Sander.
Hay una regla no escrita en el mundo de los negocios que dice que cuando un hombre como yo cancela una reunión con su consejo de administración, el mercado tiembla, los analistas se desmayan y alguien, en algún despacho, empieza a redactar un comunicado con la palabra incertidumbre.
Yo cancelé cuatro reuniones, una videollamada con Tokio y un almuerzo con un senador, todo en el mismo día, y el mercado no solo tembló. Se puso a gritar.
A las ocho y diez de la mañana, mi teléfono ya tenía ciento catorce llamadas perdidas. A las ocho y media, eran ciento sesenta. A las nueve, Mateo dejó de contarlas y empezó a apilar los teléfonos sobre la mesa del salón, uno encima de otro, con la resignación de un carnicero que ordena sus cuchillos antes de una guerra.
—El presidente del consejo quiere hablar con usted —dijo.
—¿Augusto Valdés?
—El mismo.
—¿Está enfadado?
—Está llorando, jefe.
—¿Llorando?
—Dice que su yerno le ha enviado un mensaje preguntando si la compañía se va a la quiebra.
—No nos vamos a la quiebra.
—Se lo he dicho. Me ha contestado que es lo que dicen todos antes de irse a la quiebra.
Me pasé una mano por la cara. Estaba sentado en el salón, ya con la camisa puesta, con una taza de café que se enfriaba entre mis manos y la mirada fija en una vitrina de cristal que Higgins había instalado a toda prisa en el centro del comedor. Dentro de la vitrina, sobre un cojín de terciopelo azul, descansaban un huevo marrón y una pluma del mismo color. Higgins los había colocado con tal solemnidad que cualquiera hubiera pensado que eran las joyas de la corona.
—Pásame con él —dije.
Mateo me tendió el teléfono con la expresión de quien entrega un arma cargada.
—Augusto.
—¡Sander! ¡Gracias a Dios! —La voz del señor Valdés, que tiene setenta años y un bigote que se le agita cuando se emociona, sonaba rota—. ¿Es cierto que te marchas?
—Es cierto.
—¿Adónde?
—No lo sé todavía.
—¿Por cuánto tiempo?
—Tampoco lo sé.
—¿Y la fusión con los navieros?
—Que la firme Mateo.
—Mateo no tiene poderes.
—Se los doy hoy.
—¡Sander, es una fusión de cuatro mil millones!
—Y Mateo es muy responsable.
Se escuchó un ruido al otro lado, como si alguien se hubiese dejado caer en una silla. Mateo, que escuchaba de pie a mi lado, abrió los ojos con terror y empezó a mover la cabeza en un no desesperado.
—Sander —dijo Augusto, con voz trémula—. ¿Estás enfermo?
—Estoy perfectamente.
—¿Te han chantajeado?
—No.
—¿Estás... enamorado?
El silencio que siguió fue tan largo que pensé que se había cortado la llamada.
—¿Augusto?
—Estoy aquí.
—No me lo preguntes así. Me incomoda.
—Perdona. Es que nunca te había visto cancelar nada por una causa que no fuera una OPA hostil.
—Es una causa hostil, en cierto modo.
—¿Cómo se llama?
—Kimberley.
—¿Kimberley qué?
—Esa es la cuestión.
Hubo otro silencio. Y después, para mi sorpresa, oí a Augusto Valdés, el hombre más serio de la compañía, el que jamás se había reído en una junta, soltar un suspiro largo, tembloroso y casi tierno.
—Hijo —dijo—, tu abuelo hizo lo mismo.
—¿Cómo?
—En mil novecientos setenta y ocho. Dejó una reunión con el ministro de Hacienda para perseguir a una mujer por tres provincias.
—¿Mi abuela?
—Tu abuela. Le llevó seis meses convencerla. Perdió una fábrica en el proceso.
—¿Y valió la pena?
—Nunca le oí decir lo contrario.
Dejé la taza sobre la mesa. Sentí una extraña tibieza en el pecho.
—Gracias, Augusto.
—No me lo agradezcas. Solo vuelve con ella o vuelve con una buena historia. Pero vuelve.
Colgué. Mateo me miraba como si acabara de presenciar un milagro y no estuviera seguro de si debía aplaudir o llamar a un exorcista.
—Le acabo de dar poderes para firmar una fusión de cuatro mil millones —dije.
—Lo he oído.
—Es una broma.
—No lo parecía.
—Era una forma de hablar.
—Jefe, ya estoy sudando.
—Tranquilo. Valdés lo firmará por ti.
—Ese hombre llora con las facturas del agua.
—Es verdad. Ya buscaremos a otro.
Higgins apareció con una bandeja de tostadas y un aire de ligera satisfacción.
—Señor, el laboratorio ha llamado.
—¿Qué laboratorio?
—El de Winston Biotecnología. La doctora Quiroga está esperándole.
—Ah, sí. Vamos.
La idea había sido de Mateo. Había nacido de la desesperación, de esas ideas que surgen cuando uno ha revisado trece mapas, nueve bases de datos y tres registros comerciales y sigue sin encontrar un pueblo llamado San Cebollino del Barro. Hacia las ocho y media, Mateo se había quedado mirando la pluma dentro de la vitrina con los ojos entrecerrados, y había dicho con la voz de un científico loco: Jefe, tenemos un laboratorio.
—Tenemos varios.
—Tenemos un laboratorio con un departamento de genética avícola.
—¿Y eso para qué sirve?
—Para identificar razas de gallinas.
—¿Por qué tenemos eso?
—Porque hace cuatro años usted compró una empresa de piensos y venía con el paquete.
—No me acuerdo.
—Lo firmó mientras hablaba por teléfono.
—Suena a algo que haría yo.
Así fue como, a las diez menos cuarto de la mañana, mi limusina se detuvo frente a un edificio blanco de seis plantas en las afueras de la ciudad, con un cartel que decía Winston Biotecnología, División Avícola y Agrícola. Bernardo me abrió la puerta con su dignidad habitual. Mateo bajó detrás de mí, con la vitrina en brazos como si llevara a un bebé. Higgins, que se había negado a quedarse en casa, cerraba la comitiva con una bolsa de tela donde guardaba, según me explicó, los elementos esenciales para cualquier expedición.
—¿Qué lleva ahí? —pregunté.
—Un termo de té, señor, dos mantas, una caja de galletas, un botiquín, un mapa de carreteras y la calabaza.