Tonya.g
Capítulo 42: ¿Sos vos?La mañana había comenzado como cualquier otra.
Nicolás se levantó, se preparó para ir a trabajar y salió de su casa con el mismo entusiasmo que lo acompañaba desde que había vuelto a conducir. La rutina empezaba a sentirse familiar otra vez. Las calles, las paradas, el sonido del motor… todo parecía ir acomodándose lentamente en su lugar.
Sin embargo, desde que había comenzado el recorrido, tenía una sensación extraña.
Era una inquietud difícil de explicar. Una especie de nerviosismo que le apretaba el pecho sin motivo aparente, como si algo estuviera a punto de suceder.
Miró el reloj. Revisó los espejos. Siguió conduciendo.
No tenía ninguna razón para sentirse así.
—Dale, Nico, tranquilo —murmuró para sí mismo, concentrándose en el camino.
Estaba trabajando. Tenía que mantenerse atento, cumplir con los horarios y hacer las cosas como siempre. No podía permitir que una sensación inexplicable lo distrajera.
Pero aquella inquietud no desaparecía.
Era como si una parte de él supiera algo que su cabeza todavía no podía comprender.
Mientras tanto, Clara se levantó para comenzar otro día.
Se bañó, se preparó y eligió la ropa que iba a usar para ir a trabajar. Hizo todo con la misma rutina de siempre, intentando no dejarse llevar por las ilusiones que tantas veces le habían lastimado el corazón.
Sabía que Nicolás había vuelto a trabajar. Mirta se lo había contado. Pero también sabía que él estaba retomando su vida de a poco y que ella debía respetar los tiempos que le habían recomendado.
No esperaba encontrarlo.
No ese día.
Ni siquiera se permitía pensar demasiado en esa posibilidad. Ya había pasado tantas mañanas subiendo a un colectivo con una esperanza escondida, para después regresar a casa con la misma ausencia, que había aprendido a protegerse un poquito.
Aun así, había algo que no podía evitar.
Lo extrañaba.
Extrañaba su sonrisa, sus mensajes de buenos días, sus pequeños detalles y esa manera tan suya de hacerla sentir especial. Extrañaba incluso aquellas miradas a través del espejo que, al principio, la habían hecho preguntarse si estaba imaginando cosas.
Ahora daría cualquier cosa por volver a vivir una de esas mañanas.
Pero tenía que seguir.
Se puso la campera, agarró sus cosas y salió de su casa.
Y entonces vio la lluvia.
El cielo estaba gris y el agua caía con fuerza. Clara apuró el paso, pero al mirar hacia la parada se dio cuenta de que no llegaría caminando a tiempo.
A lo lejos, el colectivo se acercaba.
—¡No, no, no! —murmuró, acelerando.
Se subió la capucha para protegerse de la lluvia y comenzó a correr.
No quería llegar tarde al trabajo. No tenía tiempo para pensar en nada más.
Mucho menos podía imaginar quién estaba detrás del volante de aquel colectivo.
Nicolás continuaba su recorrido cuando, a lo lejos, distinguió una parada que le resultó extrañamente familiar.
No supo explicar por qué.
La había visto cientos de veces. Había pasado por allí tantas mañanas que debería haberle resultado completamente normal. Sin embargo, al acercarse, sintió que sus nervios aumentaban.
El corazón comenzó a latirle con más fuerza.
Miró hacia la parada y vio a una mujer que corría bajo la lluvia.
Llevaba la capucha puesta y avanzaba apurada, intentando alcanzar el colectivo. No era demasiado alta ni demasiado baja. Su cabello, de un tono chocolate, apenas se asomaba debajo de la tela. No era ni muy largo ni muy corto.
Nicolás no podía verle bien el rostro.
Aun así, algo en aquella imagen lo dejó inquieto.
Frenó y abrió las puertas.
La mujer llegó casi al mismo tiempo que el colectivo. Subió apurada, todavía intentando acomodarse la capucha, sin mirar hacia el interior.
—Buen día —saludó, con la respiración un poco agitada.
Nicolás respondió, pero su atención permaneció en ella.
No sabía qué estaba buscando. Ni siquiera entendía por qué aquella pasajera le provocaba semejante sensación.
Ella indicó su destino y comenzó a sacar el dinero para pagar.
Entonces se quitó la capucha.
Y el mundo de Nicolás pareció detenerse.
La vio.
Su rostro quedó al descubierto, iluminado por la claridad gris de aquella mañana lluviosa. Tenía los ojos que él no sabía que estaba buscando, la expresión que su memoria había perdido y una sonrisa que apareció apenas, como si intentara esconder algo detrás de ella.
Era hermosa.
Pero había algo más.
Una tristeza pequeña, casi imperceptible, que acompañaba aquella sonrisa.
Nicolás sintió que el corazón le daba un golpe en el pecho.
¿Por qué?
¿Por qué no podía apartar los ojos de esa mujer?
¿Por qué sentía que debía conocerla?
¿Por qué, de repente, el ruido del colectivo, la lluvia y las voces de los pasajeros parecían haberse quedado lejos?
Ella terminó de acomodarse el pelo mojado.
Y él siguió mirándola.
¿Quién sos?
La pregunta apareció en su mente sin que pudiera evitarlo.
Y, casi inmediatamente, otra la siguió.
¿Por qué siento que te estaba esperando?
Clara levantó la mirada para pagar.
Y lo vio.
Nicolás.
Su Nicolás.
El hombre que había esperado durante meses, el que había buscado en cada colectivo y en cada rostro, el que había extrañado hasta en los detalles más pequeños de su vida.
Estaba ahí.
Detrás del volante.
Vivo, sonriendo apenas, mirándola como si ella fuera alguien que acababa de descubrir.
Por un instante, Clara dejó de escuchar la lluvia.
No supo qué hacer con sus manos. No supo qué decir. Ni siquiera pudo respirar con normalidad.
Había imaginado tantas veces aquel encuentro. En sus pensamientos, se arrojaba a sus brazos, lo abrazaba con todas sus fuerzas, escondía el rostro en su cuello y respiraba su perfume como si necesitara comprobar que era real.