Sander.
Quiero dejar algo muy claro antes de continuar: yo no pierdo.
No pierdo en los negocios, no pierdo en las negociaciones, no pierdo al ajedrez, no pierdo al tenis, no pierdo al póker y, desde los siete años, no pierdo ni una sola discusión con mi abuelo, que era el dueño original de Winston Global y que, según él mismo me confesó en su lecho de muerte, solo me dejó la empresa porque yo era el único de la familia que conseguía hacerle callar.
A los siete años negocié mi mesada con mi padre. Conseguí un aumento del cuarenta por ciento y una cláusula de revisión semestral. A los doce, compré mi primera acción. A los dieciséis, mi profesor de economía me pidió que dejara de asistir a clase porque yo le corregía los ejemplos. A los veintidós, ya era director de una de las divisiones más importantes de la compañía. A los veintiocho, la dirigía entera. Ahora tengo treinta y cuatro años, soy dueño de más cosas de las que puedo recordar, y mi equipo de relaciones públicas me describe en las entrevistas como implacable, brillante y visionario.
Mi asistente, Mateo, me describe de otra forma. Pero esa palabra no se puede escribir.
Lo que quiero decir con todo esto es que yo estoy acostumbrado a ganar, a conseguir lo que quiero y a que el mundo se acomode a mi alrededor como las limaduras de hierro se acomodan junto a un imán. Por eso, cuando digo que aquella noche perdí el control de la situación desde el primer minuto, quiero que se entienda la gravedad del asunto.
Todo empezó con un vaso de agua.
Yo estaba en el Skyline Opulence porque tenía una reunión informal con unos inversionistas japoneses que, por suerte, cancelaron a último momento. Odio ese bar. Es ruidoso, pretencioso, está lleno de gente que habla de dinero como si fuera una religión, y la música me da dolor de cabeza. Pero es de un socio mío, y a veces hay que ir a los sitios que uno detesta para que los que uno aprecia no se ofendan.
Estaba apoyado en una columna, con una copa de whisky que no me apetecía, mirando el reloj y calculando cuánto faltaba para poder irme, cuando la vi.
Estaba sentada en la barra, con un vestido rojo que le quedaba un poco grande en los hombros y un poco justo en todo lo demás, con el pelo alisado de una forma que claramente no era la suya, con unos tacones sobre los que se balanceaba como un marinero en una tormenta. Miraba un vaso de agua con una expresión de indignación tan genuina, tan completa, tan poco fingida, que sentí algo que no había sentido en mucho tiempo.
Curiosidad.
Me acerqué. No sé por qué. Yo no me acerco a las mujeres en los bares, ellas se acercan a mí, y es una dinámica que me resulta cómoda y predecible. Pero aquella mujer, con su cara de estar a punto de demandar al agua, me atrajo como un imán.
Y entonces me confundió con un mesero.
Mesero.
A mí. A Sander Winston. Al hombre cuya cara aparece en revistas de negocios, al que los presidentes de los bancos saludan de pie. Me miró, con unos ojos castaños enormes, y me pidió unas servilletas.
Me reí. No me lo esperaba. No sabía que todavía podía reír así, con el estómago, con los hombros, con todo el cuerpo. Hacía cinco años que no me reía de esa manera. Exactamente cinco. Desde que murió mi abuelo y me tocó cargar con todo lo demás, con la empresa, con las expectativas, con los directivos que me miraban esperando que me equivocara.
Y de pronto, en aquel bar horrible, una desconocida con un vaso de agua me había devuelto la carcajada.
Después vino la gallina.
No voy a describir en detalle lo de la gallina porque todavía tengo pesadillas, pero sí diré que, cuando aquel animal puso un huevo dentro de mi copa de champán, yo supe, con una certeza fulminante, que mi vida acababa de dividirse en dos: antes y después de esa noche.
Me bebí el champán. No sé por qué. Fue un impulso. Fue una especie de homenaje a la locura. El barman se desmayó. Yo me sentí, por primera vez en mucho tiempo, absolutamente libre.
Y después bailé. Yo, que soy el peor bailarín del mundo, que tengo el ritmo de un armario, que la última vez que bailé fue en mi propia boda... bueno, en la boda que casi tuve, pero ese es otro tema y no viene al caso. Bailé con ella. La pisé varias veces, ella me pisó otras tantas, y terminamos en el suelo riéndonos como idiotas mientras nos hacían fotos.
Y entonces la miré, tendida a mi lado, con el pelo revuelto y las mejillas rojas, y supe que no iba a dejarla ir esa noche.
Eso es lo que más me asusta, ahora que lo pienso. No fue una decisión. Fue una certeza. Como cuando uno sabe que el sol saldrá por la mañana.
La limusina nos esperaba en la puerta. Bernardo, mi chofer desde hace diez años, un hombre de sesenta años, bigote cano, que ha visto de todo y que jamás ha mostrado ninguna emoción, abrió la puerta trasera, miró a Kimberley, miró a la gallina que caminaba detrás de ella como una dama de honor, me miró a mí y, por primera vez en una década, abrió ligeramente los ojos.
—Buenas noches, señor —dijo con una voz perfectamente neutra.
—Buenas noches, Bernardo.
—¿Desea que... que el animal viaje en el maletero?
—No —dijo Kimberley, ofendida—. Ella va conmigo. Es una señora.
—Por supuesto, señorita. Es solo que nunca he transportado aves en este vehículo.
—Siempre hay una primera vez.
—Muy cierto, señorita.
Bernardo cerró la puerta con una dignidad admirable, y yo juraría que, mientras rodeaba el coche, murmuraba algo parecido a una oración.
El interior de la limusina olía a cuero y a champán. Kimberley se sentó en el asiento con una mano sobre el pecho, como si todavía no pudiera creerse lo que estaba pasando. La gallina se acomodó frente a nosotros, sobre el asiento de enfrente, y se puso a mirarnos con una atención que me pareció incómoda.
—¿Siempre mira así? —pregunté.
—Es que usted le cae mal.
—¿Por qué?
—Porque le ha quitado protagonismo en el bar.