Atravez del Espejo

Llegará el dia

A TRAVÉS DEL ESPEJO

Tonya.g

Capítulo 41: El día que el destino volvió a cruzarlos

El lunes llegó más rápido de lo que Nicolás esperaba.

Se despertó antes de que sonara la alarma. Durante unos segundos se quedó mirando el techo, tratando de asimilar que, después de tanto tiempo, volvería a hacer aquello que tanto amaba.

Se levantó, se preparó y desayunó con su mamá. Mirta lo miraba con una sonrisa discreta, feliz de verlo recuperar el entusiasmo, aunque por dentro seguía preocupada por todo lo que su hijo todavía no recordaba.

—¿Nervioso? —le preguntó.

—Un poco —admitió Nicolás—. Pero más que nada tengo ganas de volver. Estoy cansado de estar encerrado acá.

Mirta soltó una pequeña risa.

—Bueno, entonces andá tranquilo. No te apures. Lo importante es que estés bien.

Nicolás le dio un beso en la mejilla y salió.

Cuando llegó a la empresa, saludó a sus compañeros, se preparó y se acomodó detrás del volante. Durante unos instantes observó el tablero, los espejos y los controles. Todo le resultaba familiar. Sus manos parecían recordar cada movimiento, incluso cuando su cabeza todavía guardaba algunos espacios vacíos.

Y entonces arrancó.

El ruido del motor, las calles, las paradas, las voces de los pasajeros… poco a poco, todo comenzó a devolverle una sensación que creía haber perdido.

Estaba volviendo a ser él mismo.

Durante los primeros días respetó el recorrido más corto que le habían asignado. Se concentraba en conducir, en cumplir con los horarios y en recuperar la confianza. A veces, al pasar por alguna calle conocida, aparecía en su mente una imagen fugaz. Un lugar, una conversación, una sensación que no lograba ubicar del todo.

No eran recuerdos completos, pero sí pequeños fragmentos que parecían abrirse paso entre la niebla.

Cada vez que eso sucedía, Nicolás intentaba aferrarse a ellos. Sin embargo, desaparecían antes de que pudiera comprenderlos.

Y, por encima de todo, seguía estando Clara.

Su nombre continuaba provocándole algo extraño. A veces sentía una inquietud en el pecho; otras, una necesidad inexplicable de buscarla, aunque no supiera dónde ni cómo.

Todavía no había conseguido ver las fotos.

Pero no se había olvidado de ella.

¿Cómo podía olvidarse de alguien a quien ni siquiera recordaba?

Pasaron unos días y, al ver que Nicolás respondía bien, la empresa decidió que podía regresar al recorrido que hacía antes del accidente.

Cuando se lo comunicaron, sintió una alegría enorme.

Volvería a sus calles habituales, a sus paradas conocidas, a esa rutina que había formado parte de su vida durante años.

No sabía que aquel recorrido guardaba algo más que recuerdos.

Guardaba a Clara.

O, mejor dicho, guardaba la posibilidad de volver a encontrarla.

Desde el primer día en que regresó a ese trayecto, comenzó a mirar a cada pasajera que subía. Lo hacía sin darse cuenta, casi por instinto. Observaba los rostros, las sonrisas, la manera de caminar, esperando que alguna de esas mujeres despertara algo dentro de él.

Pero ninguna era ella.

Subía una pasajera, cobraba el boleto y seguía conduciendo.

Otra se acercaba, indicaba su destino y buscaba asiento.

Y él volvía a mirar.

Nada.

No sabía cómo era el rostro de Clara. No tenía una imagen que pudiera reconocer. Solo sabía que había sido importante para él, que se habían amado y que, de alguna manera, ella seguía esperando algo que él no podía darle.

A veces, mientras conducía, se descubría mirando por el espejo retrovisor más de lo necesario. Era un gesto habitual, parte de su trabajo, pero también había algo más. Una sensación difícil de explicar, como si estuviera buscando una presencia que debería estar allí.

No podía entenderlo.

¿Por qué sentía que tenía que encontrarla?

¿Por qué, entre tantas personas que subían y bajaban del colectivo, seguía esperando ver a una mujer cuyo rostro desconocía?

Una tarde, al terminar su jornada, se quedó unos minutos sentado detrás del volante antes de bajar.

Se pasó una mano por la cara y suspiró.

—¿Quién sos, Clara? —murmuró para sí mismo.

No esperaba una respuesta.

Pero, en algún lugar de su memoria, algo parecía escuchar la pregunta.

Mientras Nicolás intentaba recuperar sus recuerdos, Clara seguía haciendo todo lo posible por respetar los tiempos que le habían pedido.

Hablaba con Mirta con frecuencia. Le preguntaba cómo estaba su hijo, cómo llevaba el regreso al trabajo y si había notado algún cambio en su memoria.

Mirta le contaba lo que podía.

Le decía que Nicolás estaba mejor, que había vuelto a conducir y que, poco a poco, estaba recuperando la seguridad en su rutina. También le explicaba que todavía había cosas que no recordaba y que era importante no apresurarlo.

Clara escuchaba cada palabra con el corazón dividido.

Por un lado, sentía una felicidad inmensa al saber que Nicolás estaba recuperándose. Después de tantos meses de incertidumbre, saber que volvía a hacer lo que amaba era un alivio que no podía describir.

Pero, por otro lado, le dolía no poder estar a su lado.

No poder preguntarle cómo había pasado la noche. No poder escuchar su voz al despertar. No poder decirle que estaba orgullosa de él ni darle un abrazo cuando terminara su jornada.

Extrañaba hasta las cosas más pequeñas.

Y, aunque deseaba verlo con todas sus fuerzas, había decidido respetar lo que le habían indicado. No quería convertirse en una presión para él ni hacer que su recuperación fuera más difícil.

Si tenía que esperar, esperaría.

Si debía darle tiempo, se lo daría.

Lo único que deseaba era que Nicolás estuviera bien. Y, aunque le doliera admitirlo, también necesitaba saber si algún día podría volver a mirarla y reconocerla.

Clara continuó con su vida.

Se levantaba temprano, se preparaba para ir a trabajar y salía de su casa a la misma hora de siempre. Caminaba hasta la parada, esperaba el colectivo y subía como lo había hecho durante tanto tiempo.



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En el texto hay: amor risas romance accidentado

Editado: 26.10.2026

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