El frío de Colorado se cuela por cualquier parte de mi ropa que encuentra mientras camino hacia el instituto con las manos escondidas en los bolsillos del abrigo. Se abre paso por el cuello, por las mangas e incluso por ese pequeño espacio entre el jersey y los vaqueros que parece haberse convertido en su lugar favorito. Camino deprisa, no porque tenga ganas de llegar, sino precisamente porque quiero que el trayecto termine cuanto antes. Las hojas secas crujen bajo mis botas y el aire de octubre me corta las mejillas. Respiro hondo y veo cómo una pequeña nube de vaho escapa de mis labios antes de desaparecer frente a mí.
No tengo ganas de ir a clase. Últimamente nunca tengo ganas.
Me gustaría dar media vuelta, volver a casa y pasar el resto del día encerrada en mi habitación, con un libro entre las manos, los auriculares puestos y la puerta cerrada. Cualquier cosa sería mejor que cruzar esas puertas, pero aquí estoy otra vez, caminando hacia el mismo lugar al que llevo meses intentando no tener que volver.
Durante el día, el sol consigue que Colorado parezca mucho más amable de lo que realmente es, pero las mañanas se encargan de recordarme que estamos rodeados de montañas y que algunas de sus cumbres todavía siguen cubiertas de nieve. Levanto la mirada durante unos segundos y vuelvo a encontrármelas detrás de los edificios del instituto. Son enormes, imponentes, casi demasiado perfectas para formar parte de un paisaje que veo prácticamente todos los días. Quizá por eso me gusta mirarlas, porque durante unos segundos consigo olvidarme de dónde estoy y de todo lo que me espera al otro lado de esas puertas.
A mi alrededor, el aparcamiento y la entrada del instituto empiezan a llenarse. Hay estudiantes caminando en grupos, algunos riéndose mientras hablan sobre la fiesta del viernes, otros con los auriculares puestos y unos cuantos corriendo hacia la puerta antes de que suene el timbre. Los observo durante un instante mientras avanzo entre ellos y no puedo evitar pensar que todos parecen saber exactamente dónde tienen que estar, con quién tienen que estar y cómo deben comportarse. Yo, en cambio, siento que llevo meses intentando encontrar un lugar en el que no parezca que estoy ocupando el espacio equivocado.
Bajo la mirada y sigo caminando, intentando pasar desapercibida, hasta que una carcajada detrás de mí hace que todo mi cuerpo se tense. No necesito girarme para saber de quién es. Aprieto un poco más los dedos alrededor de las correas de mi mochila y continúo andando como si no hubiera escuchado nada, como si no me importara, como si cada mañana no tuviera que reunir el valor suficiente para entrar por esas puertas.
Miro la hora en el móvil. Todavía faltan unos minutos para que empiece la primera clase y, por primera vez, deseo que el reloj pudiera detenerse. Que las clases no empezaran, que el día no empezara, que pudiera quedarme aquí, en mitad del frío, mirando las montañas, porque al menos ellas no me preguntan por qué soy tan rara, no se ríen cuando paso a su lado y no consiguen que me sienta como si quisiera desaparecer.
Pero el timbre suena.
Cierro los ojos durante un segundo, respiro hondo y entro.
No llego muy lejos.
Alguien me empuja por detrás y pierdo el equilibrio. Caigo de rodillas contra el suelo y los libros que llevaba entre las manos se me escapan, deslizándose por el pasillo.
—Lo siento, no te habíamos visto.
Las risas que siguen a sus palabras me hacen bajar la mirada. Antes de que pueda siquiera agacharme para recoger mis cosas, una de las zapatillas golpea uno de mis libros y lo manda unos metros más lejos. Las carcajadas aumentan.
Me quedo quieta durante un instante, mirando el libro en el suelo, hasta que siento cómo una lágrima se desliza por mi mejilla. Me la limpio rápidamente con el dorso de la mano y me levanto como si nada hubiera pasado. Como si no me dolieran las rodillas, como si no hubiera escuchado las risas, como si no sintiera todas esas miradas clavadas en mí.
Recojo mis libros uno a uno y los abrazo contra el pecho antes de seguir caminando.
Solo quiero que el día pase rápido. Quiero que llegue la tarde, ir a ayudar a Rose a la cafetería y después volver a casa para poder encerrarme por fin en mi habitación.
El resto del día transcurre prácticamente igual. Intento pasar desapercibida durante las clases, respondo cuando los profesores me preguntan algo y evito llamar demasiado la atención. A la hora de comer, en lugar de dirigirme al comedor, me voy a la biblioteca. Allí al menos nadie espera que hable con ellos ni que finja estar disfrutando de algo. Puedo sentarme en una de las mesas del fondo y perderme durante un rato entre las páginas de cualquier libro, aunque solo sea para conseguir que el tiempo pase un poco más deprisa.
Cuando termina la última clase y suena el timbre, recojo mis cosas y salgo del instituto casi a toda prisa. No miro atrás. No quiero saber si alguien me está mirando ni escuchar otra carcajada que pueda hacerme recordar lo ocurrido aquella mañana.
Después voy directamente a la cafetería para ayudar a Rose con mi turno. Ella siempre consigue hacer que aquel lugar parezca un poco más acogedor de lo que realmente es y, durante las horas que paso allí, intento dejar atrás todo lo que ha ocurrido en el instituto.
—Deberías bajar un poco a la tierra, Love.
Es lo que Rose me dice siempre, porque siempre estoy pensando en las historias que leo. Sonrío ligeramente cuando me lo recuerda, aunque quizá tenga razón. A veces siento que es mucho más fácil vivir dentro de los libros que en mi propia vida. Allí las cosas siempre terminan teniendo algún sentido, incluso cuando todo parece ir mal.