Abro los ojos de golpe y siento como si hubiera estado sin aire durante un buen rato. Respiro con dificultad hasta que consigo recuperar el control. Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que sigo llevando el vestido de Auren, pero ahora vuelvo a estar en mi habitación.
Y lo más extraño es que está tal y como la dejé, como si nadie hubiera entrado aquí en ningún momento.
Alguien llama a la puerta y me sobresalto.
—Love, cariño.
—¿Mamá?
—¿Aún estás despierta? ¿Puedo pasar?
Miro mi vestido y entro en pánico.
—Un segundo…
Me lo desabrocho como puedo y dejo que caiga a mis pies. Después, me despeino, deshaciendo todo lo que Kaia había hecho con mi pelo, y me pongo una bata. Abro la puerta y veo a mi madre sonriéndome al otro lado. Algo dentro de mí se llena de alivio y alegría, y no puedo evitar lanzarme a sus brazos para abrazarla.
—Oh, vale… —Sonríe y me devuelve el abrazo—. ¿Y esto?
—Te he echado de menos, mamá…
—Pero si hemos cenado juntas hace una hora, cielo.
Se separa un poco de mí y me limpia una lágrima de la mejilla.
—¿Estás bien?
Una hora…
Solo ha pasado una hora…
Parpadeo y sonrío, intentando disimular.
—Sí, lo siento… —Me aparto un poco—. Estaba de broma.
—Vale… —responde, no muy convencida—. No te acuestes tarde, mañana hay clase.
Asiento y vuelvo a meterme en mi habitación, cerrando la puerta detrás de mí.
Mis manos se mueven solas hasta mi cuello y mis dedos encuentran el colgante que sigue ahí. Lo sujeto con fuerza y aprieto los labios.
Cassian.
Estoy en casa, en Colorado, y aunque me he pasado semanas fuera, aquí el tiempo parece haberse detenido con mi partida.
Pero Cassian sigue muy lejos de mí y no tengo ni idea de cómo volver hasta él.
Me olvidará. Encontrará a otra princesa con la que casarse y yo no seré capaz de tener una vida normal sin él.
Mi príncipe azul, el que pensaba que solo existía en los cuentos.
Me meto en la cama, aferrándome al colgante, y empiezo a llorar.
No sé en qué momento me quedo dormida. Cuando abro los ojos, ya es de día y tengo que levantarme y vestirme para ir a clase, como si no hubiera pasado nada, como si todo fuera normal.
Lo hago sin muchas ganas. Me pongo un jersey de lana beige y unos vaqueros, me dejo el pelo suelto y cojo mi mochila.
El día transcurre como cualquier otro, pero yo siento que estoy un poco más rota y más sola de lo normal. Me había acostumbrado a Kaia, a Mimo, a Bloom… y ahora vuelvo a estar sola.
Es como si hubiera vuelto a perderme.
Durante uno de los descansos, me siento en el suelo del pasillo y saco uno de mis cuadernos. El lápiz empieza a moverse sobre el papel, dibujando a una chica con el pelo largo recogido en una trenza y unas orejas de zorro.
Sonrío al verla y paso los dedos por encima del dibujo, pero, de repente, el cuaderno sale volando de mis manos.
—¿Ya estás haciendo cosas raras?
Dos de mis compañeras de clase están de pie frente a mí, riéndose.
—Devuélvemelo…
Me levanto e intento recuperarlo, pero una de ellas se aparta.
—Ni te atrevas a tocarme, pringada.
Me empuja contra la pared y empieza a hojear el cuaderno.
—Eres muy rara, tía.
—Por favor…
Un par de lágrimas me resbalan por las mejillas. Una de ellas sonríe con malicia y arranca una de las hojas. Después hace lo mismo con las demás, destrozándolas y dejando caer los pedazos delante de mí.
—No…
Me agacho y empiezo a recogerlos, intentando salvar lo que queda de mis dibujos.
—Si le estamos haciendo un favor al mundo, ahorrándole tu pésimo talento.
Se marchan riéndose, mientras yo aprieto los puños con fuerza, aferrándome a un par de trozos de papel.
Entonces noto cómo la luz del pasillo cambia ligeramente, volviéndose más oscura. Un escalofrío me recorre el cuerpo y siento más frío de lo normal.
—Vaya… No sabía que en este mundo llegaran a ser tan crueles.
La sangre se me hiela en cuanto reconozco esa voz.
Pero es imposible.
No puede ser…
Unas botas negras aparecen delante de mí. Alzo lentamente la mirada y veo a Malakor, que se agacha hasta quedar a mi altura.
Ladea la cabeza y me observa. Después, limpia una de mis lágrimas con un dedo, manteniendo una expresión completamente neutra.
—¿Tan poco te quiere tu príncipe como para devolverte a un mundo tan cruel, criatura?