Cassian
No recuerdo la última vez que abandoné el castillo con tanta prisa y tan pocas certezas.
El cielo comienza a oscurecerse cuando atravesamos las puertas de Auren. A mi espalda quedan las torres del castillo, los jardines y todo aquello que debería importarme en este momento, pero mi cabeza solo puede concentrarse en una cosa: Love está en Dravak, encadenada en las mazmorras de Malakor, y no sé cuánto tiempo tenemos antes de que decida hacerle daño.
Aprieto las riendas de Asterion y obligo a mi caballo a mantener el paso del resto del grupo. Rowan cabalga a mi derecha, mientras Astrid y Maeve nos siguen junto a varios soldados de la guardia real. No he querido llevar un ejército entero. Malakor interpretaría su presencia como una declaración de guerra y no pienso darle más motivos de los necesarios para convertir el rescate de Love en una masacre.
Aunque, si algo le ocurre, no sé hasta dónde seré capaz de llegar.
—¿Cuánto falta para llegar a la frontera? —pregunto, volviéndome hacia Rowan.
—Si mantenemos este ritmo, unas horas. Después tendremos que atravesar el paso de las montañas para llegar a Dravak.
Asiento, aunque la respuesta no me tranquiliza. Cada minuto que pasa me parece una eternidad y no dejo de recordar la imagen que Maeve me mostró en su bola de cristal. Love estaba inconsciente, con las muñecas encadenadas y la ropa de su mundo. No sé qué le han hecho desde entonces, ni si habrá despertado, ni si Malakor habrá empezado ya a utilizarla para conseguir lo que quiere.
—La encontraremos —dice Astrid, acercándose un poco—. No vamos a dejarla allí.
La miro de reojo.
—No pienso marcharme sin ella.
—Nadie te está pidiendo que lo hagas, Cassian.
Su respuesta me hace guardar silencio. Sé que todos están arriesgándose al acompañarme, y no pienso olvidar lo que eso significa. Rowan ha sido mi amigo durante años, Astrid no ha dudado en venir y Maeve ha aceptado guiarnos aun sabiendo que la magia de Malakor puede ser mucho más peligrosa de lo que imaginamos.
Pero Love es mi responsabilidad. No porque sea débil ni porque necesite que decida por ella, sino porque fui yo quien la envió a su mundo convencido de que allí estaría a salvo.
Y ahora tengo que traerla de vuelta.
—Hay algo que debéis saber —interviene Maeve desde detrás de nosotros.
Su tono hace que me vuelva hacia ella.
—¿Qué ocurre?
—No podemos confiar en que el camino esté despejado. Malakor sabe que Love es importante para nosotros y, si ha conseguido traerla desde otro mundo, es probable que haya utilizado una magia que todavía no comprendemos del todo.
—¿Crees que nos está esperando?
Maeve tarda unos segundos en responder.
—Creo que sería un error dar por hecho que no lo hace.
Miro hacia el horizonte. Las montañas se recortan contra el cielo, oscuras y amenazadoras, y por primera vez desde que hemos salido del castillo siento que algo más que la distancia nos separa de Love.
No pienso detenerme.
—Entonces tendremos que estar preparados.
Rowan asiente y hace una señal a los soldados para que se mantengan cerca. Continuamos avanzando, dejando atrás el último tramo de camino que pertenece a Auren. A medida que nos acercamos a las montañas, los árboles se vuelven más densos y la luz comienza a desaparecer entre las ramas.
El silencio del bosque no me gusta.
Tampoco me gusta la sensación que tengo desde hace unos minutos, como si alguien nos estuviera observando desde algún lugar que no alcanzo a ver.
—Maeve —la llamo en voz baja—. ¿Sientes algo?
Ella levanta la cabeza y mira a su alrededor. Su expresión se vuelve seria.
—Sí.
No necesita decir nada más.
Un movimiento entre los árboles llama mi atención. Detengo a Asterion y levanto una mano para indicar al resto que haga lo mismo. Los soldados se tensan, Rowan lleva una mano a la empuñadura de su espada y Astrid observa la espesura con los ojos entrecerrados.
—¿Quién anda ahí? —exige Rowan.
Nadie responde.
Solo escuchamos el viento agitando las hojas.
Entonces una voz femenina surge de entre los árboles.
—Qué conmovedor. El príncipe de Auren abandona su castillo para correr detrás de una muchacha.
La reconozco antes incluso de verla.
Romina aparece entre las sombras, vestida con una túnica oscura que se confunde con la vegetación. Su cabello cae desordenado sobre los hombros y una sonrisa torcida se dibuja en sus labios mientras nos observa, como si nuestra llegada fuera exactamente lo que esperaba.
Siento que la sangre me hierve.
—Tú.
Ella inclina la cabeza, divertida.
—Veo que todavía te acuerdas de mí, Cassian. Me alegra saber que mi pequeño hechizo dejó huella.