Auren: dónde mueren los cuentos

10

Cassian

La mañana transcurre con más tranquilidad de la que esperaba. Después de terminar algunas de mis obligaciones, regreso al castillo y encuentro a Maeve en una de las salas que utiliza para trabajar. Hay varios libros abiertos sobre la mesa y algunos pergaminos extendidos a su alrededor.

—¿Has encontrado algo?

Maeve levanta la mirada.

—Algo, pero no lo suficiente.

Me acerco a la mesa y observo los libros.

—¿Sobre Love?

—Sí.

Señala uno de los textos.

—He estado revisando antiguos registros sobre magia relacionada con los deseos.

Frunzo ligeramente el ceño.

—¿Deseos?

—Love dijo que pidió uno antes de desaparecer de su mundo.

Asiento.

—Y después apareció aquí.

—Exactamente. No sabemos qué ocurrió entre ambas cosas, pero el resplandor que describió podría haber sido una manifestación mágica.

—¿Podría volver a suceder?

Maeve niega con la cabeza.

—No lo sé. Y ese es el problema.

Se queda unos segundos en silencio antes de añadir:

—Tampoco sé si el deseo fue lo que la trajo hasta Auren o si simplemente desencadenó algo que ya estaba destinado a ocurrir.

Miro los libros.

—¿Y cómo podemos devolverla?

—Primero necesito entender cómo llegó.

No me gusta esa respuesta, pero sé que no puedo exigirle algo que todavía no conoce.

—Sigue buscando.

Maeve sonríe ligeramente.

—Eso pensaba hacer.

Me alejo de la mesa y salgo de la sala.

Al recorrer el corredor principal, vuelvo a encontrarme con algunas personas que trabajan en el castillo. Como siempre, las conversaciones disminuyen cuando paso junto a ellas. No me sorprende. Estoy acostumbrado.

Desde hace años, la gente sabe que no soy un príncipe especialmente cercano. No me gusta hablar más de lo necesario, no suelo participar en celebraciones y mucho menos permitir que alguien se tome demasiadas confianzas conmigo. Por eso comenzaron a llamarme príncipe de hielo. Al principio fue un comentario, después se convirtió en un apodo y finalmente en la forma en la que muchos habitantes de Auren se refieren a mí.

Príncipe de hielo.

Príncipe sin corazón.

No me importa demasiado.

O eso es lo que siempre me he dicho.

Al llegar al patio encuentro a Rowan y Astrid preparándose para salir.

—¿Vais a Bellmere?

Rowan asiente.

—Nos han pedido que revisemos algunos asuntos del mercado.

—¿Los impuestos?

—También.

—Aseguraos de que nadie esté cobrando más de lo establecido.

Astrid asiente.

—Lo haremos.

Los observo durante unos segundos.

—Y averiguad si los comerciantes necesitan algo más.

Rowan sonríe.

—¿Eso ha sido una muestra de preocupación?

—No.

—Claro.

Le dirijo una mirada que hace que su sonrisa desaparezca.

—Id.

—Sí, alteza.

Los dos se alejan hacia las puertas del castillo. Me quedo observándolos durante unos segundos antes de continuar mi camino.

—¿Sigues siendo incapaz de sonreír?

Reconozco la voz de mi abuelo antes de girarme.

—Buenos días para ti también.

—Eso ha sonado casi amable.

—No te acostumbres.

Se ríe por lo bajo y camina a mi lado.

—La muchacha de otro mundo está cambiando algunas cosas.

Lo miro.

—¿Qué quieres decir?

—Desde que llegó, te preocupas por cosas que antes no parecían importarte.

—Es mi responsabilidad.

—Siempre dices eso.

No respondo. Mi abuelo guarda silencio durante unos segundos.

—La gente está hablando.

—La gente siempre habla.

—Dicen que eres diferente con ella.

—No lo soy.

—¿Estás seguro?

Lo miro directamente.

—Sí.

Mi abuelo sonríe ligeramente, como si no terminara de creerme.

—Entonces supongo que no habrá ningún problema.



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En el texto hay: principe, magia, criaturasmagicas

Editado: 19.10.2026

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