El cambio. Esa fuerza implacable, sutil e inevitable que nos rodea en todo momento. Nos guste o no, todo lo que conocemos está en constante transformación: los árboles, el cielo, las ciudades, nuestros cuerpos, nuestros pensamientos. Pero a pesar de su evidencia, nos aferramos a la idea de que algo en nosotros, en las cosas que amamos, en el mundo, debe permanecer igual. Como si la estabilidad fuera una ley universal en la que pudiéramos refugiarnos.
Pensémoslo un momento: ¿qué es lo que realmente se mantiene igual con el paso del tiempo?
La paradoja del barco de Teseo nos plantea una cuestión inquietante. Imaginemos un barco, el barco de un héroe legendario, preservado como símbolo de su legado. Pero con el tiempo, sus tablones comienzan a desgastarse y se reemplazan, uno por uno, hasta que ninguna parte original permanece. Y aquí surge la pregunta: ¿es este todavía el barco de Teseo, o es uno completamente nuevo?
Si decimos que sigue siendo el mismo barco, entonces parece que la identidad no depende de la materia, sino de la idea que tenemos de él. Pero si afirmamos que ha dejado de ser el mismo, ¿cuándo exactamente dejó de serlo? ¿Con la primera pieza cambiada? ¿Con la última? Y si tomamos los tablones originales y reconstruimos otro barco con ellos, ¿cuál de los dos sería el verdadero barco de Teseo?
Pero esto no solo es una cuestión de barcos. Es sobre nosotros. Porque el ser humano también es un barco en constante renovación.
Cada día, nuestro cuerpo cambia. Perdemos células, las regeneramos, nuestra piel se renueva. Se estima que cada siete años casi todas las células de nuestro cuerpo han sido reemplazadas. Entonces, ¿somos los mismos que éramos hace siete años? ¿O somos versiones reconstruidas de nosotros mismos, como un barco cuyas piezas han sido intercambiadas sin cesar?
Nuestra piel se desprende en diminutas partículas de polvo, nuestra sangre se renueva, nuestras neuronas crean nuevas conexiones y destruyen viejas. Incluso nuestros pensamientos cambian: lo que creíamos inmutable ayer hoy nos parece absurdo. Si el cambio está presente en cada nivel de nuestra existencia, ¿qué es realmente lo que persiste?
Nos gusta pensar que hay algo esencial en nosotros, algo que permanece más allá del tiempo y las modificaciones. Pero, ¿y si solo somos un proceso en marcha? Un flujo continuo, como un río que nunca es el mismo, pero que sigue fluyendo sin interrupción.
La paradoja del sorites nos lo recuerda: si quitamos un solo grano de arena de un montón, sigue siendo un montón. Si seguimos quitando granos, ¿en qué momento deja de serlo? Lo mismo ocurre con nosotros. Cada cambio por sí solo parece insignificante, pero ¿en qué punto dejamos de ser quienes éramos?
Y sin embargo, el cambio nos asusta. Porque cambiar significa perder algo, dejar atrás lo que una vez fue. Tememos la idea de que, si cambiamos demasiado, nos volvamos irreconocibles incluso para nosotros mismos.
Pero aquí es donde la física nos ofrece una verdad reconfortante: la energía no se destruye, solo se transforma.
Nada en el universo desaparece realmente. Todo cambia de estado, de forma, de función. El calor de un cuerpo se disipa en el aire, la madera de un árbol muerto se convierte en tierra fértil, la luz de una estrella extinta sigue viajando por el cosmos. Incluso nosotros, cuando morimos, no nos desvanecemos del todo. Nuestra energía, la que nos animó, la que nos movió, la que formó nuestros pensamientos, no deja de existir; solo cambia.
Si entendemos esto, tal vez podamos aceptar que el cambio no es un enemigo. No es una amenaza. Es la naturaleza misma de la existencia.
Nos despedimos de versiones antiguas de nosotros mismos, sí, pero también damos la bienvenida a lo que viene. Y en esa aceptación, en esa comprensión de que nunca dejamos de ser parte de algo más grande, encontramos la verdadera libertad: la capacidad de fluir con la vida en lugar de luchar contra ella.
Al final, el barco de Teseo nunca dejó de ser el mismo. Y nosotros, sin importar cuántos cambios suframos, seguimos siendo nosotros. No porque seamos inmutables, sino porque somos la suma de cada cambio que nos ha traído hasta aquí.