Para el tercer día en Auren, ya he aprendido a no perderme por los pasillos del castillo. O, al menos, a hacerlo con mucha menos frecuencia.
Camino despacio por una de las galerías, dejando que la luz de la mañana entre a través de los enormes ventanales que se extienden a lo largo de la pared. Poco a poco empiezo a reconocer algunos rincones, algunas puertas e incluso los rostros de las personas que trabajan en el castillo. Todavía hay demasiadas cosas que desconozco, pero ya no siento que cada paso me lleve a un lugar completamente nuevo.
Sigo sin saber qué hago exactamente aquí ni cuánto tiempo tendré que permanecer en Auren. Tampoco sé cuándo podré volver a casa, pero al menos ya no siento la misma necesidad de encontrar una salida a cada momento.
Quizá sea porque estoy empezando a acostumbrarme.
Al pasar junto a uno de los ventanales, unas voces procedentes del exterior llaman mi atención. Me detengo y me acerco al cristal por pura curiosidad. Desde allí puedo ver a varias personas entrenando en los jardines. Algunas llevan espadas y practican movimientos que parecen perfectamente coordinados, mientras otras hacen algo que no consigo distinguir bien desde esta distancia.
Me quedo observándolas durante unos segundos.
En Auren parece que todo tiene una explicación que todavía desconozco.
Y, por primera vez desde que llegué aquí, descubrir que todavía me quedan tantas cosas por conocer no me provoca miedo.
Me provoca curiosidad.
Sigo caminando hasta llegar a unas enormes puertas de madera. Una de ellas está ligeramente abierta y, cuando empujo con cuidado para entrar, me quedo sin palabras.
Es una biblioteca.
Enorme.
Durante unos segundos no puedo hacer otra cosa que mirar a mi alrededor. Las estanterías se elevan casi hasta el techo y están repletas de libros de todos los tamaños y colores. La luz entra a través de los grandes ventanales y se refleja sobre las mesas de madera, haciendo que todo el lugar parezca todavía más mágico.
Es como si hubiera entrado directamente en el cuento de La Bella y la Bestia.
Entro despacio y comienzo a recorrer la biblioteca con la mirada, fascinada por cada estantería. Hay tantos libros que no sabría por dónde empezar.
—Buenos días, Love.
La voz de Kaia me sobresalta.
La encuentro detrás de una pila de libros, quitándoles el polvo y volviendo a colocarlos en su sitio.
—Kaia…
Me acerco un poco.
—Este sitio es increíble.
—Lo sé. ¿Te gustan los libros?
—Sí.
—Entonces aquí te vas a hartar.
Sonrío mientras ella continúa con su trabajo. Cojo uno de los libros que tengo más cerca y lo abro con cuidado, pasando algunas páginas antes de volver a mirar a Kaia.
—Oye, ¿sabes dónde está Cassian? No lo he visto todavía.
—¿Cassian?
Kaia levanta la mirada con los ojos muy abiertos.
—Sí.
—Deberías llamarlo alteza. O majestad, cuando corresponda.
—Pero él me dijo que podía llamarlo Cassian.
—¿Él te dijo eso?
Asiento, sin entender por qué parece sorprenderle tanto.
—Perdona —dice después, con una sonrisa un poco nerviosa—. ¿Puedo preguntarte algo?
—Claro.
Kaia deja el libro que tiene entre las manos y me mira con cierta curiosidad.
—¿Se está portando bien contigo?
La miro sin entender demasiado bien la pregunta.
—Es que… —duda un instante antes de continuar y baja un poco la voz— normalmente no suele portarse bien. Todo el reino lo llama el príncipe de hielo o el príncipe sin corazón. Pero cuando tú estás delante parece… diferente.
Me quedo callada.
No sé qué pensar de aquello.
Recuerdo a Cassian. La forma en que me habló cuando desperté. Lo cuidadoso que fue al acercarse para no asustarme. Las veces que ha intentado ayudarme desde que llegué. Sigue siendo frío y distante, y a veces parece que lleva una pared alrededor, pero conmigo nunca ha sido cruel.
—Se porta bien conmigo, Kaia.
—Bien.
Suspira aliviada y vuelve a colocar los libros.
—Me alegro.
La observo durante unos segundos antes de decidirme a preguntarle algo que lleva rondándome la cabeza desde que llegué.
—¿Puedo hacerte una pregunta yo a ti?
Kaia asiente.
—¿Eres una semihumana?
Ella vuelve a asentir.
—Me he fijado en que aquí hay más, pero todos los que he visto son sirvientes.
Kaia deja de colocar libros y me presta toda su atención.