Auren: dónde mueren los cuentos

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No sé cuánto tiempo llevo aquí, pero siento que mi cuerpo está llegando al límite. Tengo la boca seca, apenas siento las piernas y los brazos se me han quedado entumecidos por permanecer tanto tiempo en la misma posición. Incluso mantener los ojos abiertos me resulta agotador, y cada vez que intento moverme, el dolor de las muñecas me recuerda que sigo encadenada a esta pared.

Escucho unos pasos al otro lado de la puerta y levanto la cabeza de golpe. El corazón empieza a latirme más deprisa mientras me pego todo lo que puedo a la pared, aunque sé que no servirá de nada si quien viene a buscarme pretende hacerme daño.

La puerta se abre y Evelyn aparece en el umbral. Lleva una capa negra sobre los hombros y la capucha le cubre buena parte del rostro. Sin decirme nada, se acerca, saca una llave de debajo de la capa y abre las cadenas que me sujetan las muñecas.

El metal cae al suelo con un ruido que resuena por toda la mazmorra. Me froto las muñecas doloridas y la miro, desconcertada.

—¿Adónde vamos?

Evelyn me agarra del brazo y tira de mí para obligarme a levantarme. Intento apoyar los pies en el suelo, pero las piernas me fallan y caigo de rodillas, incapaz de sostener mi propio peso.

—Levántate —ordena con impaciencia.

—No puedo…

Me sujeta con más fuerza y saca una daga de debajo de la capa. La hoja refleja la escasa luz de la estancia y se me corta la respiración al verla tan cerca de mi cuerpo.

No tengo otra opción. Reúno las pocas fuerzas que me quedan y consigo ponerme en pie, aunque tengo que apoyarme en ella durante unos segundos para no volver a caer.

—Eso está mejor.

Me obliga a caminar hacia la salida, sujetándome con una mano mientras mantiene la daga pegada a uno de mis costados. Cada paso me cuesta un esfuerzo enorme y siento que las piernas podrían dejar de responderme en cualquier momento, pero Evelyn no parece dispuesta a detenerse.

Atravesamos la puerta y salimos al pasillo de las mazmorras. El aire frío me golpea la cara y me estremezco, intentando mantenerme consciente mientras ella me arrastra hacia delante.

—Evelyn, todavía estás a tiempo de hacer las cosas bien —murmuro, con la voz débil.

Ella suelta una risa sin humor.

—Eso estoy haciendo. Hacer las cosas bien y encargarme del trabajo que a Malakor tanto le cuesta.

Trago saliva y aparto la mirada, intentando contener las lágrimas. No sé qué pretende hacer conmigo, pero algo me dice que no me ha sacado de las mazmorras para dejarme marchar.

Y entonces mi mente empieza a llenarse de recuerdos.

Mis padres, sus abrazos y la tranquilidad de mi habitación en Colorado. Kaia, con su sonrisa y sus ocurrencias. Bloom y Mimo. Los jardines del castillo, los paseos con Cassian y la forma en que me miraba cuando creía que nadie se daba cuenta.

Cassian.

Su rostro aparece en mi cabeza y siento que algo se rompe dentro de mí. No quiero morir aquí. No quiero desaparecer sin volver a ver a mis padres, sin despedirme de Kaia ni tener la oportunidad de decirle a Cassian una última vez cuánto lo quiero.

Pero quizá eso sea lo que me espera.

Quizá nunca vuelva a casa.

—¡Evelyn!

La voz hace que nos detengamos de golpe.

Evelyn se gira sin soltarme y, antes de que pueda comprender lo que está sucediendo, coloca la daga contra mi cuello. Siento el frío de la hoja sobre la piel y me quedo completamente inmóvil.

Al otro lado del pasillo hay un hombre con una espada en la mano.

Durante un instante, olvido cómo respirar.

Cassian.

Está a unos metros de nosotras, con el rostro tenso y los ojos clavados en mí. Su expresión cambia en cuanto nuestras miradas se encuentran. Puedo ver la preocupación, el miedo y algo más que me hace querer llorar todavía más.

Ha venido.

Cassian ha venido a buscarme.

—Cassian, márchate… —intento decir, pero mi voz sale pastosa y apenas consigo pronunciar las palabras—. No puedes estar aquí…

Él da un paso hacia nosotras.

—No pienso irme sin ti.

El movimiento hace que Evelyn apriete todavía más la daga contra mi cuello. Siento una punzada de dolor y me quedo paralizada, aterrorizada ante la posibilidad de que cumpla su amenaza.

—¡Un paso más y le corto el cuello aquí mismo! —grita.

Cassian se detiene.

Durante unos segundos, ninguno de los dos dice nada. Él mira la daga, después me mira a mí y, finalmente, dirige la atención hacia Evelyn. Su expresión se endurece, pero no intenta acercarse de nuevo.

Entonces baja lentamente el brazo y deja caer su espada al suelo.

El sonido del metal contra la piedra resuena por el pasillo.

—No… —sollozo, negando con la cabeza—. Cassian, no lo hagas.

Él vuelve a mirarme y su expresión se suaviza.



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En el texto hay: principe, magia, criaturasmagicas

Editado: 19.10.2026

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