Atravez del Espejo

Atravez del Espejo Final

A TRAVÉS DEL ESPEJO

Tonya.g

Capítulo 47: El espejo que siempre los unía

Volvieron los días de felicidad, los mensajes a toda hora, las risas inesperadas y esa sensación de estar completos que tanto habían extrañado.

Después de todo lo vivido, Nicolás tenía una certeza: no quería perder ni un segundo más lejos de Clara.

Cada mañana, apenas despertaba, buscaba el celular y le escribía a su bonita.

—Buen día, mi amor. ¿Cómo amaneciste?

Y esperaba su respuesta con una sonrisa que no podía disimular.

Durante el día quería saber cómo estaba, si había comido, cómo le había ido en el trabajo o si algo la había hecho reír. A veces la llamaba solo para escuchar su voz unos minutos. Otras, le mandaba un mensaje cariñoso sin ningún motivo, simplemente porque necesitaba recordarle que estaba ahí.

Ya no quería dejar para después las palabras que sentía ni dar por sentado que siempre habría otra oportunidad.

Había perdido meses sin saberlo. No quería volver a perder tiempo con ella.

Clara, por su parte, vivía aquella felicidad con el corazón abierto.

Había recuperado a su amor, a su señor seriedad, como le gustaba llamarlo cuando conseguía sacarle una sonrisa. Había recuperado sus mensajes, sus besos y esa manera tan suya de prestarle atención, escucharla y hacerla sentir querida.

Después de tantos meses de tristeza, volvía a sentirse acompañada.

Nicolás la escuchaba hablar de su día, se interesaba por las cosas que le pasaban y recordaba los pequeños detalles que la hacían feliz. Y Clara disfrutaba de cada uno de ellos, no porque fueran grandes gestos, sino porque le demostraban que él estaba presente.

Esta vez, los dos sabían lo que tenían entre manos.

Por eso no quisieron perder más tiempo.

Conocieron a sus familiares, compartieron momentos con sus amigos y comenzaron a integrar sus vidas con la naturalidad de quienes estaban seguros de lo que sentían. No querían esconderse ni vivir su amor a medias. Querían que las personas importantes para ellos conocieran a quien les hacía brillar los ojos de aquella manera.

Y cada día encontraban una razón nueva para elegirse.

Eran ellos. Con sus risas, sus miradas, sus ocurrencias y esa conexión que parecía sobrevivir incluso a lo que la memoria había borrado.

Dos personas que, después de haberse perdido, habían vuelto a encontrarse.

Y que ahora querían caminar juntas.

Una mañana, Nicolás se despertó temprano.

Todavía tenía sueño, pero apenas abrió los ojos tomó el celular y le escribió a Clara. Después se levantó, desayunó y comenzó a prepararse para su turno.

Conocía su recorrido. Sabía dónde tenía que detenerse, cuándo debía prestar especial atención y la responsabilidad que llevaba cada día detrás del volante.

Pero también sabía que, en una de aquellas paradas, estaría ella.

Su bonita.

Se acomodó el uniforme, revisó que no le faltara nada y salió de casa con una sonrisa que lo acompañó hasta llegar al trabajo.

Clara también se preparó para su jornada.

Se arregló pensando en que volvería a verlo y, mientras terminaba de alistarse, respondió el mensaje que él le había enviado.

No necesitaban grandes promesas para sentirse cerca. Les bastaba con saber que, unas horas después, compartirían otra vez aquel pequeño momento que había formado parte de su historia desde el principio.

Cuando llegó a la parada, Clara reconoció el colectivo a lo lejos.

Y entonces lo vio.

Ahí estaba Nicolás, detrás del volante, concentrado en su trabajo.

Ella conocía aquella silueta como si la llevara grabada en la memoria. Podía reconocerlo entre muchas personas, por su postura, por sus movimientos y por esa seriedad que parecía acompañarlo siempre.

Pero había algo que solo ella conocía: la sonrisa que le regalaba cuando sus miradas se encontraban.

Una sonrisa que no necesitaba mostrarle a todo el mundo.

Una sonrisa que Clara sentía suya, aunque jamás hubiera querido que dejara de compartirla con los demás.

El colectivo se detuvo y las puertas se abrieron.

Clara subió.

—Buen día —saludó, intentando mantener la naturalidad.

—Buen día, mi… —Nicolás estuvo a punto de decir algo más, pero se contuvo a tiempo—. Buen día —repitió, con una sonrisa disimulada.

Ella tuvo que morderse el labio para no reírse.

Se miraron apenas un instante, pero fue suficiente para entenderse.

Clara pagó el boleto y caminó hasta el medio del colectivo, justo donde acostumbraba sentarse, en aquel lugar que guardaba tantos recuerdos.

El lugar donde todo había comenzado.

Se acomodó y miró hacia adelante.

Nicolás la buscó en el espejo retrovisor.

Ahí estaba ella, sonriéndole.

Él le devolvió la sonrisa y después volvió la atención al camino.

La deseaba cerca. Extrañaba abrazarla, besarla y tenerla entre sus brazos. A veces, mientras conducía, le daban ganas de detener el tiempo y sentarse a su lado para conversar como lo hacían cuando no había obligaciones que los separaran.

Pero conocía su responsabilidad.

Llevaba pasajeros, debía conducir con cuidado y respetar su trabajo. Clara lo sabía, y por eso jamás le exigía más de lo que podía darle durante el recorrido.

Se entendían sin necesidad de hablar.

Ella lo miraba cuando podía y disfrutaba de verlo allí, detrás del volante, serio y respetuoso con todos, pero regalándole a ella aquellas pequeñas sonrisas que le iluminaban el día.

A veces le costaba creer que aquel hombre, que para los demás parecía tan reservado, fuera el mismo que le escribía mensajes dulces a cualquier hora, que se preocupaba por cómo estaba y que podía pasar una noche entera hablando con ella.

Ese era su Nicolás.

Su señor seriedad.

El hombre que la había enamorado antes de perder la memoria y que había vuelto a elegirla después de recuperarla.

Y ella volvía a enamorarse de él cada día.



#1097 en Fantasía
#200 en Magia

En el texto hay: amor risas romance accidentado

Editado: 26.10.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.