contado casi sin importancia. Y preparó todo pensando en mí. Cuando lo vi con esas flores, sentí que nadie me había mirado de esa manera antes.

Su sonrisa se volvió más frágil.

—Esa noche nos besamos por primera vez.

Mirta bajó la mirada por un momento, emocionada al escucharla.

Clara continuó hablándole de los meses que habían compartido, de los encuentros que organizaban para estar juntos, de las sorpresas, las risas y las despedidas que siempre les costaba tanto hacer.

No necesitaba exagerar nada. Cada recuerdo tenía un lugar propio dentro de ella.

—Yo estaba enamorada, señora Mirta. Muy enamorada. Y sentía que él también me quería. No era solamente lo que me decía; era cómo me miraba, cómo me escuchaba, cómo se acordaba de las cosas que me gustaban. Era la manera en que me hacía sentir cuando estaba con él.

Las lágrimas comenzaron a caerle sin que pudiera detenerlas.

Y entonces llegó a la parte que más le dolía.

—Hasta que un día desapareció.

Clara bajó la cabeza y apretó los dedos contra la servilleta.

—Dejó de escribirme. No atendía mis llamadas. Ya no estaba en el colectivo. Pasaron los días y yo no entendía nada. Pensé que se había cansado de mí, que había conocido a otra persona, que se había arrepentido de lo que habíamos vivido…

Se le quebró la voz.

—Me preguntaba qué había hecho mal. Si había dicho algo que lo había molestado, si me había equivocado en algo. Repasaba cada conversación, cada encuentro, cada palabra. Y cuanto más pensaba, menos entendía.

Mirta no apartaba los ojos de ella.

—Yo lo buscaba todas las mañanas —continuó Clara—. Me subía al colectivo y miraba al chofer, por si era él. Me sentaba en el mismo lugar, miraba el espejo… Era una tontería, lo sé, pero una parte de mí esperaba que apareciera de repente y me dijera que todo estaba bien.

Se limpió las mejillas, aunque las lágrimas seguían cayendo.

—Y ayer, cuando Darío me contó lo del accidente, sentí alivio porque estaba vivo. Pero también sentí una culpa horrible. ¿Cómo puede ser que yo estuviera llorando porque creía que me había abandonado mientras él estaba en un hospital? ¿Cómo puede ser que no supiera nada? Yo tendría que haber estado a su lado, tendría que haberlo acompañado…



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En el texto hay: amor risas romance accidentado

Editado: 26.10.2026

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