Cassian
El castillo de Auren sigue exactamente igual que antes, aunque para mí todo parece distinto.
Los sirvientes recorren los pasillos con la misma diligencia de siempre, los guardias permanecen apostados frente a las puertas y las voces de los consejeros se escuchan desde el otro extremo de la sala del trono. Nada ha cambiado. El reino continúa su curso, ajeno al vacío que ha dejado una sola persona al marcharse.
Love.
Su nombre aparece en mi mente incluso cuando intento concentrarme en cualquier otra cosa. Me descubro mirando hacia las puertas cada vez que alguien entra en una estancia, esperando durante una fracción de segundo encontrarla al otro lado, con esa expresión curiosa que solía poner cuando descubría algo nuevo de Auren. Después recuerdo que ya no está aquí y vuelvo a sentir ese peso en el pecho que no consigo quitarme de encima.
Me obligo a centrarme en los documentos que tengo delante. Mi padre me ha encargado revisar varios asuntos relacionados con los pueblos del reino y, aunque no es la primera vez que me enfrento a una jornada de obligaciones interminables, hoy cada página parece requerir el doble de esfuerzo.
—Si sigues mirando ese mismo documento, acabarás memorizándolo —comenta Rowan desde el otro lado de la mesa.
Levanto la mirada y lo encuentro observándome con una ceja arqueada. Está apoyado contra el respaldo de su silla, con los brazos cruzados y una expresión que deja bastante claro que lleva un rato pendiente de mí.
—Estoy trabajando.
—Por supuesto. Y yo soy el rey de Valeria.
Le lanzo una mirada poco amistosa, pero él se limita a sonreír.
—¿Tienes algo importante que decirme o has venido a entretenerte a mi costa?
—Las dos cosas. Aunque empiezo a pensar que la segunda es bastante más sencilla.
Dejo el documento sobre la mesa y me froto el puente de la nariz. Rowan es una de las pocas personas que se permiten hablarme de esa manera sin preocuparse demasiado por las consecuencias, y hoy no tengo fuerzas para reprochárselo.
—Estoy bien —murmuro antes de que pueda preguntármelo.
—No te he preguntado nada.
—Pero ibas a hacerlo.
—Porque llevas toda la mañana con cara de querer declarar la guerra a alguien. Y, teniendo en cuenta que últimamente hay demasiadas personas a las que te gustaría arrancarles la cabeza, prefiero asegurarme de que no tomas ninguna decisión precipitada.
No puedo evitar soltar una risa breve, aunque desaparece casi tan rápido como ha llegado.
—No voy a declarar ninguna guerra, Rowan.
—Me quedo mucho más tranquilo.
Vuelvo a coger los documentos, decidido a poner fin a la conversación, pero sus palabras me persiguen incluso después de que se levante para marcharse. Sé que está preocupado por mí, aunque no quiera reconocerlo abiertamente. También sé que no puedo pasarme el resto de mi vida encerrado en mis habitaciones, lamentando una decisión que tomé porque era la única manera de mantener a Love a salvo.
Eso es lo que intento repetirme.
La única manera.
Aun así, cuando pienso en ella, recuerdo la forma en que me miró antes de atravesar el portal, aferrándose a mi mano como si soltarme fuera lo último que quisiera hacer en este mundo. Recuerdo su voz quebrada, sus lágrimas y la promesa que me hizo de encontrar la manera de regresar.
Y me pregunto si algún día volveré a verla.
A media tarde, me reúno con Astrid para revisar algunos asuntos pendientes. La conversación transcurre con normalidad, al menos hasta que ella deja de hablar y me observa con una expresión que me resulta demasiado familiar.
—¿Qué ocurre? —pregunto.
—Nada.
—Astrid.
Suspira y deja los documentos a un lado.
—Solo quería saber cómo estás.
Aprieto la mandíbula. Parece que todo el mundo se ha puesto de acuerdo para recordarme que no estoy tan bien como pretendo.
—Estoy cumpliendo con mis obligaciones. Eso debería bastar.
—No te he preguntado si estás cumpliendo con tus obligaciones, sino cómo estás tú.
Aparto la mirada hacia los ventanales. Desde aquí puedo ver parte de los jardines del castillo, iluminados por la luz de la tarde. Love solía pasear por ellos cuando quería escapar un rato de sus responsabilidades, y más de una vez la encontré distraída, observando las flores o inventando preguntas sobre cualquier cosa que llamara su atención.
No me había dado cuenta de lo mucho que podía llegar a echar de menos aquellos pequeños momentos hasta que desaparecieron de mi vida.
—La echo de menos —admito finalmente.
Astrid no responde enseguida. No intenta consolarme ni me dice que hice lo correcto, y se lo agradezco. No necesito que nadie me recuerde por qué la envié a su mundo. Conozco demasiado bien las razones y, aun así, no hay un solo día en el que no me pregunte si habría existido otra manera.