Atravez del Espejo

Me escribís?

A TRAVÉS DEL ESPEJO

Tonya.g

Capítulo 44: Dos corazones, una misma necesidad

El viaje transcurrió con normalidad, al menos en apariencia.

Nicolás conducía atento al camino, aunque cada vez que podía buscaba a Clara en el espejo retrovisor. Sus anteojos oscuros le permitían observarla sin que ella notara con tanta facilidad cuánto le interesaba.

Seguía siendo el hombre serio y amable de siempre, pero algo había cambiado. Ahora esperaba verla subir. Y cuando lo hacía, una pequeña alegría le nacía por dentro.

Clara tampoco se quedaba atrás. Cada vez que encontraba la oportunidad, levantaba la mirada y buscaba sus ojos en el espejo. A veces él parecía estar pendiente del camino; otras, sus miradas se encontraban durante apenas un segundo.

Y a ella le bastaba para sonreír.

Cuando llegó su parada, Clara se preparó para bajar. Sacó del bolso el Marroc que había llevado especialmente para él y esperó a que el colectivo se detuviera.

Las puertas se abrieron.

Antes de descender, se dio vuelta y extendió la mano con el chocolate.

—Gracias. Que tengas un buen día, para vos.

Nicolás se sorprendió, pero aceptó el regalo.

—Gracias —respondió, mirándola con curiosidad.

Clara bajó y se alejó unos pasos. Él, todavía con el chocolate en la mano, descubrió el papelito pegado al envoltorio.

«Sos más lindo cuando sonreís».

Debajo había un pequeño corazón.

Sin poder evitarlo, sonrió.

Levantó la mirada hacia el espejo retrovisor y la encontró observándolo desde la vereda. Clara también sonrió al verlo, y por unos segundos permanecieron conectados a través de aquel reflejo que parecía unirlos y separarlos al mismo tiempo.

Nicolás guardó cuidadosamente la nota.

Después continuó su recorrido, pero aquella sonrisa lo acompañó durante el resto del día.

Clara llegó a su trabajo con el corazón lleno de alegría. Había conseguido regalarle un pequeño momento de felicidad y, aunque todavía no sabía qué significaba para él, sentía que había dado un primer paso.

Los días siguientes se llenaron de pequeños detalles.

A veces era Clara quien le dejaba un chocolate con una frase escrita a mano. Otras, Nicolás encontraba la manera de devolverle el gesto con un caramelo y una nota breve.

No necesitaban grandes declaraciones. Les alcanzaban aquellos intercambios, las sonrisas disimuladas y las miradas que se cruzaban a través del espejo.

Poco a poco, los dos empezaron a esperar algo más.

Nicolás quería escucharla, conocer su nombre, saber qué le gustaba y por qué su presencia le despertaba tantas emociones. Clara, por su parte, deseaba acercarse sin asustarlo, darle la oportunidad de conocerla y descubrir si aquel sentimiento que parecía nacer entre ellos podía crecer.

Pero los días pasaban y ninguno se animaba a dar el siguiente paso.

Hasta que Clara decidió que ya era hora.

Una tarde preparó dos chocolates con forma de corazón y escribió una nota:

«No quiero incomodarte, pero me encanta verte sonreír. Quisiera conocerte más, sin comprometerte».

La leyó varias veces antes de guardarla en el bolso. No quería que Nicolás sintiera ninguna obligación. Solo deseaba que supiera que, si él también quería, ella estaba dispuesta a conocerlo.

Nicolás, sin saber lo que Clara estaba preparando, había llegado a la misma decisión.

Estaba cansado de preguntarse quién era aquella mujer y por qué le provocaba tantas ganas de acercarse. Había algo en ella que lo atraía, algo que no conseguía explicar, pero que ya no quería seguir ignorando.

Tomó un papel y escribió su número de celular. Debajo agregó:

«No sé qué tenés, pero desde que te vi no dejo de pensar en vos. Me gustaría conocerte. ¿Me escribís?»

Guardó el papel con cuidado.

No sabía si ella lo aceptaría, si le escribiría o si todo aquello que sentía tendría algún sentido. Pero necesitaba intentarlo.

Por primera vez desde que había vuelto al trabajo, sentía que estaba a punto de hacer algo que iba más allá de su rutina.

Y no quería dejar pasar la oportunidad.

Llegó el día.

Clara subió al colectivo como siempre, con sus dos chocolates y la nota guardados en el bolso.

—Buen día —saludó.

—Buen día —respondió Nicolás.

Ella pagó el pasaje y buscó un asiento libre. Durante el recorrido se miraron varias veces a través del espejo. Ambos parecían tranquilos, pero por dentro estaban llenos de nervios.

Clara repasaba mentalmente lo que había escrito.

Nicolás comprobaba, cada tanto, que el papel con su número siguiera en el bolsillo.

Los dos esperaban el mismo momento.

Cuando Clara se acercaba a su parada, se levantó y sacó los chocolates. Nicolás la vio prepararse para bajar y, casi al mismo tiempo, buscó el papel con su número.

El colectivo se detuvo.

Las puertas se abrieron.

Clara se dio vuelta y le extendió los dos corazones.

—Esto es para vos —dijo con una sonrisa.

Nicolás los recibió y, sin dejar pasar la oportunidad, le entregó el papel doblado.

—Y esto es para vos.

Por un instante, ambos se miraron con sorpresa.

Clara bajó la vista hacia el papel que tenía entre los dedos. Nicolás observó los chocolates y descubrió la nota que ella había escrito.

Leyó sus palabras.

«No quiero incomodarte, pero me encanta verte sonreír. Quisiera conocerte más, sin comprometerte».

Algo cálido le recorrió el pecho.

Mientras tanto, Clara abrió el papel y encontró el número de celular de Nicolás junto a aquellas palabras que parecían responder exactamente a lo que ella sentía.

«No sé qué tenés, pero desde que te vi no dejo de pensar en vos. Me gustaría conocerte. ¿Me escribís?»

Clara levantó los ojos.

Nicolás ya la estaba mirando.

Y entonces los dos sonrieron.

No era una sonrisa de cortesía ni una mirada casual a través del espejo. Era la alegría de descubrir que no estaban solos en aquel sentimiento, que el otro también había estado esperando y también necesitaba dar un paso más.



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En el texto hay: amor risas romance accidentado

Editado: 26.10.2026

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