La tarde llega más rápido de lo que esperaba. Después de pasar parte del día con Kaia, regreso a mi habitación para descansar un poco, aunque mi cabeza sigue llena de todo lo que he visto y aprendido desde que llegué a Auren. Todavía me cuesta asimilar que este lugar sea real, que las personas que he conocido pertenezcan a un mundo diferente al mío y que, de alguna manera, ahora tenga que aprender a vivir aquí mientras Maeve intenta descubrir cómo devolverme a casa.
Cuando llaman a la puerta, me incorporo en la cama.
—¿Sí?
La puerta se abre y Cassian aparece al otro lado.
—¿Estás ocupada?
Niego con la cabeza.
—No.
—Bien. Entonces podemos empezar.
Tardo un segundo en recordar a qué se refiere.
—Las lecciones.
—Las lecciones —repite.
Salgo de la cama y lo sigo hasta una pequeña sala cercana. Hay una mesa preparada en el centro, con varios platos, una copa y diferentes cubiertos colocados a ambos lados. Me quedo mirándolos durante unos segundos antes de volver la vista hacia Cassian.
—Son demasiados.
Cassian se sienta frente a mí.
—Solo necesitas conocer los que vas a utilizar.
Me siento también y observo la mesa con cierta desconfianza.
No puedo evitar sonreír ligeramente. Hay algo en la forma en que lo dice que hace que la situación parezca un poco menos complicada.
Cassian comienza explicándome para qué sirve cada cubierto y cuál debo utilizar primero. Intento memorizarlo todo, aunque después de unos minutos empiezo a confundirlos.
—¿Este?
Señalo uno.
—El de al lado.
Cambio la mano.
—¿Este?
—Ese.
Asiento, satisfecha conmigo misma.
—Creo que ya lo entiendo.
—Eso espero.
Después me explica cómo debo sentarme. Intento mantener la espalda recta, pero termino demasiado rígida.
—Relaja los hombros.
—Estoy intentando.
—Lo sé.
Se levanta y se acerca a mí. Durante un instante no sé qué va a hacer, hasta que coloca suavemente las manos sobre mis hombros y los baja un poco.
El contacto me sorprende. No estoy acostumbrada a que alguien me toque de esa manera, con tanta naturalidad, y mi cuerpo se queda quieto mientras él corrige mi postura.
—Así.
Cassian aparta las manos y vuelve a su sitio.
—¿Mejor?
—Sí.
Intento concentrarme en lo que está diciendo, aunque durante unos segundos soy demasiado consciente de la sensación de sus manos sobre mis hombros.
Continuamos con los cubiertos. Esta vez es mi turno de intentar hacerlo sola. Cojo el tenedor, pero mis dedos vuelven a colocarse mal.
Cassian se inclina hacia mí.
—Espera.
Toma mi mano con cuidado y mueve ligeramente mis dedos.
—No tienes que sujetarlo tan fuerte.
—Tengo miedo de que se me caiga.
—No se te va a caer.
—¿Y si sí?
Una sonrisa apenas perceptible aparece en su rostro.
—Entonces lo recogeremos.
Lo miro y, sin querer, sonrío.
—Eso ha sonado muy sencillo.
—Porque lo es.
Deja mi mano despacio y vuelve a apartarse. Intento hacerlo otra vez y, esta vez, sale bien.
—¿Así?
—Así.
Una pequeña satisfacción me recorre por dentro.
—Estoy aprendiendo.
—Sí.
La forma en que lo dice hace que levante la mirada. Cassian me está observando y, durante unos segundos, nos quedamos en silencio. Sus ojos azul grisáceos se mantienen sobre los míos y, de cerca, parecen incluso más bonitos que cuando lo vi por primera vez.
Me doy cuenta demasiado tarde de que llevo varios segundos mirándolo. Aparto la mirada rápidamente.
—¿Qué ocurre? —pregunta.
—Nada.
—¿Segura?
Asiento.
—Sí.
No insiste. Simplemente continúa con la explicación.
—Cuando estés en la mesa con la familia real, también tendrás que saber cuándo hablar y cuándo es mejor guardar silencio.
—Eso último se me da bastante bien.
Cassian me mira.
—Ya me he dado cuenta.
Bajo la mirada, un poco avergonzada.