Atravez del Espejo

Su rostro

A TRAVÉS DEL ESPEJO

Tonya.g

Capítulo 39: Necesitaba ver tu rostro

Mirta llegó a casa con el corazón lleno de emociones.

El encuentro con Clara había sido mucho más intenso de lo que imaginaba. Había escuchado su historia, visto las fotografías, leído las pequeñas notas que Nicolás le había escrito y descubierto una parte de su hijo que hasta entonces desconocía.

Mientras caminaba hacia el living, todavía podía escuchar en su cabeza la voz quebrada de aquella muchacha contando cuánto había amado a Nicolás y cuánto había sufrido durante los meses de silencio.

Pero apenas entró, no llegó a dar dos pasos cuando lo vio.

Nicolás estaba sentado en el sillón, inquieto, con una pierna moviéndose sin parar y la mirada clavada en la puerta. Parecía llevar mucho tiempo esperándola.

En cuanto la vio, se levantó.

—¡Mamá! ¿Y? ¿Qué pasó? ¿Qué te dijo? ¿Quién es? ¿Por qué no vino? ¿Qué pasa, mamá? ¡Hablame!

Las preguntas salieron una detrás de otra, sin darle tiempo a Mirta a dejar las cosas.

Ella lo miró sorprendida. Sabía que su hijo estaba inquieto, pero no había imaginado que la espera lo tendría en semejante estado.

—Nico, tranquilo, hijo. Vení, vamos a sentarnos un rato, ¿sí? No quiero que te alteres. Todavía tenés que cuidarte.

—Pero, mamá, ¡necesito saber! —insistió él, pasándose una mano por el pelo—. Ayer me dijiste que había llamado una mujer, que se llamaba Clara. Hoy te fuiste a verla y todavía no sé nada. ¿Quién es esa chica? ¿Por qué quiere verme? ¿Qué tiene que ver conmigo?

Mirta se acercó y apoyó una mano sobre su brazo.

—Te voy a contar, mi amor. Pero primero sentémonos y respiremos un poco.

Nicolás apretó los labios, intentando contener la ansiedad. Finalmente asintió y acompañó a su mamá hasta el living.

Se sentó en el sillón, pero no consiguió quedarse quieto. Se inclinaba hacia adelante, entrelazaba las manos y volvía a mirar a Mirta, esperando que empezara a hablar.

Sentía que el corazón se le iba a salir del pecho.

Era absurdo. Ni siquiera conocía el rostro de aquella mujer, no recordaba su voz ni sabía qué había vivido con ella. Sin embargo, desde que había escuchado su nombre, algo dentro de él no encontraba paz.

Clara.

Un nombre que parecía haberse instalado en su cabeza y que, por alguna razón, también le apretaba el corazón.

—Bueno, hijo —comenzó Mirta, sentándose a su lado—. Hoy me reuní con ella. Es una chica muy dulce, muy respetuosa. Estaba bastante nerviosa cuando llegó, pero se nota que es sincera y que está preocupada por vos.

Nicolás la miraba sin pestañear.

—¿Pero quién es, mamá?

Mirta tomó aire.

—Clara me contó que ustedes se conocieron hace un tiempo. Ella viajaba en el colectivo que vos manejabas. Al principio se miraban, se saludaban… hasta que un día empezaron a hablar.

Nicolás bajó la mirada.

¿Un colectivo?

Él recordaba su trabajo. Recordaba los recorridos, las paradas, los pasajeros que subían y bajaban todos los días. Pero no podía encontrar a ninguna Clara entre aquellos recuerdos.

Mirta continuó con cuidado, intentando no abrumarlo con demasiada información de golpe.

—Por lo que me contó, se fueron acercando de a poco. Empezaron a intercambiar mensajes, se conocieron mejor y después comenzaron a encontrarse fuera del trabajo. Salían juntos, compartían cosas, se hacían pequeños regalos…

Hizo una pausa antes de agregar:

—Clara dice que estaban enamorados, Nico. Que entre ustedes había una relación muy linda.

La palabra enamorados quedó flotando en el aire.

Nicolás sintió un pequeño vuelco en el estómago.

¿Enamorados?

Él, que siempre había sido reservado, que no se abría fácilmente con cualquiera, ¿había estado enamorado de una mujer a la que ahora no podía recordar?

Se llevó una mano a la frente y cerró los ojos unos segundos.

Clara… ¿cómo puede ser que no te recuerde?

¿Por qué me pasa esto cada vez que escucho tu nombre?

¿Qué vivimos juntos para que me sienta así sin saber siquiera quién sos?

—¿Y qué más te dijo? —preguntó, intentando que la voz no le temblara.

Mirta le contó que Clara había guardado fotografías, videos y las notas que él solía dejarle. Le explicó que la muchacha había pasado casi tres meses creyendo que Nicolás la había abandonado, porque no había sabido nada del accidente ni de su internación.

Al escuchar aquello, Nicolás levantó la cabeza de golpe.

—¿Ella pensó que yo la había dejado?

—Sí, hijo. No sabía nada de lo que te había pasado. Te llamó, te escribió, pero vos no podías responderle. No tenía forma de saber dónde estabas ni qué te había sucedido.

Nicolás se quedó callado.

No podía imaginar lo que habría sentido aquella mujer al no recibir ninguna respuesta. Pero algo en su interior se encogió al pensar que Clara había sufrido durante tanto tiempo sin conocer la verdad.

No sabía por qué le importaba tanto.

No podía recordar haberla consolado, haberla abrazado o haberle prometido que nunca la dejaría. No tenía ninguna imagen de ella llorando, de sus manos entre las suyas ni de una conversación en la que le hubiera dicho que la amaba.

Sin embargo, escuchar que había sufrido por él le provocaba una tristeza extraña.

Como si aquella pena también le perteneciera.

—¿Y ella…? —preguntó, pero se detuvo.

Mirta lo observó.

—¿Qué, hijo?

Nicolás tragó saliva.

—¿Ella todavía… siente algo por mí?

Mirta no respondió enseguida. Recordó la forma en que Clara había llorado al contarle su historia, la manera en que le había mostrado las fotografías y cómo, antes de despedirse, le había pedido solamente una oportunidad para verlo y saber que estaba bien.

—Sí, Nico —contestó con suavidad—. Ella todavía te ama.

Él apartó la mirada.

No supo qué hacer con aquella respuesta.



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En el texto hay: amor risas romance accidentado

Editado: 26.10.2026

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