Auren: dónde mueren los cuentos

Epílogo

Cassian

Nunca había pensado que permanecer de pie pudiera resultar tan complicado.

Llevo más de diez minutos en el mismo lugar, con la espalda recta, las manos entrelazadas delante de mí y la mirada fija en las grandes puertas de la sala del trono. Intento mantener la compostura, recordándome que soy el príncipe heredero de Auren y que he asistido a suficientes ceremonias reales como para saber perfectamente cómo comportarme.

Sin embargo, hoy no consigo pensar con claridad.

Hoy no es una ceremonia cualquiera.

Hoy es el día en que Love será reconocida oficialmente como princesa de Auren.

—Si sigues mirando esas puertas de esa manera, terminarás abriendo un agujero en ellas.

Giro la cabeza y me encuentro con Rowan, que permanece a mi lado vestido con su armadura. Tiene una sonrisa burlona y una expresión demasiado satisfecha para alguien que lleva toda la mañana observándome intentar mantener la calma.

—¿No tienes nada mejor que hacer?

—Muchas cosas. Por desgracia, ninguna tan entretenida como verte sufrir.

Aprieto los labios para no responderle.

La sala del trono está más llena de lo habitual. Los nobles ocupan los lugares reservados para ellos, mientras que varios representantes de los pueblos de Auren y de los reinos vecinos han acudido para presenciar la ceremonia. También hay soldados de la guardia real, consejeros y personas que han viajado durante días para estar presentes en un acontecimiento que, según mi madre, merece ser celebrado por todo el reino.

Entre los asistentes distingo a Maeve, que conversa tranquilamente con mi abuelo Edmund. Un poco más allá están Silas y Kaia, que no deja de mirar hacia las puertas con una sonrisa que intenta disimular. Astrid permanece junto a algunos miembros de la guardia, impecable y serena, aunque de vez en cuando dirige una mirada hacia mí que parece decirme que debería relajarme.

Es fácil decirlo cuando no eres tú quien está a punto de ver aparecer a la mujer que amas delante de todo un reino.

—Estás nervioso —comenta Rowan.

—No estoy nervioso.

—Por supuesto que no.

—Rowan.

—Cassian.

Lo miro con una expresión que debería bastar para hacerlo callar, pero mi amigo tiene demasiados años de experiencia ignorando mis amenazas.

—He visto cómo te enfrentabas a Malakor sin pestañear —continúa—, cómo entrabas en las mazmorras de Dravak dispuesto a enfrentarte a todo un reino y cómo te levantabas después de recibir golpes que habrían dejado a cualquiera en el suelo. Pero parece que ninguna de esas cosas te ha preparado para una ceremonia.

—Sé perfectamente cómo funciona una ceremonia.

—Entonces, ¿por qué llevas toda la mañana comprobando que las puertas están abiertas?

Aparto la mirada de inmediato.

—Estoy esperando a Love.

—Eso es exactamente lo que me preocupa.

Le doy un pequeño golpe en el brazo, procurando no estropearle la armadura, y él suelta una carcajada.

—Tranquilo, alteza. Solo tienes que mantenerte en pie, sonreír y evitar desmayarte cuando la veas.

—No voy a desmayarme.

—Eso espero. Sería una historia bastante divertida para contarles a nuestros nietos.

—Como vuelvas a mencionar a mis nietos, voy a hacer que te asignen la guardia de las mazmorras durante el resto de tu vida.

Rowan se ríe, satisfecho de haber conseguido distraerme durante unos segundos. Sin embargo, cuando vuelvo a mirar hacia las puertas, el nerviosismo regresa de inmediato.

No estoy acostumbrado a sentirme así.

He pasado años preparándome para ser rey. Me han enseñado a tomar decisiones difíciles, a mantener la calma en situaciones peligrosas y a no permitir que mis emociones interfieran en mis obligaciones. Sé cómo hablar delante de un consejo, cómo recibir a otros monarcas y cómo representar a Auren.

Pero nadie me ha enseñado qué hacer cuando la persona que amas está a punto de entrar en una sala llena de gente y sabes que, en cuanto la veas, todo lo demás dejará de importar.

Me paso una mano por el pelo antes de recordar que mi madre lleva toda la mañana insistiendo en que no lo toque.

Rowan lo observa y niega con la cabeza.

—Estás perdido.

—Cállate.

—Completamente perdido.

No llego a responderle porque, en ese momento, las conversaciones de la sala comienzan a apagarse.

Los guardias se colocan a ambos lados de las puertas y uno de ellos da un paso al frente.

—¡Su Alteza, la señorita Love Evans de Colorado!

El silencio se extiende por la sala del trono.

Y entonces las puertas se abren.

Por un instante, me olvido de todo lo que había pensado decirle cuando la viera.



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En el texto hay: principe, magia, criaturasmagicas

Editado: 19.10.2026

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