CAPÍTULO 10
EL PESO DE UN PASO REAL
Había abandonado la vieja sala de servidores siguiendo a Bastet. El camino hacia Irminsul había quedado atrás, aunque la marca de su muñeca seguía latiendo en aquella dirección. La gata había elegido una ruta distinta, descendiendo hacia la costa.
El cronómetro interno de la muñequera marcó las 20:02.
Por inercia, Lorena levantó el brazo izquierdo, esperando ver el parpadeo azul que indicaba la transición de turno en el Sector 7. Durante años, aquel pequeño destello había organizado sus tardes con precisión inquebrantable. Era la señal para abandonar una tarea, dirigirse al módulo de descanso y someterse a la evaluación emocional correspondiente.
Pero la pantalla estaba completamente negra.
Muerta.
El cristal antirreflejos solo devolvía el brillo difuso de un atardecer que ya no llegaba filtrado por los algoritmos del Hospital. No había instrucciones, avisos de seguridad ni una voz sintética dispuesta a corregir cualquier desviación de su comportamiento.
Solo aquella hora, detenida en una muñequera inútil.
A su espalda, el murmullo constante de los ventiladores de la sala de servidores se fue apagando de manera irregular. Primero cesó uno de los motores. Después, otro respondió con un traqueteo breve, como si intentara completar un último ciclo.
Giro, desaceleración, inercia, silencio.
Ninguna sirena de emergencia acompañó el apagón. Las máquinas simplemente se rindieron al peso del polvo y al frío de los cables seccionados.
—Ya no hay registros, Bastet —susurró Lorena.
La gata caminaba unos pasos más adelante, con el lomo bajo y las orejas atentas a los sonidos reales del páramo: el crujido de las ramas secas, el zumbido de un insecto nocturno y el golpeteo del viento contra las estructuras de hormigón abandonadas.
Lorena dio un paso. Y luego otro.
El terreno no se parecía en nada al suelo sintético, perfectamente nivelado y antideslizante, de los pasillos corporativos. La tierra bajo sus botas era irregular, húmeda, cubierta de raíces y pequeñas piedras sueltas que obligaban a sus tobillos a buscar el equilibrio por sí mismos. No había un mapa en su campo visual que le indicara el camino más eficiente ni un sensor que midiera el desgaste de sus articulaciones.
Un dolor breve le atravesó el tobillo izquierdo cuando pisó una piedra oculta bajo el barro. Se detuvo y apoyó una mano en el tronco más cercano. La corteza estaba fría y húmeda. Esperó a que el dolor remitiera.
En el Hospital, aquella molestia habría generado una notificación, una evaluación automática y quizá una dosis correctiva antes de que pudiera siquiera identificarla.
Ahora solo tenía su propio cuerpo para escuchar.
Y su cuerpo, descubrió, también sabía pedirle que se detuviera.
Respiró hondo. El aire olía a tierra removida, vegetación húmeda y sal. Le raspó ligeramente la garganta, pero no intentó contener la tos. No había nadie que pudiera interpretar aquel gesto como una anomalía.
Por primera vez en su vida, caminar no era una operación que debiera optimizarse.
Era simplemente caminar.
A lo lejos, recortado contra el cielo de plomo y fuego que teñía el horizonte de julio, el viejo faro giraba sobre las rocas. Su haz de luz cruzaba la penumbra con una regularidad ciega, indiferente a quién lo mirara, a si la Red seguía en pie o a si el mundo entero se desmoronaba.
La luz pasó sobre el rostro de Lorena y, durante un instante, iluminó algo que creyó reconocer en la distancia: una estructura baja junto a la costa, apenas visible entre las ruinas.
No sabía qué era, pero la imagen le produjo una inquietud familiar.
Recordó las manos de Aurora sobre una superficie de madera y el sonido de una luz giratoria atravesando la oscuridad.
—¿Habíamos estado aquí, mamá? —murmuró.
La pregunta se perdió entre el viento y el rumor lejano del mar.
Durante un instante quiso que Aurora respondiera. No a través de un archivo ni mediante una reconstrucción de voz, sino con sus pequeñas pausas y aquella respiración irregular que aparecía cuando estaba cansada.
Pero solo obtuvo el sonido de las olas golpeando las rocas.
Lorena se detuvo junto a un desnivel del camino. Una rama caída, cubierta de musgo tierno, bloqueaba parcialmente el paso. Se agachó y rozó la madera con las yemas de los dedos. Sintió la rugosidad de la corteza y la suavidad del musgo creciendo sobre lo que había sido una rama viva.
Nadie había catalogado aquel fragmento de madera. Ningún supervisor había asignado un código de prioridad a su retirada.
Simplemente estaba allí, cumpliendo su ciclo de descomposición y vida.
Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta. La llave de latón había dejado de existir como objeto separado. Su presencia permanecía bajo la piel, convertida en aquella marca de raíces que latía en sintonía con el eco lejano del subsuelo.
Pasó el pulgar sobre la muñeca. La superficie parecía normal, pero al presionarla notó una tibieza tenue, como si algo se hubiera despertado bajo los tejidos.
No sabía si aquella marca era una herencia, una señal o una puerta que todavía no había aprendido a abrir.
Tampoco sabía si quería descubrirlo.
Por primera vez, podía permitirse no conocer la respuesta.
El sendero descendía suavemente hacia la costa. A ambos lados, las primeras casas del pueblo abandonado emergían de la vegetación como restos de una vida que nadie había reclamado. Algunas conservaban los tejados hundidos; otras apenas mantenían en pie una fachada cubierta de hiedra. Las ventanas estaban vacías y las puertas, arrancadas de sus bisagras, dejaban ver habitaciones invadidas por helechos.
El viento traía desde allí un olor distinto: madera podrida, salitre y algo más tenue que Lorena no supo identificar.
Bastet se detuvo junto a una piedra cubierta de líquenes. Olfateó una grieta y después miró hacia la izquierda, donde una senda casi oculta desaparecía entre los helechos.
Editado: 02.11.2026