Kimberley.
Mi vida, hasta la noche en que todo se fue al diablo, se resumía en tres cosas: barro, calabazas y una gallina llamada Doña Gertrudis que me tenía más miedo a mí de lo que yo le tenía a ella, y eso que yo le tenía mucho miedo.
Vivo en San Cebollino del Barro, un pueblo tan pequeño que el letrero de bienvenida y el de despedida son el mismo letrero, nada más que volteado por el otro lado. Tiene una plaza, una iglesia, una cooperativa de quesos, cuarenta y tres vacas con nombre propio y una población de ochocientos once habitantes, de los cuales, por lo menos setecientos, son familiares míos o me deben dinero. A veces ambas cosas a la vez, que es lo peor.
Yo soy Kimberley Gómez, tengo veintiocho años, y soy la dueña de La Calabaza Feliz, la tienda más completa y, a la vez, la única del pueblo. Vendo de todo. Y cuando digo de todo, digo de todo: clavos, mermelada, botas de goma, semillas, velas, tornillos, bizcochos, pilas, huevos, cuerda, sombreros de paja y, por supuesto, calabazas. Muchas calabazas. Calabazas en la entrada, calabazas en el mostrador, calabazas en la ventana y calabazas dentro del cuarto de atrás, donde algunas, estoy segura, están empezando a organizarse.
Esa mañana, la última mañana de mi vida normal, me levanté a las cinco con el canto de Napoleón, el gallo del vecino, que no canta sino que grita como un político en campaña. Salí a la huerta en pijama, que era un camisón con ovejitas, con las botas de goma verdes que me llegan casi hasta las rodillas, y con el pelo atado en una cosa que alguna vez fue una cola de caballo y que esa mañana parecía más bien el nido de un ave desesperada.
Lo primero que vi fue a Doña Gertrudis parada sobre la calabaza más grande de mi huerta, mirándome con esa expresión de juez que ha visto demasiado.
Aquella calabaza era mi orgullo. Pesaba ciento cuarenta kilos, tenía el tamaño de un niño de nueve años bien alimentado, y yo la llevaba cuidando desde primavera con una dedicación que no le he dedicado jamás a ningún hombre. Le hablaba. Le ponía música. Una vez, en una noche de helada, la tapé con mi propia manta y dormí con frío, y no me arrepiento.
La llamé Rigoberto.
—Buenos días, Rigoberto —le dije.
Doña Gertrudis cacareó, como diciendo que a ella no la saludaba nadie.
—Buenos días, Gertrudis —suspiré.
Ella inclinó la cabeza con aire de duquesa ofendida, se bajó de Rigoberto y se fue caminando con las plumas tiesas, dejándome en la huerta con la certeza de que ese animal me juzgaba.
Pasé la mañana haciendo lo que siempre hago. Abrí la tienda a las siete, barrí el mismo suelo que barro todos los días y que, de alguna manera, siempre amanece lleno de tierra, hojas y una cantidad inexplicable de plumas. Atendí a la señora Remedios, que viene cada día a comprar un solo huevo, solamente para poder contarme lo que le hizo su yerno. Atendí a don Ambrosio, que lleva cuarenta años comprando la misma marca de clavos y todavía no ha construido nada. Atendí a los gemelos Fermín y Fermino, de once años, que entraron a robar caramelos con tanta falta de disimulo que ya ni me molesté en fingir que no los veía. Les di los caramelos y les cobré con un sermón. Es nuestro sistema.
Fue a las cuatro de la tarde cuando entró ella.
Se escuchó primero el golpe de la puerta, luego el chirrido de unas sandalias que no tenían nada que hacer en un pueblo de barro, y luego una voz que yo conocía desde los seis años y que jamás, en mi vida, me ha traído nada bueno.
—Kim, escúchame bien, y no digas que no hasta que termine de hablar.
Nicolle Bravo. Mi mejor amiga. Mi cómplice. La mujer que, a los quince años, me convenció de que cortarme el flequillo yo sola con unas tijeras de podar era una buena idea. Tiene el cabello rubio y largo, unos ojos grandes que sabe usar como arma de destrucción masiva, y una capacidad natural para meterme en líos que ya quisieran los servicios secretos de cualquier país.
—No —dije yo.
—Dije que no dijeras que no hasta que terminara.
—No necesito que termines. Cuando entras así, con esa cara y con la puerta abierta de golpe, siempre es para algo malo.
—Es para algo buenísimo —dijo, y puso las manos sobre el mostrador con tanta fuerza que una calabaza pequeña rodó y cayó al suelo—. Mi prima Daniela se casa mañana en la ciudad. Hay despedida de soltera esta noche. Hay barra libre. Hay música. Hay hombres. Y tú, Kimberley Gómez, vas a venir.
—Tengo la tienda.
—Es sábado, la tienda cierra a las seis.
—Tengo que darle de comer a Gertrudis.
—Gertrudis puede comer sola. Es una gallina, no una bebé.
—Ella cree que es una bebé.
—Kim —Nicolle me tomó las manos, y yo supe, por la intensidad de su mirada, que estaba a punto de usar la carta del chantaje emocional—. Hace dos años que no sales de este pueblo. Hace dos años que tu mayor aventura es regatear con el camión de los fertilizantes. Hace dos años que no te pones un vestido. ¿Sabes lo último que hiciste por divertirte?
—Fui a la feria del queso.
—Y te pasó que una vaca te lamió la cara y te quedaste media hora pensando en eso.
—Fue una experiencia intensa.
—Kim.
Y ahí, justo ahí, cuando yo ya empezaba a sentir que mi resistencia se desmoronaba como un pan viejo en la leche, Doña Gertrudis entró en la tienda caminando como si fuera la dueña del lugar, se paró entre las dos, miró a Nicolle, y le dio un picotazo directo al dedo gordo del pie.
—¡AAAAH! ¡Maldita gallina!
—No le hables así, es sensible.
—¡Me ha picado!
—Es porque no la saludaste.
Nicolle, adolorida, se agachó a mi altura y dijo entre dientes:
—Si no vienes, voy a decirle a toda tu familia que todavía duermes con el camisón de ovejitas.
—Eso es chantaje.
—Es amistad.
Suspiré. Miré la tienda, las calabazas, el barro pegado a mis botas, el sol cayendo sobre el campo con ese tono dorado que siempre me hace sentir que mi vida es una postal. Una postal muy bonita, pero una postal al fin y al cabo.