Auren: dónde mueren los cuentos

3

Miro a mi alrededor, todavía aturdida, intentando encontrar alguna explicación que tenga sentido. Las paredes son de un tono claro y están decoradas con detalles dorados, las cortinas largas caen desde el techo hasta el suelo y una enorme cama con un cabecero de madera tallada ocupa buena parte de la estancia. Una alfombra gruesa y extremadamente suave cubre el suelo y, desde algún lugar, llega un aroma dulce a flores que hace que todo parezca todavía más irreal.

Bajo la mirada hacia mí misma. Sigo llevando mi pijama de Mickey Mouse y estoy descalza. Me llevo una mano a la cabeza y siento un ligero dolor en la sien mientras intento recordar cómo he llegado hasta allí. Lo último que recuerdo es estar en mi habitación, mirando una estrella fugaz desde la ventana. Después, algo comenzó a brillar y tiró de mí.

Y luego, nada.

Me levanto despacio de la cama y apoyo los pies sobre la alfombra. El tacto es tan suave que casi consigue hacerme olvidar por un instante que no tengo ni idea de dónde estoy. Quizá sigo soñando. Sí, tiene que ser eso. Me acerco a los ventanales y aparto ligeramente la cortina, y lo que encuentro al otro lado me deja sin palabras. Hay un enorme jardín que se extiende alrededor de lo que parece un castillo, con fuentes, caminos de piedra, árboles de colores que nunca había visto y torres que se elevan hacia el cielo. Más allá se extiende un paisaje de montañas cubiertas de niebla y, entre ellas, puedo distinguir algo que parece un lago.

Es precioso. No. Precioso se queda corto. Parece imposible.

Me quedo allí unos segundos, completamente embobada, hasta que recuerdo que debería estar en clase.

—Tengo que despertarme.

Lo digo en voz baja, como si pronunciarlo pudiera conseguir que todo aquello desapareciera. Me pellizco el brazo y duele. Lo vuelvo a intentar y duele todavía más.

—Ay.

Miro mi brazo y después la habitación. Sigo allí. Cierro los ojos con fuerza y vuelvo a abrirlos, esperando encontrar mi dormitorio, mi escritorio, mis libros y la pared llena de fotografías, pero nada cambia. El corazón empieza a latirme más deprisa.

No puede ser.

Doy un paso atrás justo cuando escucho unos pasos al otro lado de la puerta. Me quedo paralizada mientras se acercan y, por puro instinto, miro alrededor en busca de algo que pueda utilizar para defenderme. Mis ojos terminan encontrando un candelabro sobre la mesita de noche y la agarro con ambas manos antes de alejarme todo lo posible de la puerta.

La puerta se abre y cuatro personas aparecen al otro lado. Mi corazón parece detenerse.

No van vestidos como yo. Llevan ropa distinta, extraña, como si fueran personajes salidos de un libro de fantasía.

Es alto, de cabello oscuro y ligeramente despeinado, con unas facciones marcadas y una expresión seria que hace que parezca todavía más intimidante. Viste de negro y azul oscuro, con detalles plateados en la ropa y una capa sobre los hombros. A su cintura lleva una espada.

Sus ojos son lo que más me llama la atención. De un tono azul grisáceo, frío e imposible de descifrar, permanecen fijos en mí mientras se acerca.

No sé quién es.

No sé dónde estoy.

Y tampoco sé quiénes son las personas que lo acompañan.

Solo sé que ninguno parece pertenecer a mi mundo.

—No...

La palabra apenas sale de mi garganta. El hombre que está en el centro da un paso hacia mí.

—Hola, yo...

Retrocedo inmediatamente y levanto el candelabro.

—No te acerques.

Mi voz tiembla tanto que apenas parece mía. Los dos guardias que están detrás de él llevan la mano hacia sus espadas y eso consigue que mi miedo aumente todavía más.

—¡No!

Me aferro con más fuerza al candelabro.

—Tienes que despertar, Love. Despierta...

Cierro los ojos con fuerza, esperando que todo desaparezca.

—Te dije que no era de fiar —escucho decir a uno de ellos.

—Rowan —responde el hombre que tengo frente a mí con firmeza—. Solo está asustada.

Abro los ojos lentamente. Sigue allí. No ha desaparecido. Se acerca de nuevo y vuelvo a retroceder hasta que mi espalda casi toca la pared.

—No...

Levanto un poco más el candelabro, aunque mis manos tiemblan tanto que dudo que pudiera hacerle daño a alguien con él.

—Eh —dice él con calma—. Solo queremos ayudarte.

Después mira a los dos guardias.

—Bajad las armas.

Ellos obedecen, aunque uno de ellos, Rowan, continúa observándome con una desconfianza que puedo sentir incluso desde donde estoy.

Cassian vuelve a mirarme.

—¿Lo ves? Nadie va a hacerte daño si tú dejas de amenazarnos con eso.

Señala el candelabro y, por primera vez, me fijo realmente en sus ojos. Son distintos, es como si tuviera una mirada fría y a la vez intentara entenderme. Tampoco parece estar enfadado conmigo. Solo está intentando mantener la calma.



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En el texto hay: principe, magia, criaturasmagicas

Editado: 19.10.2026

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