Aquella tarde, la directora Alison recorrió el cuarto nivel del colegio.
Avanzó por los pasillos, inspeccionando cada salón de clases y aquellas habitaciones que, con el tiempo, había terminado convertidas en bodegas. Su mirada se detenía en las puertas entreabiertas, los rincones olvidados y cualquier cosa que pareciera fuera de lugar.
No pensaba marcharse sin revisar hasta el último rincón.
— Alison — escucho por su hombro.
A lo lejos, el subdirector arreglado de pies a cabeza, se acercó con una hoja y un celular en manos.
— Alison, espera — siguió él sin efecto.
La mujer en cambio, abrió una puerta en una bodega repleta de materiales y equipos deteriorados.
— ¡El nuevo socio está en espera! — gritó tan alto que produjo un eco en el corredor.
De un momento a otro, los tacones de Alison rebotaron en el corredor demasiado cerca al subdirector, mientras sus manos sujetaron el celular en medio de la llamada.
— ¿Buenas tardes? —pronunció en una voz ligera—. ¿La semana de exámenes?
Lentamente su semblante creció en una ligera sonrisa.
— Nos encantaría contar con su ayuda, muchas gracias por su aporte.
— Y algo más — se escuchó por el teléfono—. Con respecto a mi sistema de becas, espero su firma en el documento.
— Si, gracias.
— Por cierto, ¿Porque me pidió que la documentación nueva esté bajo su nombre? ¿Su padre está bien?
— ¿Qué? Si, si está bien —el tono cambió. Su mano apretó su espalda y sonrió—. Pero a partir de ahora yo me haré cargo de todo, así que le agradecería que me contacte solo a mí.
— De acuerdo.
Las horas pasaron y en medio de una sala frente a una pequeña cocina, los siete adolescentes revisaron hoja tras. Desordenados apuntes y un libro de matemáticas apunto de caerse en el filo de la mesa.
Theo tomó una hoja en blanco y empezó a dibujar.
— Si el fantasma no aparece esta semana, como la última vez, entonces podremos preparar algo para el viernes —la voz del pelirrojo retumbó con orden.
— La última vez divulgó a Jack y Sofia — Corni suspiro y sonrió con orgullo—. Aunque se lo agradezco. Ahora los odio, no me quiero juntar con malas personas.
Bruno apenas la escuchó, apretó sus labios.
— ¿Creen que haga lo mismo ahora? — continuó ella y vio a cada uno—. Quisiera que hable de esa tal camila.
— Corni, esto es serio —talia siseo, su mirada baja a sus apuntes—. aunque me gustaría que fuera tras Tom.
Pronto dos manos golpearon la mesa.
— Oigan — Bruno llamó, su tono rudo atrajo la atención de todos—. ¿Y si dejamos que el fantasma hable?
Theo volteo hacia él.
— ¿Enserio? —siseo—. ¿Por qué?
Bruno apenas pudo responder. Trago hondo en un intento de retener su vista sobre Corni. Era obvio su búsqueda de palabras al apretar sus labios con fuerza.
Fue entonces que una nueva voz se escuchó.
— ¿No creen que nos ayudaría saber qué es lo que está pensando el fantasma ahora? — Kayle esforzó una sonrisa y tomó la muñeca de Bruno—. ¿Es lo que querías decir?
— Ah, algo así — gimoteo Bruno, una vez se alejó del agarre.
— Entonces, ¿no haremos nada? —La voz de Arthur se presentó.
Cada uno volteo a Theo, en busca de una respuesta.
— Sigamos con el plan de búsqueda de Kayle y Andrew, seguiré hablando con Aidan, ustedes sigan con lo suyo.
— Esperen — La voz de bruno volvió a atraer miradas—. Es que yo … yo quiero saber, si …
Sus dedos jugaron con el lapicero, sin poder ver a los demás sentados suspiro y volteo a Corni.
— Podemos averiguar sobre nuestras familias
— ¿Qué? — Corni exclamó.
El lado izquierdo de su labio se levantó, en una extraña mueca demasiado expresiva por la indignación.
— ¿Y porque quieres saber sobre nuestras familias?
— Por lo que dijo el perro —Artur, en un tono taciturno dejó caer su lápiz en sorpresa— Ah, el tío de Talia.
— Pues ya no me sorprende saber que pudo haber hecho mi padre — dijo Theo — pero …
En el momento que dejo de hablar, el cerrojo de la puerta empezó a revolverse junto a un sonido metálico que alarmó a todo el grupo en un aspide de miedo, se levantaron a revolver sus planes dibujados en hojas y reemplazarlos por los libros de estudio.
—¿Tu mamá llegó antes? —susurró Arthur hacia Theo.
Theo apenas tuvo tiempo de encogerse de hombros cuando la puerta se abrió, con una suave risa de dos personas.
Una mujer y un hombre.
Amelia, la madre de Theo entró sin cuidado, con su cabello pelirrojo hasta los hombros. Todavía sonreía mientras inclinaba el rostro hacia el hombre que la acompañaba, como si compartieran una broma que los demás no tenían por qué entender.
El hombre cruzó el umbral detrás de ella.
Llevaba una chompa impecable, el cabello cuidadosamente peinado y una expresión relajada que se desvaneció en cuanto levantó la mirada.
Oscar.
El profesor de Arte del colegio.
Durante un instante, nadie dijo nada.
Arthur dejó de acomodar sus libros. Uno de los chicos se quedó con la mochila abierta entre las manos. Corni, que hasta entonces había estado pendiente de recoger sus cosas, alzó lentamente la cabeza.
Theo miró a su madre. Después, al profesor. Finalmente, volvió a mirar a su madre. Su rostro apenas volteó sobre su hijo.
— Bueno, gracias por todo Oscar — dijo ella.
— Si, si… chicos, hola —saludó, con una sonrisa que apareció tarde y desapareció demasiado pronto.
Nadie respondió de inmediato.
El profesor se aclaró la garganta y echó un vistazo a los libros abiertos sobre la mesa. Uno de ellos estaba al revés.
—¿Estudiando? —preguntó.
—Sí —contestó Corni.
Lo dijo tan rápido que pareció una acusación.
Oscar asintió varias veces, como si aquella respuesta le hubiera proporcionado una salida digna.
— Bueno, qué bien. Eso está… muy bien — Oscar vio de nuevo a Amelia y sonrió— será mejor que me vaya. Nos vemos en clase, chicos.