Kimberley.
Hay momentos en la vida en los que una mujer decente abre los ojos, mira al techo y piensa: ¿qué he hecho? Yo abrí los ojos, miré un techo que estaba a seis metros de altura, pintado con unos adornos de yeso que seguramente costaban más que mi casa, y pensé algo mucho peor.
Pensé: ¿qué hice, y por qué me gustó tanto?
Eran las cinco y media de la mañana. Lo sé porque mi cuerpo, que lleva veintiocho años despertándose con el canto de Napoleón, el gallo del vecino, no entiende de camas de millonarios ni de resacas de champán. A las cinco y media en punto se activa, como un reloj de pueblo, y empieza a pensar en las gallinas, en las calabazas, en la tienda y en todo lo que hay que hacer.
Esa mañana, sin embargo, lo primero que sentí fue un peso cálido sobre la cintura. Giré la cabeza, muy despacio, y lo vi.
Sander Winston dormía boca abajo, con un brazo sobre mi cintura y la cara medio hundida en la almohada. Tenía el pelo hecho un desastre, una mejilla marcada por el pliegue de la sábana y la boca ligeramente abierta, como un niño. Roncaba. No mucho, solo un poquito, un ronroneo suave, como el de un gato grande al que acaban de darle de comer.
Y yo, que me había prometido a mí misma no mirarlo, lo miré.
Lo miré durante un buen rato. Demasiado. Con esa atención boba de quien contempla algo que sabe que no le pertenece. Tenía las pestañas largas, la nariz recta, unas cejas oscuras que incluso dormido mantenían una expresión de autoridad. Era guapo, sí, pero no era eso. Era otra cosa. Era que, dormido, no parecía un hombre que dirige un imperio. Parecía un hombre cansado que por fin se permitía descansar.
Y eso me asustó más que cualquier otra cosa.
Porque yo conozco ese tipo de sentimiento. Es el mismo que me da cuando una gallina enferma se deja cuidar, o cuando un ternero que ha perdido a su madre me lame la mano. Es una ternura que no tiene explicación y que, si uno no tiene cuidado, termina convirtiéndose en una responsabilidad de por vida.
Y yo no tenía ningún interés en convertirme en la responsabilidad de por vida de un multimillonario.
Me deslicé fuera de la cama con la técnica de una ladrona profesional, levantando su brazo milímetro a milímetro y sustituyéndolo por una almohada, que él abrazó sin despertarse. Me quedé de pie junto a la cama, descalza, con el corazón latiendo como un tambor, y empecé a hacer lo que cualquier persona sensata haría en mi situación: entrar en pánico.
Primero busqué mi ropa. El vestido rojo estaba tirado en una butaca del rincón, con el escote medio descosido, que Nicolle iba a querer matarme por eso. Me lo puse. Me costó, porque había una cremallera atrás que parecía diseñada por alguien que odiaba a las mujeres. Después busqué mis tacones y no los encontré. Busqué el pintalabios y tampoco. Busqué el bolso, que estaba en el salón, abandonado junto a la puerta como un perro fiel.
Y ahí fue donde empezaron los problemas.
Porque cuando abrí la puerta del dormitorio, con las manos temblando y el pelo hecho un nido de cuervos, me encontré con un ave de pie en medio del pasillo, mirándome con los ojos entrecerrados.
—Gertrudis —susurré—. ¿Qué haces aquí?
Doña Gertrudis, que debía de estar durmiendo en la habitación de invitados, se había levantado, había atravesado la puerta que Higgins había dejado entornada y me había seguido por todo el apartamento, con el paso silencioso y calculador de una espía veterana. Tenía las plumas erizadas. Me miraba con una expresión de reproche inconfundible.
—No me mires así —le dije en voz baja—. No es lo que parece.
La gallina cacareó muy bajito, con una nota de ironía.
—Bueno, sí es lo que parece. Pero es culpa del champán.
Gertrudis ladeó la cabeza.
—Y del agua de manantial glacial.
Gertrudis no se inmutó.
—Y de que él tiene unos hoyuelos que son un delito.
Gertrudis suspiró. Yo juro que suspiró. Y después se subió de un salto a mi brazo, se acomodó en el hueco del codo como un bebé y esperó, con una paciencia admirable, a que yo tomara una decisión.
Me asomé al salón. Estaba vacío. La luz gris de la madrugada entraba por los ventanales gigantes y teñía de azul los muebles de diseño, la alfombra blanca, el piano que nadie tocaba, la mesa del comedor donde todavía quedaban dos platos. Sentí una punzada en el pecho. La noche anterior, en esa mesa, un mayordomo inglés se había reído por primera vez en treinta años, un multimillonario había probado una carbonara de verdad, y yo había sentido que, por un momento, el mundo tenía sentido.
Y por eso mismo tenía que irme.
Porque yo conozco mis límites. Soy una chica de pueblo con una tienda, catorce gallinas y una calabaza de ciento cuarenta kilos. No soy de las que se quedan a desayunar con millonarios. No soy de las que salen en las revistas. No soy de las que se ponen vestidos de seda y aprenden a decir cosas como cartera de inversiones. Yo soy de las que se levantan antes de que salga el sol, de las que huelen a tierra, de las que reparten sermones a niños ladrones de caramelos.
Si me quedaba, él me iba a mirar, a la luz del día, con esos ojos grises, y se iba a dar cuenta de lo que yo ya sabía. Que lo de anoche fue un error delicioso, un accidente, una cosa que sucede una sola vez en la vida. Y yo no quería ver su cara cuando eso ocurriera.
Era mejor irse antes. Era más digno. Era más limpio.
Y además, tenía que alimentar a las gallinas.
En ese momento, un ruido a mi espalda me hizo dar un salto. Giré la cabeza con el corazón en la boca y vi aparecer a un señor mayor, vestido con un traje impecable, con las manos enlazadas a la espalda y una expresión de absoluta serenidad.
—Buenos días, señorita —dijo Higgins.
Casi me muero. Lo digo en serio. Sentí cómo el alma se me salía por los pies.
—Higgins —susurré, con una mano en el pecho—. Casi me mata del susto.