Cassian
No puedo apartar los ojos de la sangre que cubre los dedos de Love.
Está en el suelo, apoyada contra la pared, con el rostro pálido y los ojos entrecerrados. Apenas parece consciente de lo que sucede a su alrededor, y cada vez que intenta moverse, su cuerpo se estremece por el dolor. Quiero correr hacia ella, arrodillarme a su lado y asegurarme de que sigue respirando, pero Malakor permanece entre nosotros, bloqueándome el paso con una sonrisa que me hace desear arrancársela de la cara.
—Apártate de mi camino —le ordeno.
Él ladea la cabeza, como si mi amenaza le resultara divertida.
—¿Y perderme la oportunidad de conocer al príncipe que ha cruzado medio reino para recuperar a una muchacha? Me temo que no.
Aprieto la empuñadura de mi espada. Tengo que contenerme para no lanzarme contra él sin pensar, porque sé que eso es precisamente lo que quiere. Malakor no es un enemigo al que pueda derrotar dejándome llevar por la rabia. Es peligroso, poderoso y lleva demasiado tiempo esperando este momento.
Pero Love está herida.
Y no voy a permitir que vuelva a tocarla.
—No sé qué pretendes conseguir con todo esto, pero se acabó —digo, manteniendo la espada en alto—. Deja que se marche y podremos resolver esto entre nosotros.
Malakor suelta una carcajada.
—¿Resolverlo? ¿De verdad crees que todavía tienes algo que negociar conmigo?
—No necesito negociar nada. Solo necesito que te apartes.
Su sonrisa desaparece lentamente.
—Entonces tendrás que obligarme.
No necesito que lo repita.
Malakor levanta una mano y una fuerza invisible me golpea en el pecho. Salgo despedido hacia atrás y choco contra la pared con tanta violencia que el aire abandona mis pulmones. El impacto me hace perder el equilibrio y caigo sobre una rodilla, pero me obligo a levantarme antes de que pueda atacarme de nuevo.
El dolor se extiende por mis costillas. Aprieto los dientes y recupero el agarre de mi espada, sin apartar la mirada de él.
—¿Eso es todo lo que tienes? —pregunto, aunque apenas consigo recuperar el aliento.
Malakor sonríe.
—Todavía no has visto nada.
Extiende el brazo y varias sombras se desprenden de las paredes, retorciéndose como si tuvieran vida propia. Se abalanzan sobre mí y levanto la espada por instinto, pero el acero atraviesa una de ellas sin causar ningún efecto. La sombra me golpea en el costado y me obliga a retroceder, mientras otra se enrosca alrededor de mi brazo.
Siento cómo la magia de Malakor me oprime, intentando inmovilizarme. Aprieto los dientes y concentro mi propia energía hasta que un resplandor se extiende por la hoja de mi espada. La luz se abre paso entre las sombras y consigo liberarme, aunque el esfuerzo me deja con el brazo entumecido.
Malakor me observa con interés.
—Veo que has aprendido a defenderte mejor desde la última vez que nos vimos.
—Y yo veo que sigues hablando demasiado.
Me lanzo hacia él antes de que pueda responder. Mi espada corta el aire y Malakor se aparta por muy poco, levantando una barrera mágica que detiene el siguiente golpe. El choque entre nuestras fuerzas hace vibrar el pasillo y las paredes tiemblan a nuestro alrededor.
Vuelvo a atacar. Esta vez consigo obligarlo a retroceder un par de pasos, pero Malakor responde con una descarga que me golpea en el hombro. El dolor me recorre el brazo y mi espada casi se me escapa de las manos.
Aprieto la empuñadura con fuerza.
No.
No voy a caer aquí.
A unos metros, Love intenta incorporarse. La veo apoyar una mano contra la pared, pero sus fuerzas la abandonan y vuelve a desplomarse. Un sonido ahogado escapa de sus labios y siento que algo se rompe dentro de mí.
—¡No la mires! —ruge Malakor.
Su magia me golpea antes de que pueda reaccionar. Esta vez no consigo esquivarla y caigo de rodillas, con una mano apoyada en el suelo y la otra sujetando la espada. El dolor me atraviesa el hombro y se extiende por mi espalda, pero lo único que puedo pensar es que Love sigue ahí, herida, mientras yo no consigo llegar hasta ella.
Malakor se acerca despacio.
—Mírate, Cassian. El heredero de Auren, arrodillado ante mí por una muchacha que ni siquiera pertenece a este mundo.
Levanto la cabeza.
—No vuelvas a hablar de ella.
—¿O qué? ¿Vas a levantarte otra vez?
Su voz está cargada de burla. Me cuesta respirar y siento que las piernas apenas me responden, pero me apoyo en la espada y consigo ponerme en pie.
—Sí.
Por primera vez, Malakor deja de sonreír.
Aprovecho su desconcierto para atacarlo. La hoja de mi espada choca contra la barrera que levanta frente a él y una descarga de energía me sacude hasta los huesos. El impacto me hace retroceder, pero no bajo el arma.